El destape integral que encendió España

El 23 de febrero de 1976 se estrenó 'La trastienda', un taquillazo que mostraba el primer desnudo frontal del cine español

22.02.2016 | 01:49
Ana Belén protagonizó un primer desnudo parcial. María José Cantudo hizo el frontal.

Cinco años antes de que un 23-F pusiera un nudo en la garganta de una mayoría de españoles, otro 23-F pasaba a la historia de los pequeños episodios nacionales gracias a 37 fotogramas -segundo y medio- hasta entonces impensables en el cine español: el primer desnudo integral, el clímax del destape. La película se titulaba La trastienda. La protagonista del momento, María José Cantudo. La taquilla se levantó con entusiasmo: 186 millones de pesetas de la época. Franco había muerto pocos meses antes y la publicidad de la cinta jugaba a la rebelión: "No es la película de la apertura, es la película de la libertad". Casi nada. ¿El argumento? Poca cosa: un médico casado y miembro del Opus se liaba con una bella mujer (¡enfermera!) en la muy católica Pamplona, lugar habituado a las carreras de cornamentas. Producía un hombre que se haría de oro con los destapes: José Frade.

Antes de La trastienda, los españoles que querían ver desnudos (y podían permitírselo) se iban a Perpiñán para ver El último tango en París (1972) o Emmanuelle (1974). No fue hasta final de 1974 cuando las pantallas nacionales acogieron un primer destape español, además en una película seria y con una actriz que había sido candorosa niña prodigio: Ana Belén. El amor del capitán Brando reunió en las salas a más de dos millones de espectadores, atraídos por ese fugaz plano en el que Ana Belén mostraba sus pechos ante un espejo. Un año después, Concha Velasco se unía al destape en Yo soy fulana de tal, y la fallecida Inma de Santis hacía lo propio en Juego de amor prohibido. La lista se incrementó a planos agigantados: Charo López, María Luisa San José, Ángela Molina, Ágata Lys, Amparo Muñoz, Victoria Vera (la primera que se desnudó en el teatro en 1974) y dos asturianas: Susana y Blanca Estrada.

El realizador de La trastienda, Jorge Grau, relata en su libro de memorias Confidencias de un director de cine descatalogado cómo se pudo sortear a la censura con el desnudo: "La manera obsesiva en que habían puesto la lupa en cuestiones religiosas hizo que se les pasara por alto una escena del guión que describía de manera explícita a una muchacha que llegaba a su casa y que, en un deseo de sentir la libertad absoluta, se iba 'quitando la ropa hasta quedar completamente desnuda'. Más tarde, dicha escena sería determinante en el devenir comercial".

Todo fue bien hasta el final "sin más cautelas que las normales en el roce diario entre personas y cosas, incluyendo la después tan famosa escena del desnudo integral que acabó siendo algo así como el símbolo del destape. Llegado el momento de rodar -recuérdese que a guión había superado la censura por una distracción o por lo que fuera- y la resistencia como obligada de La Cantudo que incluso llegó a llorar de vergüenza, pasó lo de siempre: todos fuera, salvo el cámara, el operador que encendía la luz y yo. Una sola toma, sin más. Una vez dicho el protocolario 'corten', sin que lo provocara nadie en concreto, entraron en el lugar de rodaje técnicos y asistentes, la script para controlar el metraje, y los eléctricos para desconectar cables. Cada cual a lo suyo, y María José aceptó con naturalidad la situación hasta que la encargada de vestuario llegó con la consabida bata. No hubo ninguna sorpresa, ninguna expresión alusiva, solo un cuerpo hermoso entre gente que cumple con su trabajo. Ni siquiera se puede hablar de respeto sino, en todo caso, de naturalidad".

Que la escena provocara después reacciones curiosas "ya es otra cuestión. El que llegara a escandalizar o provocar sentimientos morbosos se debía, creo, a la situación histórica que vivía España. Se produjo una repercusión totalmente ajena a lo que sucedía en la película, aunque después sirvió en gran manera como reclamo. La escena no trataba de mostrar nada erótico ni exhibicionista sino la expresión de íntimo deseo de libertad, aunque se interpretara al revés. Los españoles éramos -y tal vez sigamos siendo, aunque en otra medida- así de superficiales".

Grau concluye: "Treinta y siete fotogramas, segundo y medio, a los escasamente diez minutos de proyección de una película de casi dos horas. Algo más tendría para que el público llenara la sala sin abandonarla y asistiera a verla durante cerca de diez meses. Antes del estreno José Frade mandó estampar una copia con el título de La cama prohibida tal vez porque creía que era más comercial. Yo le contesté con un telegrama con el siguiente texto: La trastienda se llama La trastienda". Allí donde se destapa la verdad.

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