Críticas de cine

Cantando bajo la lluvia de risas

24.09.2016 | 01:21
Meryl Streep y Hugh Grant.

Lo más sencillo hubiera sido coger la historia de la cantante de ópera sin talento a la que nadie se atreve a decirle la verdad por piedad o interés (por pasta, vaya) y construir una sátira punzante y tal vez cruel sobre la hipocresía del ser humano y el autoengaño de quienes no son capaces de admitir su falta de talento. Sin embargo, y aunque de eso hay en la película porque es imposible darle la espalda a hechos tan obvios, Stephen Frears y su guionista Nicholas Martin optan por una vía menos ácida, más amable y, finalmente, atrevida al hacer que todo desemboque en una extraña -estrafalaria si me apuran- historia de amor entre una mujer estridente de una ingenuidad arrolladora y un hombre que sí acepta su mediocridad como actor pero se dedica en cuerpo y alma a velar por el sueño irreal de una ¿friki? por la que siente una devoción absoluta, y a la que guarda una inviolable lealtad, que no fidelidad. Solo así se entiende que la escena final entre ambos sea tan conmovedora, y que lo que estaba llamado a ser patético, o ridículo, desprenda una auténtica y nada impostada emoción.

Y gran parte del mérito, sin desdeñar por supuesto el trabajo muy sencillo y transparente de un director que otras veces estropeó la función cuando la historia no iba con él, hay que darlo a una sorprendente pareja protagonista. Meryl Streep y Hugh Grant, tan dados al histrionismo, podrían haber hecho una competición de muecas y tics, pero, bien dirigidos y entregados a su papel, logran una química peculiar y, lo que es más importante, convincente. Es doblemente curioso en el caso de Streep porque su personaje invita a la sobreactuación permanente, pero la actriz, tan excesiva con frecuencia, ofrece un ejercicio de contención admirable, y de ahí que una escena tan complicada como es su momento de gloria a punto de convertirse en tragedia en el concierto del Carnegie Hall, resulte perfecta. Y cómo no rendirse a ese momento tan emotivo en el que saca a relucir su amor por la música junto al pianista. En el caso de Hugh Grant, tan dado a aceptar papeles que no le exigen el menor esfuerzo en comedietas románticas sin valor alguno donde exhibir su encantadora sonrisa y sus parpadeos, la sorpresa no es tanto por demostrar que puede ser un buen actor cuando se exige y le exigen como por su valor al aceptar un papel que hace añicos su imagen de galán intrascendente. Su trabajo, ayudado por el paso de los años ya evidente en sus facciones, es formidable. Que siga así.

No es Florence Foster Jenkins una obra maestra, ni siquiera una obra importante que vaya a auparse a las listas de lo mejor del año, pero tiene un encanto muy especial que hace de ella una rareza inesperada. Quizá te guste.

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