16 de marzo de 2012
16.03.2012
Escritora

Clara Usón: "El problema es cuando la gente pierde el miedo al miedo y estalla"

"La historia nos enseña que ante una crisis muy profunda, a alguno de los gobernantes se le ocurre que la solución es una guerra"

16.03.2012 | 09:52
Clara Usón. / josé lores

El suicidio de Ana Mladic, de 23 años, teje 'La hija del Este' (Seix Barral), una novela en la que Clara Usón (Barcelona, 1961) reflexiona sobre el drama de los Balcanes, el nacionalismo extremo, la manipulación política y también, cómo no, la culpa. Usón, premio Biblioteca Breve 2009 por 'Corazón de Napalm', dejó la abogacía por la escritura, atraída por Chéjov, una pasión que descubrió a los 12 años

-¿Por qué Ana Mladic?

-Hace seis años, me encontré en el Times con su historia: una joven de 23 años que estudia Medicina, está a punto de acabar la carrera, es una chica guapa, simpática, adora a su padre y su padre la adora a ella y da la casualidad de que es la hija de Ratko Mladic. Esta chica se fue en marzo de 1993 a Moscú con unos amigos en viaje de estudios y su padre, como si tuviera un premonición, no quería. A la vuelta, Ana Mladic había cambiado, se mostraba triste, retraída, se quejaba de que no podía concentrarse, tenía dolores de cabeza, no rechazaba hablar de lo que le pasaba, y el día 24 de marzo de 1994, de madrugada, se pegó un tiro en la sien con la pistola favorita de su padre. Su padre tenía varias pistolas en casa, pero esta era la pistola que le habían regalado cuando se graduó como el mejor cadete de su promoción, y había anunciado que solo dispararía esa pistola cuando naciera su primer nieto. Esa pistola, que tenía que celebrar la continuidad de la familia, fue la que eligió Ana Mladic para quitarse la vida.

-¿Había descubierto el verdadero rostro de su padre?

-Hubo muchos rumores sobre lo sucedido. Según su padre, no se suicidó, la asesinaron, pero las pesquisas policiales concluyeron que fue un suicidio. Amigos que la acompañaron a Rusia dijeron que habían tenido discusiones sobre el papel de su padre, que era el comandante en jefe del ejército serbio-bosnio en el asedio de Sarajevo y en la guerra de Bosnia, y que probablemente ella se vio enfrentada a unas verdades que no conocía o que no había querido aceptar, y empezó a dudar sobre el verdadero papel de su padre (apodado después el Carnicero de Sbrenica, donde dirigió una matanza que costó 8.000 vidas), y si ese hombre que era tan cariñoso con ella y tan buen padre, era un criminal de guerra y un monstruo, y no lo pudo soportar.

-De pronto, sale el mal.

-Nadie sabe qué somos capaces de hacer ante determinadas circunstancias. Los yugoslavos eran europeos, pertenecían al país comunista más liberal, habían viajado mucho, eran gente muy culta y algunos de los líderes de esa guerra salvaje eran profesores de universidad, había una científica, un psicólogo, poetas... Uno piensa que la cultura defiende del salvajismo y resulta que en este caso estos señores la emplearon para manipular mejor. Como dijo Goering, el jefe de propaganda nazi, ningún pueblo quiere la guerra, pero hay que decirle que hay un enemigo que quiere acabar con ellos y que quien se oponga a la guerra es un antipatriota.

-El miedo, poderosa arma.

-Ahora mismo nos están inoculando miedo por un tubo: 'las cosas están mal pero no os mováis, no protestéis, porque aún pueden estar peor'. Los políticos utilizan el miedo para que sus pueblos sean sumisos. El problema es cuando la gente pierde el miedo al miedo y estalla. Es lo que pasó en los Balcanes. Milóshevich, que fue el que promovió la guerra de Bosnia, llegó un momento en que quiso acabar pero sus esbirros, Karad?ic' y Mladic, se negaron. La historia nos enseña que cuando hay una crisis económica muy profunda, hay descontento y los gobernantes no saben por donde tirar, a alguno se le ocurre que la mejor solución es montar una buena guerra. Eso ha pasado repetidamente, y dices, 'esperemos que esta vez no suceda igual' porque ahora tenemos una crisis que de nuevo ha empezado en los Balcanes, en Grecia.

-Europa no se inmutó.

-Los países europeos sabían lo que iba a pasar y no hicieron nada por evitarlo. Es la inoperancia de Europa que estamos viviendo ahora. Cuando las cosas van bien, Europa existe; cuando van mal, vuelven los intereses nacionales.

-El nacionalismo se aviva.

-Me preocupa que los políticos agiten el populismo con los inmigrantes o con los gitanos, como Sarkozy. Putin hablaba hace poco de 'los genes vencedores de la nación rusa y de los héroes que sueñan con morir por la patria'. Este lenguaje populista, nacionalista, belicoso de 'nosotros los buenos contra ellos los malos'. Cuando no saben cómo salir de un problema, los políticos buscan un chivo expiatorio contra el que dirigir las iras de la población, y siempre es el otro, el extranjero. Incluso aquí hay extremistas que tienen un discurso antiinmigrante, cuando España vuelve a ser un país de emigrantes.

-Usted viajó a los escenarios de aquella guerra, ¿cómo están?

-Como las guerras no solucionan nada, está mucho peor que antes. Hay nostalgia de la época del dictador Tito. Es una país fracturado. Serbia parece congelado en el tiempo, es un país muy pobre. Eslovenia es el más próspero, los eslovenos son casi austríacos. Croacia va bastante bien porque recibe ayuda alemana y Bosnia y Herzegovina, que es donde se libró la guerra de Bosnia, es un desastre y hay mucho rencor. Ellos mismos dicen que puede volver a ocurrir, es un polvorín. Es la última guerra europea, han pasado veinte años y ya se puede mirar con perspectiva.

-'Alguien como yo no debería haber traído hijos al mundo', escribió Thomas Mann. Dos de sus hijos se suicidaron.

-El nazi Hans Frank dijo 'no voy a tener hijos para no propagar esta semilla maldita'. Es la idea de la culpa heredada. Anna Mladic, al matarse con esa pistola de su padre, hace exactamente lo mismo: es tal el oprobio del apellido, la culpa es tan grande que se quita la vida.

-¿Ha tenido hijos?

-No, no se dieron las circunstancias propicias. Y, además, elegí no tener hijos para poder escribir.

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