27 de octubre de 2013
27.10.2013
Tiempo recobrado

Borrow, el gran observador

Don Jorgito el inglés dejó en 'La Biblia en España', traducido y prologado por Azaña, un retrato revelador de A Coruña

24.10.2016 | 18:49
Retrato de George Borrow por Henry Wyndham Phillips.

Su pálida figura de vendedor de biblias aparece en 'El bosque del lobo', la película de Olea basada en el libro del coruñés Carlos Martínez Barbeito. George Borrow visitó Galicia hacia finales de los años treinta del siglo XIX, dentro de su periplo por España para difundir los Evangelios. Plasmó las memorias de ese viaje en 'La Biblia en España', para Azaña, una obra de arte y un libro revelador

Fue un excéntrico, un aventurero capaz de irse a vivir a un campamento gitano, y un gran viajero que recorrió distintos países vendiendo biblias. Un raro, como acredita su biografía, pero un hombre de inusitada capacidad para los idiomas y excepcionales dotes de observación, como evidencia su gran obra La Biblia en España, fruto de su experiencia viajera por el país, entre 1836 y 1840. Su autor, George Borrow (Inglaterra, 1803-1881) lo dio a la imprenta espoleado por otro gran viajero y conocedor de las cosas de España, el escritor Richard Ford. Julio Llamazares, otro escritor y viajero, pero de ahora, afirma que es "el escritor inglés que más hondo y detenido recorrió los caminos españoles a lo largo del siglo XIX".

Y así lo debió ver también Manuel Azaña que, extrañado de que la obra no hubiera llegado a España ochenta años después de su publicación en Londres (1843), tradujo y prologó La Biblia en España, basada en las memorias que don Jorgito el inglés -como lo apodaron en Madrid- iba escribiendo en su periplo español como agente de la Sociedad Bíblica británica.

Borrow se había propuesto la arriesgada aventura de publicar en España una Biblia sin notas. Lo consiguió, pero hubo de sufrir persecución y cárcel por ello. El antiguo ateo se había convertido en un misionero de la fe protestante en la vieja España católica, que veía con algo más que recelo las Escrituras. Tanto es así, que la traducción de Azaña de La Biblia en España no volvió a imprimirse hasta 1970, ya en los estertores del franquismo.

El viajero inglés recorrió Castilla, Galicia, Asturias y Santander, además de Madrid, donde abrió una librería, en la calle del Príncipe, para difundir las Escrituras.

"La Biblia en España es un libro de viajes, cierto; pero hay que entenderse acerca de su calidad. No es un informe a la Sociedad Bíblica respecto a los progresos del Evangelio en España, ni un 'cuadro del estado político, social, etc.', de la nación, ni un itinerario para recién casados, ni una reseña de las catedrales y otros monumentos pergeñada para uso de los snobs de ambos mundos: La Biblia en España es una obra de arte, una creación", escribe Azaña en el prólogo: "La verdad artística del conjunto y su efecto conmovedor son innegables. El libro no es sólo verdadero; es, en ciertos puntos revelador".

Lean si no la visión de Borrow a su llegada a A Coruña, donde tenía "un repuesto de quinientos Testamentos" para "abastecer a las principales ciudades gallegas, y advierte la presencia de barcos de la armada inglesa en la bahía: "Reinaba en La Coruña gran animación y bullicio con motivo de la llegada de la escuadra inglesa; pero al día siguiente la flota se marchó para hacer un breve crucero por el Mediterráneo y en el acto todo volvió a su curso normal".

Borrow constata las dos partes de la ciudad, la vieja, "desolada y en ruinas", y la moderna, "mucho más agradable" y con una calle "suntuosa", la calle Real, "residencia de los principales comerciantes", y donde se hospeda: "Un rasgo singular de esta calle es que está toda ella pavimentada con losas de mármol, por las que circulan caballerías y carros como si fuese un pavimento ordinario".

"Es un dicho proverbial entre los coruñeses que en su ciudad hay una calle tan limpia que se puede comer en ella la puchera sin el más leve reparo. Sin duda el dicho podrá ser cierto después de una de las lluvias que con frecuencia empapan el suelo de Galicia y dejan el piso de la calle muy lustroso".

En A Coruña visita, como es natural, la tumba del general Moore: "de creer a los gallegos -dice- los demonios de las nubes persiguieron a los ingleses en su fuga y los atacaron con torbellinos y mangas de agua cuando se esforzaban por remontar los tortuosos y empinados senderos de Fuencebadón; otras leyendas aún más groseras se cuentan acerca del modo cómo cayó el valeroso general. Sí; la inmortalidad ha coronado las sienes de Moore, incluso en España, tierra del olvido, por donde el Guadalete, el antiguo Leteo, fluye".

Ford, según cuenta Azaña, había advertido a Borrow cuando le animó a publicar las memorias de sus andanzas españolas: "Nada de vagas descripciones, nada de erudición librescas; hechos, muchos hechos, observados directamente; arrojo para no caer en las vulgaridades; no ocuparse del bien decir, evitar gazmoñerías y la declamación". Siguió sus consejos y, retirado en su casa, ordenó los diarios de viajes y las cartas enviadas a la Sociedad Bíblica.

En diciembre de 1842 se publicó la obra. Fue un éxito absoluto. En un año se agotaron seis ediciones de mil ejemplares cada una en tres tomos y otra edición más de diez mil ejemplares en dos volúmenes. En Estados Unidos se hicieron dos reimpresiones en 1843 y en ese año fue traducida al alemán, al francés y al ruso. En 1911 se habían publicado más de veinte ediciones inglesas de La Biblia en España. Borrow se había hecho célebre. Con su libro, había llevado a España, su esencia, su carácter, sus costumbres, por Europa y América. Sin embargo, 80 años después de su impresión, no había sido traducido en el país que lo inspiró, como se lamentaría Manuel Azaña.

George Borrow, hijo de militar, había sido un niño triste y solitario al que la enseñanza había cambiado sus hábitos poco sociables. "Le gustaban los estudios pero no la sujeción de la escuela. Sentía inclinación natural por los idiomas y los aprendía con desusada facilidad; su memoria era descomunal. Amaba la vida al aire libre y los deportes. Las aventuras, propias o ajenas, reales o soñadas, encandilaban su imaginación", como describe el prologuista. Y, sin embargo, hizo de España un retrato revelador.

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