ANTONIO RICO
Como Bob Harris (Bill Murray) en la película Lost in Translation, pero antes de encontrarse con Charlotte (Scarlett Johansson) en el bar de aquel hotel de Tokio. Así me sentí a lo largo y ancho del publirreportaje sobre Jesulín de Ubrique emitido el lunes en Antena 3. Ese tiempo que pasé con el resumen de las treinta y seis horas en la finca Ambiciones fue tan extraño, solitario, absurdo y tedioso como las horas nocturnas que Bob dejaba pasar en el bar del hotel mientras esperaba a que amaneciera para poder rodar un extraño, solitario, absurdo y tedioso anuncio de whisky. Jesulín de Ubrique al desnudo. Su relación con María José Campanario. Sus hijos, a los que adora. Su carrera como torero. Sus paseos por la finca Ambiciones. Un hotel de Tokio.
Perdido en Ambiciones. Perdido en un hotel de Tokio en donde no se me había perdido nada. Es culpa mía, no del maldito anuncio de whisky. ¿Por qué viajar a un lugar que no nos interesa? En Informe Robinson (Canal +), los futboleros en especial y los seres humanos en general podemos disfrutar con una conmovedora y tranquila entrevista a Samuel Eto'o, el maravilloso delantero camerunés que salió del Barça por la puerta de atrás y regresará al Camp Nou con el Inter como sólo los grandes pueden hacerlo: con la afición entregada en cuerpo y alma. Qué diferencia entre el fluir de las opiniones y recuerdos de Eto'o (su mejor momento en el Barça fue en un partido contra el Albacete) y el constante traqueteo de las palabras de Jesulín. ¿Será que entiendo a Eto'o porque entiendo al futbolista, mientras que no entiendo a Jesulín porque no entiendo al torero? ¿O será porque Eto'o habla de fútbol, de goles, de su vida pública como futbolista, y no de sus amores, de sus hijos y de su vida privada como ciudadano Samuel? ¿Será, entonces, que la vida del ciudadano Jesulín nos es tan, tan, tan ajena como la ciudad de Tokio lo es para el perdidísimo Bob? Puede que si Michael Robinson dedicara uno de sus informes al torero Jesulín, los espectadores acabáramos aprendiendo algo de japonés, lo suficiente como para no tener que pasar la noche acodados en la barra del bar de un hotel de Tokio. De momento aquí nos quedamos, en un hotel de Tokio sin saber una palabra de japonés. Esperando a Robinson o a Charlotte.