ANTONIO RICO
Falta una semana para que termine Curso del 63 y uno sigue sin dar crédito a lo que ve. Da igual haberse zampado el programa las cinco semanas que lleva emitiéndose, eso no hay quien lo entienda. A ver, el pretexto del programa es sencillo. Desde el principio se pilla eso de que se trata de unos estudiantes viviendo internos en un colegio ambientado en el año 63. Y eso que hay omisiones que claman al cielo: faltan las bofetadas, las fotos de Franco presidiendo el aula junto al crucifijo (¿o era al revés?) y aquellas clases voluntarias de religión a las que cualquiera era libre de no asistir si evitaba el laicismo excluyente y se marchaba en silencio de España respetando las creencias de los demás, amén.
Pero, dejando a un lado el decorado y los platos de Duralex, ¿de qué va este programa? Con el mismo decorado y los mismos platos, en Cuéntame hicieron una serie. ¿Qué hicieron en Curso del 63? Parece un reality al estilo de GH, de hecho los participantes soportan grandes tormentos (¡como comer lo que hay para comer y no interrumpir cuando otra persona está hablando!) porque no quieren bajo ningún concepto ser expulsados. Pero si no hay premios ni nada que se le parezca, ¿por qué aguantan y qué ganan los participantes? Si se trata de mostrar que los jóvenes de hoy encajan mal en la escuela a la que fueron sus padres, lo han conseguido.
Pero es que es lógico: el mundo cambió en los últimos 40 años más que en los ocho siglos anteriores, así que los hijos no encajan en la escuela de sus padres igual que sus padres no encajarían en la Escuela de Traductores de Toledo.
A estas alturas sólo se me ocurre una explicación: Curso del 63 trata de mostrar los terribles efectos que causa crecer viendo en la tele series juveniles tan nefastas como Compañeros primero, y, sobre todo, Física o química, después.
A Gorka quisiera ver yo en el Colegio San Severo.