C. G. | PONTEVEDRA
Un trabajador de 44 años que estaba dentro de una zanja de las obras de saneamiento en el municipio pontevedrés de Vilaboa falleció aplastado al caérsele encima las rocas y arena de una de las paredes del talud. Una gran cantidad de piedra y tierra lo sepultó por completo hasta la altura de la boca. El complicado rescate del cuerpo de A. Groba Fernández, vecino de Fornelos (Ponteareas), se prolongó durante siete horas.
El siniestro se produjo en torno a las doce del mediodía de ayer. En el lugar del suceso otros dos compañeros estaban trabajando con la víctima, uno de ellos con una pala excavadora, pero nada pudieron hacer por rescatarlo. Al parecer, incluso algún vecino se acercó con una azada para intentar liberarlo, pero fue imposible por la profundidad de la zanja. Nada más llegar, los servicios sanitarios confirmaron la muerte del operario.
A partir de entonces comenzó una ardua labor por parte de los bomberos de Pontevedra para intentar rescatar el cadáver, en colaboración con Protección Civil de Vilaboa. Estaba en posición vertical, ya que una gran roca a la altura de la espalda y la cadera lo aplastaba contra una pared de la zanja. Probablemente esta piedra fue la causa principal de la muerte que, se sospecha, pudo ocurrir por aplastamiento. La zanja tenía un mínimo de tres metros y medio de profundidad, por lo que los bomberos tenían que descender dos metros y 60 centímetros para llegar hasta el cadáver y luego desenterrarlo. Mientras esperaban a que la autoridad judicial y la Guardia Civil dieran el permiso para retirar el cadáver, algo que sucedió a las dos de la tarde, los bomberos se dedicaron a apuntalar y encofrar la profunda y estrecha zanja que, según efectivos de rescate presentes en la zona, no contaba con ningún sistema de contención.
Fue necesario emplear tablones y puntales hidráulicos para contener las dos paredes y evitar nuevos derrumbamientos. Tras asegurar la zona, a las dos de la tarde se inició una operación de rescate del cadáver en el que fueron retirando con paletas de albañilería, y finalmente a mano, las rocas y arena que rodeaban el cadáver. Primero lo ataron con una cuerda para evitar que pudiera escurrirse y luego se colocaron unos arneses a los dos bomberos que descendieron a la zanja. Finalmente llegaron hasta la enorme piedra que se desplomó desde uno de los laterales y aplastó al obrero contra la pared contraria dejándolo en posición vertical. El derrumbe lo sorprendió de espaldas sin apenas tiempo para reaccionar. Maniobrando con mucho cuidado pudieron romper la piedra, liberar el cadáver y, sobre las siete y cuarto, ponerlo en una camilla que izaron mediante un sistema de poleas.