Finalizó el Ciclo Beethoven con ambiente de verdadero festival: Palacio de la Ópera lleno hasta la bandera; o, para ser más exactos, hasta el extintor, pues, a falta de enseña, hay uno colocado en lo más alto de la sala. Es evidente que, dentro del ciclo sinfónico beethoveniano, las sinfonías más conocidas (hasta llegar al tarareo universal) son sin duda la Quinta y la Novena. Esta última partitura abre el camino para la creación posterior de obras que semejan una simbiosis de la sinfonía clásica con la cantata barroca.

La Sinfónica ha realizado una versión con momentos de alta calidad y con ciertas imperfecciones. Dima Slobodeniouk consiguió que todo estuviese en su sitio: solistas, coro y orquesta, unas doscientas personas sobre la escena.

Respeto, pero no comparto, su criterio de llevar el Adagio molto e cantabile a una velocidad excesiva; de ninguna manera fue muy Adagio y mucho menos se pudo cantar respirando y expresando con delectación esta página sublime; existe una sostenida tradición interpretativa que respeta la indicación de Beethoven con maravillosos resultados.

El gran momento de la obra es la aludida simbiosis de voces e instrumentos que se produce en el cuarto movimiento. Los solistas, de muy buen nivel artístico los cuatro, aportaron calidad al conjunto; el barítono Ramón es un excelente artista, pero para esta obra el carácter de su voz es demasiado lírico (lo cual pone de manifiesto su currículo); se precisa un bajo-barítono.

El coro, espléndido, sobre todo si tenemos en cuenta las exigencias vocales de Beethoven. Y un éxito impresionante de un público entusiasta en el que se advertía la presencia de muchos inhabituales, lo cual es un motivo para felicitarse y para creer en el futuro esplendoroso de la Orquesta Sinfónica de Galicia.