19 de enero de 2014
19.01.2014

Hacer un coruñés no es tan fácil

Nacer en A Coruña no basta, requiere un 50% de humor y un 30% de tolerancia, elegancia y horror a la popularidad a partes iguales; un 5% de humildad y otro tanto de agradecimiento

24.10.2016 | 18:27
La marina y los Cantones, en los años veinte. / la opinión

Si Picadillo y Emilia Pardo Bazán escribieron las mejores páginas de la culinaria, Julio Rodríguez Yordi legó a la ciudad una de las recetas más poéticas de Cómo se hace un coruñés. Una sabia mezcla de humor, tolerancia, elegancia, humildad y agradecimiento son los "elementos constitutivos de un coruñés", según Yordi, quien advierte de que "hacer un coruñés no es tan fácil como parece", ya que no sólo hay que nacer en A Coruña sino que el menor error en las dosis podría dar un producto inadecuado, "una imitación, un sucedáneo".

"Un ser con un 50 por ciento de humorismo, diez por ciento de tolerante comprensión, 10 por ciento de elegancia espiritual, y diez por ciento de horror a la popularidad es algo es algo ya bastante similar a un coruñés genuino, pero faltan todavía los tantos por ciento restantes que son los que determinan la inconfundible calidad del producto", escribe Julio Rodríguez Yordi (1984-1967) en Cristal y sonrisa (Imprenta Moret, 1943), una singularísima guía de los años veinte de A Coruña llena de lirismo, humor y espíritu coruñés.

"Un cinco por ciento será de reserva constante ante todo lo que suponga vanagloria del esfuerzo personal o colectivo", prosigue. "Debe ser esta dosis purísima, tan pura -advierte- que con su mixtión se obtenga la sensación de que nada ha costado trabajo al coruñés y le pareció como maná prometido".

Otro 5% ha de ser agradecimiento, al que hay que añadir una dosis de liberalidad en la misma proporción y un 5% que contenga "una parte de disimulado orgullo, otra de sensibilidad enmascarada, otra de disfrazado amor a la cultura y otra de encubierto cariño a la ciudad natal". El restante 5% es un secreto que se reserva el autor, quien recomienda dejar macerar la mezcla en agua de mar y ponerla al sol. En caso de haber respetado escrupulosamente estas magnitudes, concluye Rodríguez Yordi, se habrá obtenido un ser con "el sello inconfundible del coruñesismo acendrado".

Hijo de orensano -su padre era el escritor y lexicógrafo Eladio Rodríguez, uno de los fundadores de la Real Academia Galega-, Rodríguez Yordi se sentía orgulloso y feliz de haber nacido en A Coruña -"la ciudad que más habría amado aún en caso de no haber nacido en ella".

Fue, como su padre, académico. Y lo fue por sobrados méritos. Destacado poeta, ensayista y brillante articulista, escribió en El Noroeste y El Orzán, dos periódicos de principios del siglo XX, donde publicaron las mejores plumas del periodismo coruñés. Allí conoció a la que sería su mujer, la cronista María Luisa Durán Marquina.

El papel de Yordi fue decisivo para esclarecer la publicación de Cantares gallegos, de Rosalía Castro, fijar el 17 de mayo la fecha definitiva de salida de la imprenta de la primera gran obra de la literatura gallega contemporánea y celebrar, desde entonces, en esa fecha, el Día das Letras Galegas.

En vida sólo vio publicado Cristal y sonrisa y La Peña y la peña, sobre una legendaria tertulia literaria de la calle Real, a la que solían asistir el caricaturista Cebreiro, el cónsul uruguayo, poeta y animador cultural Julio Casal, el arquitecto Rodríguez Villar y, ocasionalmente, Castelao, Paz-Andrade o Eugenio Montes.

Otro de los contertulios de La Peña era el republicano Luis Huici, dibujante, articulista y sastre, por el que intercedió Rodríguez Yordi al estallar la Guerra Civil. No tuvo éxito y Huici apareció asesinado en Pastoriza.

Después de su muerte, se publicaron dos novelas, Quenje en Conjo y Agenor, además de Tren y andén, biografía y viografía. Pero todavía queda abundante obra de Rodríguez Yordi por publicar, entre otra, la que recientemente donó sus descendientes a la Academia Galega, y que se suma a otra pendiente, entre la que figuran ensayos y poemas, singularmente El andamio y Los hombres del año 2000.

"Pasó por el mundo, ocupó sus horas, quehaceres y desvelos, y su tiempo, en legarnos la huella imborrable de su repertorio publicado y por publicar", como dijo el médico y escritor coruñés Eduardo Pérez Hervada.

Cristal y sonrisa es un inventario y un recordatorio, porque, como advierte en el preámbulo, "existen muchas cosas en La Coruña que desconocen los coruñeses y muchísimas más que han olvidado".

El cronista acompaña al lector por A Coruña y lo coruñés a través de unas páginas que son "descripción y exaltación", "guía y guión", historia y futuro de la ciudad que tanto amó y a la que dedica en el libro una oración final de agradecimiento a Dios por haberle dado la "felicidad suprema de haber amado todo lo coruñés, no haber permanecido indiferente a algo coruñés y no haber odiado nada coruñés".

"El Ayuntamiento debía de costear una edición de lujo de Cristal y sonrisa para obsequio de visitantes ilustres, en vez de los consabidos ceniceros y bandejitas de plata con la Torre de Hércules y la cabeza de Gerión sobre las tibias aspadas", recomendaba el articulista José Luis Bugallal cuando se publicó, en 1943, el libro de Yordi.

Otro gran cronista de A Coruña, Alfonso González Catoyra, escribió que la obra debiera ser de lectura obligatoria en todas las escuelas de la ciudad. Ninguna de las dos ideas prosperó, y hoy es casi tarea inútil tratar de encontrar un ejemplar de aquella lejana edición de Cristal y sonrisa.

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