06 de agosto de 2017
06.08.2017
La ciudad que viví

El cine en el que actuaban cantantes

En mi juventud pude asistir al que fue el último de los cines de barrio modernos de la ciudad, el Alfonso Molina, que también acogía actuaciones musicales, como las de Antonio Molina, que llenó la sala por completo todos los días en que actuó

06.08.2017 | 01:53
José Benigno, primero por la izquierda, con un grupo de amigos de su infancia.

Mi familia -formada por mis padres, Jesús y Francisca, y mis hermanos Juan y Suso- vivía en la calle San Luis cuando yo nací, pero ocho años más tarde nos mudamos a la avenida de Monelos y después de cinco años a la calle Posse. Allí viví hasta que me casé y me trasladé a la cooperativa de la Marina Mercante, junto a Alfonso Molina.

Mi primer colegio fue el Concepción Arenal, en el que estuve hasta los catorce años, y luego pasé al Calvo Sotelo, donde aprendí técnicas de impresión, aunque terminé mis estudios en la Escuela Acelerada, donde hice cursos de estructuras metálicas. Mi primer trabajo fue en la empresa de rótulos Ferrogar, tras lo que fui vendedor y repartidor de yogures hasta que hice la mili en Zaragoza.

Al terminar, empecé a ayudar a mi madre en la pastelería que tenía en la calle Filipinas, donde estuve cinco años, hasta que finalmente entré en una empresa que trabajaba para los ayuntamientos, en la que desarrollé el resto de mi vida laboral.

Entre los amigos de mi niñez y mi juventud destaco a Lelo, Josechu, Berto, Óscar, Julián, Pepín, Francisco, Secundino y Capelán, además de las chicas Chelito, Pilar, Carmencita y Rosita. En aquellos años no había ninguna diferenciación entre chicos y chicas al jugar en la calle, por lo que lo mismo jugábamos a la cuerda o la mariola con ellas, del mismo modo que ellas lo hacían a las bolas, las chapas o la pelota con nosotros.

Solíamos jugar en las calles, por lo que cuando comenzaron a asfaltarlas dejamos de padecer los grandes charcos que se formaban cuando llovía. En casi todos los barrios en los que viví había entonces grandes descampados en los que los niños jugaban y se llevaba la ripa a secar al sol, por lo que había que tener cuidado para no ensuciarla, ya que acababan de traerla de lavaderos como los de San Vicente, Falperra o Estrapallos, lugares en los que también solíamos jugar.

Los días de fiesta nuestra ilusión era ir a las sesiones infantiles de los cines -como los España, Doré, Monelos, Gaiteira y Finisterre- en las que nos encontrábamos con gran cantidad de amigos. Ya en mi juventud también fui al cine Alfonso Molina, que fue el último de los cines de barrio modernos, en el que incluso hubo actuaciones musicales, como la de Antonio Molina, que lo llenó por completo durante los días que actuó.

Cambiar tebeos y postalillas era otra de nuestras formas de pasarlo bien y hacer amistades, ya que recorríamos las calles para cambiar las repetidas de las colecciones de jugadores de fútbol o de razas del mundo, que estuvieron de moda en aquellos años.

En verano íbamos a la playa del Lazareto con la pandilla y esperábamos en el Puntal a que los niños de las colonias del Sanatorio de Oza se marcharan para que abrieran la puerta. Otros días nos íbamos a Riazor, donde siempre nos poníamos en las rocas del Cagallón.

Con quince años comenzamos a bajar en pandilla al centro a pasear por la calle Real y las calles de los vinos, así como a disfrutar de los bailes como La Granja, Nikar, Sallyv y Playa Club, en los que había un gran ambiente. También íbamos mucho a los bares y bodegones del barrio de Os Mallos, como el bodegón de Bernardino, Ondiñas, Teyma, Deivy y el bar de Landro.

Como me gustaba mucho jugar al fútbol, en la edad de juveniles entré en el Sin Querer, aunque solo estuve una temporada porque me quitaba tiempo para estudiar.

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