19 de mayo de 2020
19.05.2020
La Opinión de A Coruña

Un héroe inesperado en A Coruña

Una Real Orden reconoció la "diligencia superior a todo encomio" del representante de una naviera que convirtió el puerto en hospital para enfermos de la gripe de 1918

19.05.2020 | 01:17

Una ojeada rápida a la Gaceta de Madrid, el precedente del Boletín Oficial del Estado (BOE), muestra que las personas cambian pero los comportamientos permanecen. Entre 1918 y 1919, el impacto de la gripe que mató a tantos millones en todo el mundo, generó situaciones muy parecidas a las que estamos viviendo a causa del virus Covid-19: confusión, reacciones tardías del Gobierno, peticiones de médicos voluntarios, retrasos en matrículas y protestas de alumnos, llamadas del Estado para la compra de todo el material sanitario existente, prohibición de salir de España a la emigración por barco o de importaciones u olas de solidaridad y gestos altruistas. En este último caso se sitúa un hecho poco conocido ocurrido en la ciudad de A Coruña y que llevó a que el Ministerio de la Gobernación publicase una Real Orden del Rey en enero de 1919 para reconocer la labor realizada por Valentín Sánchez de Toledo y Artacho en el puerto herculino.

En esta real orden se hablaba de la "epidemia mundial de grippe" (se escribió así unos años por influencia francesa) y del "humanitarismo y generoso proceder" del marqués de Comillas, que por aquellos años tenía en España un auténtico holding con bancos y empresas ferroviarias y navieras.

El marqués era el fundador de la Compañía Trasatlántica de Barcelona, con delegaciones en multitud de puertos españoles (entonces un billete de Galicia a Buenos Aires, por ejemplo, costaba 1.413 pesetas en primera lujo y 313,75 pesetas en tercera, clase ordinaria). En el puerto de A Coruña el representante de la naviera era Valentín Sánchez de Toledo y Artacho (que llegó a ser diputado y gobernador civil en Barcelona).

Sánchez de Toledo convirtió el pabellón de desinfección de la estación sanitaria del puerto de A Coruña en un auténtico hospital para atender a los afectados por la pandemia de la gripe que llegaban a puerto procedentes de América y lo hizo en un tiempo récord. Su trabajo debió ser tal que no se ahorraron elogios a su labor en la Real Orden: "Con una diligencia superior a todo encomio, en pocas horas y a expensas de ella", Artacho construyó un hospital en el puerto donde "se aislaron, hospitalizaron y asistieron los enfermos desembarcados del vapor Alfonso XII" y dotó a estas instalaciones de "cuanto personal y material fue preciso".

Las instalaciones sanitarias que montó el vallisoletano Sánchez de Toledo eran provisionales. Sin embargo, años después de esta pandemia de gripe, en 1927, Sanidad Exterior de la Marina diseñó un edificio en la dársena de la Marina que llegó hasta nuestros días, destinado a examinar a los viajeros que llegaban al puerto coruñés para ver si tenían alguna enfermedad contagiosa que pudiese propagarse. También funcionó como Casa de Socorro, allí se pusieron las primeras vacunas antes de que hubiese hospitales. En 2015, la Casilla de Sanidad Exterior fue demolida porque se iban a construir dos locales de hostelería dentro del proyecto de remodelación de este entorno, locales que nunca se construyeron. Pero sí se demolió este inmueble, con la oposición explícita del Colegio Oficial de Arquitectos de Galicia que lamentó la "falta de sensibilidad" del Concello.

Si en el Alfonso XII desembarcaron muchos enfermos en el puerto coruñés, en el caso del vapor Infanta Isabel se declaró la enfermedad en su travesía desde esta ciudad a Las Palmas, de camino a La Habana. El buque llevaba unos 1.100 pasajeros, la gran mayoría emigrantes gallegos, cuando salió el 28 de septiembre de 1918 de A Coruña y días después ya alertó de que había 75 personas enfermas y 5 fallecidos, que se arrojaron al mar.

Al llegar a Las Palmas, las autoridades dispusieron enviar a todo el pasaje a un lazareto, donde se hospitalizaron a más de 600 personas, la mayoría pasaje de tercera clase, mientras el resto, que estaban sanos, quedaron en el barco. Una parte de los enfermos fueron enviados también a un lazareto en Vigo al no haber más capacidad en el de Las Palmas. Fallecieron medio centenar, según algunos autores.

El Santa Isabel después reanudó su viaje a La Habana, tras ser desinfectado con lejía y el famoso Zotal, pero ya solo con 265 pasajeros, entre ellos una conocida cupletista catalana, Mercedes de la Torre, la Troyana, que actuó en ciudades gallegas como Lugo.

El repaso por la Gaceta de Madrid también muestra el impacto en general de la pandemia, la coincidencia con otras enfermedades, como el tifus exantemático en Portugal detectado en 1917. En agosto de 1919 se hablaba de nuevo de este tifus, con casos en España, y que ordenaba que asilos, hospitales y centros de beneficencia debían ser saneados mediante el "despiojamiento de los acogidos" antes de ingresarlos.

Aquella pandemia incluso modificó los seguros de vida, según figura en la Gaceta. El 1 de noviembre de 1918 se dio luz verde a una demanda de varios directores de compañías de seguros que pedían insertar en las pólizas una "cláusula provisional" para que si el asegurado fallecía antes de los noventa días de formalizado el contrato, la compañía solo devolvía las primas cobradas, no pagaba la indemnización contratada, para no arruinar a estas empresas en un momento en el que esta enfermedad tenía una altísima mortalidad.

Otra orden de ese mismo mes disponía que todos los almacenistas que tuviesen productos sanitarios o médicos formulasen en sobre cerrado su oferta para comprárselos el ministerio. En el listado que se indicaba se incluían sueros antidifteria y equinos, sales de quinina, yodo, aspirina, alcanfor, novocaína, pero también opio y sus derivados. En cuanto a desinfectantes, estaba el azufre, el cresol, pero también el ahora utilizado hipoclorito.

Sánchez de Toledo fue uno de esos héroes en A Coruña de los que hoy no queda recuerdo, al igual que pasó con María Guelbenzu en Guetaria (Guipúzcoa), de la que solo la Gaceta recuerda para la Historia que esta mujer recibió del Ministerio de Gobernación la Gran Cruz de la Orden Civil de Beneficencia por su "labor abnegada, ejemplar y valerosa" en la lucha contra la gripe de 1918.

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