'Voyager': 40 años por el cosmos

Las dos sondas espaciales, la creación humana que más lejos ha llegado, han propiciado numerosos descubrimientos y continúan enviando datos

21.08.2017 | 03:49
'Voyager': 40 años por el cosmos

A 20.800 millones de kilómetros de nuestro planeta (139 veces la distancia entre la Tierra y el Sol), una pequeña sonda avanza imparable por el océano cósmico a una velocidad de 17 kilómetros por segundo. Acoplado a su pared exterior, un disco de oro porta, hacia un destino incierto, los datos definitorios de la humanidad. Todo ello en una misión repleta de hitos, que por lo pronto ha hecho de esta nave la más longeva de la historia, así como la creación del hombre que más lejos se encuentra de él. Algún día, quizás otra civilización extraterrestre halle el mensaje enviado por los terrícolas; para cuando esto ocurra, tal vez deberá ser leído como nuestro testamento.

Puede parecer ciencia ficción, pero se trata de un viaje real hacia el infinito con nombre y apellidos: proyecto Mariner-Jupiter-Saturno (MJS), el cual derivaría en el archiconocido Voyager. Es la historia de dos naves gemelas enviadas desde Florida por la NASA en agosto y septiembre de 1977 a fin de explorar el Sistema Solar, pero que finalmente se orientaron a un propósito mucho más lejano y oscuro.

Alineamiento

Las Voyager son, en esencia, grandes antenas unidas a una caja decagonal que alberga la electrónica, el tanque de combustible y los propulsores. Adosados a la estructura, poseen varios brazos con instrumentos medidores, antenas secundarias y cámaras. Cada aparato fotográfico toma imágenes de baja calidad (según los cánones actuales), de tan sólo 0,64 megapíxeles, y puede llegar a tardar 61 segundos en completar la instantánea.

El momento de su lanzamiento no fue casual, relata el físico Alberto Fernández Soto, profesor en el Instituto de Física de Cantabria: "Cada 175 años, las órbitas de los planetas gigantes (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) se alinean, de forma que las sondas podrían pasar cerca de todos ellos y aprovechar sus campos gravitacionales para impulsarse. Hoy en día sería imposible". Una coincidencia que permitió a las naves un decisivo ahorro de combustible.

Dieciocho meses después de despegar, en marzo de 1979 la Voyager I alcanzó su máxima aproximación a Júpiter (278.000 kilómetros) y tomó nítidas imágenes del planeta. Midiendo una de sus lunas, Europa, descubrió pruebas de un mar subterráneo de hidrógeno, indicio que en caso de confirmarse podría posibilitar que fuese habitable. En otro satélite, Ío, reveló la presencia de volcanes activos, únicos en el Sistema Solar exterior.

Solo un año más tarde, la nave se adentró en la órbita de Saturno. En el planeta de los anillos, la Voyager I focalizó las instantáneas sobre su mayor satélite, Titán. Un astro curioso, dado que alberga unas condiciones muy similares a las que había en la Tierra en sus orígenes, especialmente gracias su densa atmósfera. Pero tanto se aproximó a esta luna de Saturno -pasó a apenas 4.000 kilómetros-, que la nave perdió su rumbo elíptico y no pudo continuar el trayecto planetario.

Desde entonces, la Voyager I ha puesto dirección al centro de la galaxia, aproximadamente hacia la constelación de Ofiuco. Las previsiones afirman que no pasará cerca de una estrella hasta el año 42.272, y cuando lo haga será a 1,7 años luz de ella.

Relevo

Su hermana, la Voyager II, tomó el relevo de la misión alcanzando Urano en enero de 1986. Sobre la superficie helada de uno de los satélites del planeta, Miranda, hizo un descubrimiento sorprendente: los mayores acantilados del Sistema Solar. Llamados Verona Rupes, tienen una profundidad de hasta diez kilómetros. A causa de la baja gravedad, una persona tardaría 12 minutos en caer por ellos.

Siete meses después, la nave se situó sobre Neptuno, su último gran objetivo. Tras documentar seis nuevas lunas y descubrir géiseres de nitrógeno en su superficie, sus instrumentos midieron otro récord astronómico: los vientos más fuertes del Sistema Solar (2.000 kilómetros por hora).

Finalizada la exploración, la gravedad neptuniana eyectó a la Voyager II hacia el sur, en dirección opuesta a su gemela. El 14 de febrero de 1990, sus cámaras funcionarían por última vez, tomando una icónica fotografía de la Tierra a seis mil millones de kilómetros de distancia, que Carl Sagan definiría como "un punto azul pálido".

A partir de ese momento, el plan de ambas naves se convirtió en hallar la heliopausa: la frontera donde termina la influencia del Sol. Algo que ocurrió en 2012, cuando la Voyager I abandonó tal esfera invisible que actúa como escudo de radiación para los planetas. "Fue complicado determinarlo con exactitud porque el borde es irregular. Pasado un tiempo se confirmó, al probarse que la influencia de las partículas del Sol era mucho menor que la de las que venían del espacio exterior", explica Alberto Fernández Soto. Ahora, la nave flota por un extrarradio gravitatorio de restos primigenios de estrellas que en su día explotaron: la Nube de Oort.

Sin embargo, año a año la vida de los generadores de las Voyager disminuye. Las previsiones sostienen que desde 2020 habrá que comenzar a apagar ciertos aparatos y sitúan el fin definitivo de la potencia en 2030. Las naves iniciarán entonces un viaje sin propulsión, empujadas libremente por las fuerzas del Cosmos.

"La cosa más emocionante que encuentren en los próximos cinco años es probable que sea algo que no sabíamos que estaba ahí fuera para ser descubierto", dijo hace unos días Ed Stone, participante en el proyecto.

Mensaje hacia la oscuridad

En su prolongado vagar por el cosmos, las Voyager llevan un disco que condensa los rasgos definitorios de la humanidad, a modo de presentación ante un eventual contacto con una civilización extraterrestre. "Una botella lanzada al océano cósmico", lo definió Carl Sagan, encargado de dirigir el comité de expertos que dio forma al mensaje terrestre enviado a los alienígenas.

"Se trata de un cuerpo cilíndrico de 30 centímetros de diámetro fabricado en una aleación de oro y cobre para resistir polvos y rayos cósmicos, que va adosado fuera de la nave", detalla Fernández Soto. La parte visible es la de los dibujos. Ocho esbozos muestran indicaciones acerca de la forma de reproducir el disco, de la manera de extraer sus contenidos, de la estructura del hidrógeno y del posicionamiento de la Tierra en el Sistema Solar.

"En esencia lo que enviamos al espacio es un mapa del Sistema Solar", puntualiza el astrofísico Luigi Toffolatti. "Es como si nos encontrásemos en medio del mar, y para dar con un lugar concreto de la costa nos guiásemos por la posición de los faros. Puede decirse que los púlsares son faros cósmicos, necesarios en este caso porque la Tierra tiene muy poca luminosidad", cuenta Toffolatti.

La otra cara del disco contiene una recopilación de imágenes, canciones y sonidos de nuestro planeta grabados en surcos, como un vinilo. Noventa minutos de música entre los que destacan el Concierto de Brandeburgo de Bach, la Quinta Sinfonía de Beethoven o el Johnny B. Goode de Chuck Berry. Aparte incluye saludos en 55 idiomas diferentes, "Sonidos de la Tierra" como risas, el viento, el fuego o un simple beso. En cuanto a las fotografías, son 115 en total, y reflejan escenas del ser humano, de su vida y de la civilización.

Cada día que pasa, los científicos están más seguros de que existe vida fuera del Sistema Solar, pero las posibilidades de que la nave llegue hasta ellos son remotas. Y tampoco está claro qué pasaría si el Voyager propiciase ese primer contacto.

"Si cae en manos de una civilización con la tecnología que teníamos hace 200 años, aunque es una codificación sencilla, serán incapaces de entender lo que pone el disco", afirma Toffolatti. Pero cuarenta años después del lanzamiento de la Voyager surge un debate aún más inquietante: ¿Y si los extraterrestres no son pacíficos? "En los setenta, toda la gente era optimista y creía que los extraterrestres serían amistosos. Nadie pensó, ni siquiera por unos segundos, que enviar ese disco podría ser algo peligroso", aseguró en una entrevista Nadia Drake, hija de Frank Drake, uno de los astrónomos participantes en el proyecto.

Sea como fuere, estas cápsulas del tiempo continúan su viaje ajenas a todo, portando un mensaje eterno y demostrando día a día la futilidad del ser humano. "Nuestro planeta es una mota solitaria en la inmensa oscuridad cósmica", diría Sagan.

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