Artistas de la crisis

04.06.2017 | 01:47
Susu en un concierto.

Puedo decir sin complejos de ningún tipo pero sí con cierta resignación y una pizca de melancolía que me tocó formar parte de la generación de las pequeñas artistas de la crisis.

Las pequeñas artistas, artesanas de la música caminamos sobre tierras movedizas desde el 2007, año en el que ésta alcanzó su momento de efervescencia máxima.

La preocupación de no llegar a fin de mes llevó a que la gente dejara de gastar en ocio y cultura. Pero, a la larga, todos sabemos que un país sin cultura es un país sin alma.

El cambio de formato, y el hundimiento de decenas de discográficas, obligó a que muchos músicos nos viéramos obligados a autoeditarnos o a crear pequeños sellos-plataforma desde los que dar a conocer nuestros trabajos.

Además, el temido "usar y tirar" de las grandes multinacionales que apostaban por artistas sólo durante pocas semanas y si no funcionaban los dejaban estrellarse, propició que se apostara por el negocio independiente; yo me lo guiso, yo me lo como.

Pero a este cocktail le añadimos que de forma masiva la sociedad decidió que la música no costaba nada, que debía ser gratuita, y nos convertimos en el país con mayor índice de pirateo de toda Europa.

Luego pasamos del pirateo masivo a la voluntad del señor Spoty que en absoluto tiene un trato justo con los medianos y pequeños artistas, pero que, por supuesto, es una manera de tranquilizar nuestras conciencias frente al descarado robo que suponía el pirateo.

Nadie nos preguntó lo que debía costar una canción, como se le pregunta al panadero lo que le cuesta la barra de pan que hornea. Simplemente la gente dejó de comprar, y probablemente tampoco nosotras supimos alzar nuestra voz con suficiente fuerza. Y aunque lo hubiéramos hecho, ¿eso hubiera cambiado algo?

Al principio, de hecho, muchas quisimos ser positivas y optimistas frente a los grandes cambios que se nos venían encima. Bendita inocencia. Pero la realidad era que se estaba produciendo un hundimiento sin precedentes de la industria de la música.

Las nuevas tecnologías nos seducían con impulsar nuestras carreras fuera del panorama nacional. Gracias a internet una podía fantasear con ser escuchada en lugares remotos, pero, a fin de cuentas, terminabas perdiéndote en la inmensidad de la Nada internáutica. Parece ser que tengo un montón de seguidores en Indonesia, pero de poco me sirve si aquí no sueno, se lamentaban muchos.

A mi parecer, la falta de "límites", y el "mirar hacia otra parte" de una sociedad con una tendencia a no valorar la propiedad intelectual ni el arte, precipitaron el fin del negocio musical. Todos fuimos responsables.

El fin del negocio, entendiendo negocio como transacción en la que hay una posibilidad de ganarse la vida. Y ahora se produce una paradoja, hay mejor acceso y más música que nunca al alcance de todos, pero pocos son los que pueden vivir de ella, y desde luego los artistas son los que menos.

La pequeña artista, obligada a ser artesana, a la vez que fotógrafa, diseñadora, realizadora, técnico de sonido? empresaria, y experta en redes sociales, termina sintiéndose incomprendida, aislada, casi transparente.

Como bien dice Gèrard de Nerval, la melancolía es una enfermedad que consiste en ver las cosas como son. Para un músico, además, es algo mucho más importante; la melancolía es la fuente de la que surgen las canciones más hermosas aunque ya nadie quiera pagar por ellas.

Lo único que nos queda es mantenernos en la música con la única finalidad de mejorarnos a nosotras mismas, y, tal vez, recuperar nuestra capacidad de juego.

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