12 de marzo de 2018
12.03.2018

A por el patriarcado

12.03.2018 | 00:23

A todas las mujeres con las que he hablado de la huelga del 8-M lo que más las impresionó y emocionó fue la presencia masiva e hiperactiva de las mujeres más jóvenes y adolescentes, absolutamente entregadas a la lucha feminista, con una gran capacidad de concreción de sus demandas y con la perspectiva clara de demoler el sistema patriarcal vigente. Junto con las mujeres adultas, maduras y ancianas, marcadas por las cicatrices de mil batallas feministas, unas aún no ganadas y otras sí, eclosionó el vigor, la frescura, la lucidez y la fuerza de las hijas y las nietas: las generaciones nuevas que garantizan el relevo y nuevas olas del feminismo con objetivos nítidamente revolucionarios. Parece asentarse el feminismo en todo el mundo como la única revolución posible y el único espacio para la esperanza de las personas relegadas. Estamos ante el gran movimiento del siglo XXI: transversal, apartidista y no sectario pero profundamente político, que planteará con mayor fuerza y concreción las reivindicaciones propias de la dignidad y de los derechos humanos.

Los partidos, más del núcleo duro del sistema, lo saben muy bien. De lo que no se dieron cuenta a tiempo fue de la proximidad y de la fuerza del estallido y, por ello, el 8-M los cogió a contrapié: PP y C's, teniendo que envainársela y el PSOE poniéndose de perfil con su postura de tradicional condescendencia, por cierto muy masculina, con las organizaciones feministas. No se dieron cuenta de que la cosa estaba a punto de estallar y de instalar el debate feminista de forma irreversible en la opinión pública y en toda la sociedad, pero sí son muy conscientes del peligro que el feminismo encierra para ellos, como elementos cardinales del sistema de dominio patriarcal, y por ello tratan ahora de subirse al carro feminista para ver de reconducirlo, de descafeinarlo y devaluarlo, de marcarle la agenda y de "liderar su discurso" como, con tanta osadía y descaro, aclaró Albert Rivera. Pero no les será nada fácil porque el movimiento feminista, curtido en mil batallas, sabe bien lo que quiere, tiene la medida tomada a los partidos del sistema, tiene garantizado el relevo generacional, parece apostar por la sororidad y sabe a dónde va: a por el patriarcado.

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