Críticas de cine

El hotel del pánico

16.09.2017 | 01:29
Los disturbios llenan de violencia las imágenes de ´Detroit´.

Convertida de unos años a esta parte en airada voz (y coz) de la mala conciencia estadounidense, Kathryn Bigelow agita sus denuncias en los géneros donde se curtió al principio de su carrera, y en los que se podía encontrar un abigarrado (e irregular) mestizaje de tensión, terror y podredumbre social. Si En tierra hostil era en esencia un thriller de hombres con la vida en un hilo y contra reloj, La noche más oscura convertía un episodio de la guerra antiterrorista en un frenético ejercicio de suspense. Es decir, Bigelow sustituía la retórica de un Oliver Stone o un Costa-Gavras por la acción directa dejando que fueran los hechos puros y duros los que lanzaran el mensaje que la cineasta y su guionista de cabecera Mark Boal tenían en mente.

Si las dos anteriores obras se ceñían a un pasado muy reciente y ocupaban escenarios de conflicto bélico en el extranjero, Detroit viaja a finales de los años 60 y se mueve como tiburón en el agua por un campo de batalla donde los contendientes son todos estadounidenses. Desangrado por la guerra del Vietnam y con unos problemas de racismo y violencia policial que aún tienen las heridas abiertas -los telediarios no me dejan por mentiroso-, la sociedad norteamericana se vio envuelta en disturbios, motines, revueltas. Llámalo como más te disguste. Detroit es un título en cierto modo engañoso salvo que se busque en él cualidades metafóricas, pues no se habla tanto de las causas y efectos de un acontecimiento colectivo como de la explosión de un suceso muy concreto y limitado en un hotel tras una broma trágica.

No hay en Detroit ningún ánimo didáctico para que conozcamos a fondo lo que ocurrió allí. Y el único conato divulgativo debería haberse quedado en la sala de montaje: ese prólogo de dibujos animados simplón y feo. Cuando se esfuma, entra en escena la cámara espasmódica de Bigelow, que no se anda con chiquitas a la hora de despedazar la pantalla con planos dislocados, oscuridad candente y cuerpos que entran y salen de plano a bandazos. Metiendo al espectador en la pantalla a empujones, la directora y su guionista se muestran poco sutiles a la hora de dibujar personajes (el poli más malo lo es sin matices), aunque tienen la astucia de colocar entre los uniformados a un guardia de seguridad negro que hace las veces de testigo metido entre dos fuegos. Sin embargo, y con el interludio desgarrador de un cantante que actúa ante un teatro vacío, Bigelow abandona pronto las intenciones más apocalípticas que convierten las calles castigadas de Detroit en un paisaje poco menos que vietnamita para instalarse en la zona nada confortable del terror que alimentaba sus primeras obras, con un grupo de víctimas acorraladas, humilladas y torturadas en un hotel infernal que no deja escapatoria ni a los cautivos ni al espectador. Lástima que ese viaje de pesadilla desemboque al final en unos juegos de artificio judicial que subrayan una oscuridad social que ya había quedado más que clara.

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