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Ocho siglos de olvido

La arquitecta María José González realiza un trabajo de investigación para ofrecer una reconstrucción del convento de San Francisco y explicar las causas de su deterioro

Imagen del templo en su asentamiento original de A Maestranza a principios del siglo XX. / la opinión

Imagen del templo en su asentamiento original de A Maestranza a principios del siglo XX. / la opinión

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Manuel Varela A Coruña

En los jardines de A Maestranza se encuentran unas ruinas que apenas superan el medio metro de altura. Hoy marginadas, estas piedras fueron en su momento lugar de hospedaje para Carlos I o su hijo Felipe II, el hombre más poderoso de cuantas monarquías hubo en la península Ibérica.

El convento de San Francisco fue levantado, según la tradición de la Orden, por deseo del propio Francisco de Asís durante una peregrinación a Compostela, aunque su origen se encuentran a mediados del siglo XIII, décadas después de su muerte. Hasta hoy, su apariencia era casi una incógnita tras haber caído en decadencia y ver sus piezas trasladadas al actual emplazamiento en el Paseo de Los Puentes.

La arquitecta María José González presentó ayer, en la Escuela de Arte y Diseño Pablo Picasso, su estudio sobre el conjunto arquitectónico del convento. En él muestra una visión fidedigna sobre cómo pudo ser la estructura del edificio y explica su posterior deterioro. "Hubo que bucear entre muchos documentos", reconoce la autora, que investigó a través de grabados que mostraban la apariencia del convento en el siglo XIX, planos de la ciudad datados en el siglo XV o cartas entre el arzobispado y el convento.

"Gran parte de este material se perdió por los incendios que sufrió", lamenta González. El conjunto se sumió en cenizas en 1589 como consecuencia del ataque inglés al mando de Francis Drake o en 1658 tras la explosión de un polvorín cercano. Aún así, logró reconstruir fases históricas de la instalación hasta crear una hipótesis de cómo pudo haber sido. Desde que Alfonso IX otorgó a A Coruña la calificación de villa con realengo en 1208, tanto militares como monjes tenían prohibido ser ciudadanos activos de la ciudad, por lo que el convento se encontraba fuera de los muros de la ciudad.

"Los franciscanos solían instalarse en extramuros para estar en contacto con la gente de paso y también gozar de una vida contemplativa", esgrime la arquitecta. El espacio contenía dos claustros, "uno gótico de apariencia románica construido a partir del siglo XIV y otro del XVI con una apariencia más clasicista". Contenía capillas funerarias en su interior "que probablemente pertenecían a familias adineradas" y multitud de sepulcros en el solar de la iglesia.

Los monjes mantenían una relación importante con la ciudad "impartiendo clases tanto a niños pobres como pudientes, estudios superiores de letras e historia o noviciado", relata la investigadora. Pero la arquitecta observó cómo la estrecha relación que los franciscanos mantenían con los coruñeses dentro de la estructura gótica, fue desvaneciéndose a principios del siglo XIX. "Se había perdido el gusto por el convento en la ciudad", a lo que hay que añadir la desamortización de 1836 y la cesión de las instalaciones para utilizarlo como presidio municipal.

Prueba de este desapego es una propuesta al Ayuntamiento por convertir el convento en cuartel militar. El progresivo deterioro durante la exclaustración convirtió al templo en el lugar social para el jurado de la imprenta y hasta fábrica de sombreros, tras ser subastado a una familia local.

A principios de siglo XX se propone consolidar las ruinas del convento para poder ser visitadas y admiradas, "aunque los militares se oponen" por ocupar terreno castrense. A pesar de ser declarado Monumento Histórico Artístico en 1939, "no se hizo nada por conservarlas y se abandonaron a su suerte". La Guerra Civil se ceba con la histórica construcción, tras ser "totalmente arrasada por los militares". El regreso de los franciscanos a la ciudad supone "la reclamación y traslado de las piezas para recomponer el antiguo templo". Los terrenos propiedad de los monjes en el Paseo de los Puentes reciben en 1961 los trazos de la iglesia original.

"Es cierto que las conservamos, pero a qué precio", se pregunta González ante un traslado que no sabría definir "como una pérdida de identidad" o "una buena decisión por conservar las piezas que quedaban".

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