El vestidor

Última llamada

28.08.2016 | 01:43
Última llamada

Las medusas. Tienen muy mala prensa las medusas. Los bañistas les rehúyen como al maligno cada verano. Son más urticantes que las ortigas y gelatinosas, emblema máximo de la fofez en la cultura tronista. Y, encima, no se les ocurre nada mejor que irritar al Nobel. Y, lo que es peor, en plenas vacaciones paradisíacas. Y, lo que es mucho peor que peor, en presencia de su diosa, su musa, su reina Isabel. El mismo Vargas -con una prosa brillante- relata el episodio de horror en su columna de El País: "Estaba nadando en un mar limpio, transparente, tranquilo y tibio, cuando de pronto me sentí acribillado en lo brazos y el estómago por decenas, acaso centenas, de pequeños dardos o agujas invisibles que, durante unos instantes, me dejaron paralizado, flotando. Lo peor llegó por la noche. Unas manchas violáceas erupcionaron de repente en toda la piel afectada, acompañadas de una comezón feroz, inmisericorde, que fue aumentando por segundos hasta volverse irresistible". Se produjo el feroz ataque marítimo de las malaguas (pobres medusas, cómo no ser malas con ese sobrenombre) en el mar de Flores. Pero es es pura casualidad. Lo de Mar y Flores.

Autodenuncia. Es muy larga. Cuando el mundo va, ella ha ido y ha vuelto dos veces. Creíamos haber pillado a Mariló en un renuncio y ella le ha dado la vuelta a la cosa como a una tortilla, un calcetín o un filete. María Dolores cuando se salta las ordenanzas, cuando quiebra la legalidad vigente, cuando infringe un código, ¿qué hace? Se autoinculpa, se denuncia a sí misma, se delata, se entrega voluntariamente a la autoridad. Acude a comisaría y dice por ahí iba una listilla sin casco a lomos de su motocicleta. Una irresponsable, señor agente, poniendo en riesgo su propia y valiosa vida, una antisistema, una objetora. Castígueme, representante de los fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, porque lo merezco. Y cóbreme la correspondiente multa. Pena, contrición y penitencia. Todo en una.

Adiós 'tatoo'. Los tatuadores deberían estar a lo suyo 24 horas, full time, non stop, abiertos por vacaciones, de guardia permanente como un farmacia o Sálvame. Porque uno tiene una emergencia, una necesidad, una urgencia, y ¿qué hace? Por ejemplo, Kiko Rivera quiere hacerse un nuevo tatuaje (con o sin faltas ortográficas, eso aquí no viene al caso) con el que sorprender a sus fans. Y se encuentra con todo cerrado a cal y canto. "Desde ayer buscando un tatuador en Sevilla y todos de vacaciones....será posible???? #adiostatoo #quieromitatoo #avesihayalguno" (versos extraídos de su cuenta personal de Twitter). Le urge, porque anda en capilla. Y no es plan llegar al altar con la tinta reciente. O posar con esparadrapos en el Hola.

El piloto. ¿Que qué tienen que ver las Campos con los Juegos de Río? Las Campos son el nuevo todo, la globalidad, el aleph televisivo, el compendio de todo lo divino y lo humano. Nada les es ajeno. Y derrochan espíritu olímpico. Ellas han formado parte, de algún modo, de la competición. Carlos Pombo, uno de los muchos ex bien avenidos de Terelu y uno de los muchos figurantes del reality familiar, de profesión piloto estaba a los mandos del avión que trajo a los deportistas españoles de vuelta a casa. Así que a las Campos les corresponde un pedacito de gloria. Pero poco. Porque ahora sabemos que Teresa Lourdes, además de comprar bragas de mercadillo, de no contenerse, se comería todo lo que le pusieran delante. Ya sean churros o medallas.

'Okupas'. Su reencuentro, futura presunta paternidad en duda y vida desordenada han pasado bastante desapercibidos. Entre el reality de las Camposhian, el alumbramiento de sangre azul de la beba de Lequio, el supuesto affaire del padre reciente con Olvido Hormigos y el inminente regreso de Isabel Pantoja a los escenarios no se les ha hecho mucho caso. Obvio los preparativos de la boda de Rociíto, los mohínes de la ex del tenista o la grabación del egoreality de Ana Obregón, por irrelevantes. Igual ahora, que también han concluido los Juegos Olímpicos, el mundo repara ya en ellos. Porque José Fernando y su Michu, ante tamaña desatención, andan pasando las horas muertas en una casa okupa. Y ya lo dicen en el programa de Ana Rosa, y si lo dicen en Ana Rosa va a misa: una casa ocupada no es lugar para el muchacho. Ni para el presumible fruto del vientre de Michu, si finalmente su vientre estuviese gestando un Ortega más, que parece que no está claro. Quizá les prestarían más interés si anunciaran matrimonio canónico, pero la competencia es dura: la prima, Paquirrín y puede que hasta la Preysler. Así no salen de okupas, que diría AR.

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