10 de enero de 2018
10.01.2018
Pedro Olalla Escritor y cineasta, autor del éxito editorial 'Grecia en el aire', sobre el que presenta ahora un documental

"Es evidente que el liberalismo traiciona la democracia que concebían los griegos"

"Las decisiones se toman hoy lejos de los ciudadanos por instituciones en absoluto democráticas y nada entusiastas del proyecto de igualdad"

10.01.2018 | 00:45
Pedro Olalla, en la proyección de la película ´Grecia en el aire´.

Escritor, profesor, cineasta y, además, helenista de mirada lúcida que sabe conectar el mundo griego clásico y sus ideales con nuestras sociedades contemporáneas. Pedro Olalla, autor de un libro tan leído y elogiado como Grecia en el aire (Acantilado), vive en Atenas y publicará la próxima primavera De Senectute politica. Estos días presenta en España un documental basado en Grecia en el aire.

-Después del libro Grecia en el aire , la película. ¿Por qué?

-He hecho más de quince documentales sobre Grecia. Ésta es, en efecto, una adaptación audiovisual de ese libro. Optamos por este formato con la idea de darle una nueva vía y una nueva vida a un libro que inspiró a bastantes personas para hacer en institutos o asociaciones, por ejemplo, proyectos educativos relacionados con la democracia. Pensé que podría ser útil como herramienta para fomentar esa reflexión sobre la democracia. El libro tiene una estructura bastante cinematográfica: un paseo por la Atenas actual que es, a la vez, la Atenas antigua. Ese ir y venir entre esos escenarios se prestaba a una adaptación bastante fiel. Se complementan.

-Ha escrito que la democracia 'surgió del alma de los griegos', desde Homero y Hesíodo. La paradoja es que Grecia está hoy fuertemente intervenida...

-Sí, sí. La democracia en su sentido deontológico, la que fue realidad durante más de dos siglos de aquel proyecto griego en general, y ateniense en particular, no tiene mucho que ver con lo que hoy llamamos democracia. Es una de las tesis del libro y de la película. Nuestras democracias son bastante deficientes, pero en el caso de la griega no se corresponde ya ni siquiera con la definición de estado, es decir, con la de una entidad con soberanía sobre un territorio.

-Ha dicho que Grecia es objeto de extorsión y saqueo. ¿Ha cambiado en algo con Alexis Tsipras?

-No, ha empeorado. Avanza en la ruta trazada por la troika y los acreedores de la Unión Europea (UE). Y ha ido a peor también social y psicológicamente: Syriza era el partido que ofrecía una oposición, aunque fuera retórica, a esa estrategia, y ha defraudado a sus votantes y el resultado del referéndum que convocó. Se han convertido en los firmantes del tercero y más oneroso de los memoranda que se han firmado hasta ahora.

-Yanis Varoufakis, muy crítico, optó por dimitir...

-La decapitación de Varoufakis, al día siguiente del acuerdo con las llamadas instituciones, fue una maniobra de conciliación con la UE y el Eurogrupo. Varoufakis fue, por su lado, hábil. Se quitó de ser el ejecutor de ese plan y está a una prudencial distancia, lo que le permite no ser salpicado en exceso. Y así, quizás, volver en algún momento a la escena. Pero siempre desde su discurso de cambiar Europa desde dentro, no de romper con la UE y los acuerdos del préstamo.

-Tres nociones griegas: la isegoría, la isopoliteia y la isonomía, es decir, la igualdad en el uso de la palabra, en la participación política y ante la ley. ¿Se han pervertido esas conquistas?

-Sí. En su momento, y con todas las deficiencias que queramos señalar, fueron conquistas. Nunca la opinión del hombre corriente tuvo tanto peso político. La isegoría ya no es lo mismo en nuestras democracias.

-Están las redes sociales...

-Los medios son tan potentes que esas redes dan salida a determinadas voces, pero se ahogan ante el peso de los medios del sistema. No hay más que ver cómo se catapulta a un partido recién formado. La isonomía deja también mucho que desear, así como la isopoliteia. Pero también falta la virtud política de hacer prevalecer el bien común por encima de los intereses particulares. Son conceptos que conviene rescatar y refrescar: la democracia no puede ser sólo lo que tenemos ahora.

-Aristóteles y Platón abogaban por el sorteo para que los ciudadanos ocuparan puestos políticos. ¿Nuestras democracias necesitan medidas participativas de manera urgente?

-Evidentemente. Ellos defendieron esa opción. Aristóteles argumentó que la elección conduce a la oligarquía, mientras que el sorteo lleva a la democracia. Lo argumenta bien en su Política. Toda la crítica que se hizo entonces fue para reforzar el lado ético del proyecto de polis. Nuestras democracias, en un contexto distinto, necesitan reformas estructurales profundas para conseguir el objetivo de la identificación entre gobernantes y gobernados. Las decisiones se toman hoy lejos de los ciudadanos por instituciones en absoluto democráticas y nada entusiastas del proyecto de la igualdad, que es en lo que se basa la democracia. Esas reformas son necesarias, pero nunca vendrán inducidas por las élites.

-¿El liberalismo ha traicionado la democracia tal y como la concebían los griegos?

-Sí, es evidente. En tiempos de Locke, de la Revolución americana o francesa, era un liberalismo que afirmaba los derechos individuales frente al absolutismo. Esa burguesía se asentó en un parlamentarismo y fue derivando hacia una defensa de sus intereses de clase. Lo que hoy se conoce como liberalismo, neoliberalismo o neoconservadurismo, etcétera, son formulaciones que quieren la exclusión del estado y tener libertad absoluta para hacer uso de un poder derivado del control sobre el dinero, sobre la economía financiera, ni siquiera sobre la economía real. Todo eso es la antítesis de la democracia. Ésta aspira a la realización del individuo como animal político.

-Asociamos palabras como virtud, excelencia o educación, la paideia , a los ideales griegos. ¿Son valores que se han ido malversando?

-Queda poco. Esos valores han tenido que ser defendidos a lo largo de la historia. Incluso en la época del esplendor griego, en los siglos IV y V antes de Cristo, fueron una actitud de resistencia. A lo largo de la historia se han ido evocando, reformulando, y siempre como un desiderátum, como algo que no había sido definitivamente conquistado. Me temo que seguirá siendo así. No podemos decir sin sonrojo que vivimos en una democracia.

-Los políticos han dejado de hablar de la felicidad del ciudadano, una idea muy griega.

-La felicidad del ciudadano era la razón de ser del estado. Ningún político se atrevería hoy a prometer eso, pero la política es deontológicamente el arte de conciliar la voluntad de todos para combatir el egoísmo y conseguir una felicidad posible para la sociedad. La felicidad del ciudadano debería seguir siendo la razón del estado. Vivimos en un mundo al revés. Lo correcto sería vivir en armonía con la naturaleza, sin poner en peligro nuestra existencia y la del planeta.

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