ANTONIO RICO
Tampoco será esta vez. Tenemos nueva serie dedicada a retratar la familia, pero sigue sin pasar. Tampoco Padres (Antena 3, noches de domingo a miércoles) va a traspasar esa línea prohibida que todos asumimos sin decir ni pío. ¿Tan difícil nos resultaría enfrentarnos a algo así?
Antes las series familiares eran como tocinillos de cielo rellenos de merengue y adornados con algodón de azúcar: empalagosas. Daba igual que nos mostraran el lejano Oeste (La casa de la pradera), una familia numerosa (Con ocho basta), una familia de color (La hora de Bill Cosby), o una familia reunida en torno a un desayuno patrocinado y un médico viudo (Médico de familia). Pero en la tele ya no se llevan las familias así.
Queremos un punto de acidez y crítica social. Así que hay personajes más humanos, imperfectos e incluso desastrosos. Pero por alguna razón mantenemos que la mujer, aunque puede tener sus debilidades, es el puntal del hogar. El personaje bochornoso sin fisuras es el padre. No hay una serie en la que el Homer de Los Simpson, el Peter Griffin de Padre de familia o el Stan de Padre made in USA sea una mujer con una familia que sobrevive gracias a que un hombre con la cabeza sobre los hombros ocupa el lugar de Marge, Lois o Francine.
En Padres hay dos familias. En una, él es un calzonazos y ella una super-woman de la doble jornada laboral; en otra él es un odontólogo que tiene idealizada a su mujer como una perfecta ama de casa.
No hay peligro de que se traspase la línea prohibida. Pero con eso ya contábamos. Lo importante es que, por lo visto en su estreno este domingo, ni está mal hecha ni da vergüenza ajena. Y, sobre todo, que permite a Antena 3, en horario de máxima audiencia, colocar media hora de anuncios en una serie de apenas quince minutos de peso escurrido.