ANTONIO RICO
La tele es desconcertante, pero no siempre la culpa es suya. Hay veces que es desconcertante porque la realidad es desconcertante. Éste es uno de los casos.
La tele lleva años denunciando que hay lugares del mundo en los que falta lo más básico, carecen de tejido económico para mantener a su población, de capital para construirlo y de estructuras estatales sólidas y responsables que hagan posible su desarrollo. La tele dice que la población civil es víctima de una situación que la sobrepasa. Incluso nos enseña cómo el mundo rico envía grupos de cooperantes para aliviar la situación, y, si hace falta, soldados para intentar poner orden en lugares donde la violencia lo arruina todo. La tele dice que es necesario hacerlo. También denuncia que hay lugares tan crueles que existen niños soldados, unos obligados por la fuerza y otras por las circunstancias, que es lo mismo pero visto de otra manera.
En la tele también vemos personas que intentan venir a nuestro rico mundo y les ponemos mil trabas. Una vez aquí, su situación no es fácil, pero la tele enseña que disponemos de lugares de acogida. Incluso los hay especiales para los menores que, según la tele, deben ser especialmente protegidos.
Ahora la tele no hace más que hablar de una especie de niño soldado de uno de esos países pobres, pero que esta vez es malo porque no apuntó a los suyos como suelen hacer, sino a los nuestros, que van allí a pescar para que no nos falte comida. No quería venir, pero lo trajimos contra su voluntad y ahora estamos empeñados en juzgarlo como un adulto. Parece que las pruebas médicas no pueden asegurar sin duda que no es un menor, y la tele lleva dos mil años diciendo In dubio pro reo, pero quién sabe qué ocurrirá. Seguramente la tele sería más comprensiva si hubiera sido un señor con traje al que le regalaron un traje.