En los límites de la realidad

'Electric dreams' brilla en dos capítulos excelentes dentro de un conjunto demasiado irregular

22.01.2018 | 16:07
Fotograma de la serie.

Philip Kindred Dick murió a la temprana edad de 53 años sin haber encontrado una salida a su laberinto mental y, a pesar de su condición de creador visionario, incapaz de imaginar que se convertiría en uno de los escritores más visitados por el cine de ciencia-ficción en los años venideros. Sí, el mismo año en que el escritor abandonaba esta realidad se estrenaba Blade runner, basada en su ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Adentrarse en la convulsa biografía del escritor y repasar las películas, series y novelas que se inspiraron (directamente o por la vía el saqueo puro y duro de ideas) exigiría unas quinientas columnas como ésta. Y no es plan. El plan consiste en viajar a la serie Philip K. Dick's Electric Dreams, diez episodios de 50 minutos estrenados en Amazon Vídeo que unen a profesionales ingleses y norteamericanos en un desafío total: convertir los relatos del escritor en mediometrajes que estén a la altura del original literario. No se han escatimado medios (sin tirar tampoco la casa por la ventana, algunos efectos especiales son un poco rudimentarios) y para los repartos se ha reclutado a buenos actores que no llegan a la categoría de estrellas (Steve Buscemi, Timothy Spall, Anna Paquin, Terrence Howard, Sidse Babett Knudsen, Bryan Cranston, Greg Kinnear, Vera Farmiga o Juno Temple son los más conocidos).

Balance: irregular. Muy irregular. Demasiado irregular. Como Black Mirror: la excelencia convive con lo innecesario. Hay dos capítulos extraordinarios, y como las historias son independientes, les recomiendo que los vean en primer lugar y luego decidan si vale la pena atreverse con el resto, inferior en algunos casos y deficiente en otros. Se titulan The Commuter (el gran Spall al frente) y Kill all others, con Farmiga. Son los únicos episodios en los que la duración es la adecuada (los dos primeros, por ejemplo, piden a gritos media hora más para desarrollar todas sus posibilidades y no resultar frustrantes en su desenlace inconexo) y la propuesta de míster K. encuentra una plasmación perfecta en imágenes, tanto en la atmósfera como en el ritmo y la estructura narrativa. Y que logran una mezcla sorprendente de emotividad y desasosiego arraigada en ese universo literario tan descaradamente profético y tan sutilmente poético en el que las visiones del futuro están cargadas de amenazas, pesimismo, vidas reales que se sienten irreales (o viceversa), recuerdos varados en la tristeza y sociedades corroídas por las artimañas humanas. O alimañas, si se prefiere. Dos joyas rematadas con sendos finales rotundos que brillan en un conjunto donde hay buenas ideas desaprovechadas ( Impossible planet, con una Geraldine Chaplin inquietante, o Human is, a pesar de un notable Brian Cranston), logros parciales ( Real life o, sobre todo, The hood maker, donde se pueden encontrar ecos obvios de Blade runner o Minority report, las mejores películas, por cierto, inspiradas de Mr. K.). Lo mejor de la serie, en todo caso, es que anima a sentarse cómodamente, abrir un libro de un genio y entrar en su laberinto de locura cruda y dura. A ver cómo sales.

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