16 de septiembre de 2018
16.09.2018
Crítica

Una voz para la escena

16.09.2018 | 00:59

Lamento repetirme; pero parece necesario insistir en ello: hay voces para el teatro y voces para el recital. La cuerda de Carmen Subrido pertenece sin duda a la de la primera categoría. Es verdad que una profesional puede abarcar ambas posibilidades; sin embargo, en tal caso, siempre se nota una marcada diferencia entre las obras interpretadas porque las exigencias vocales y expresivas son muy diferentes en uno y otro caso. El Poema en forma de canciones, de Turina, es una obra muy bella que incluye además un importante tratamiento del piano; en mi opinión, mucho más cuidado que la línea vocal. La tesitura es con frecuencia "tirante" y no siempre se cuida la subida de la voz a las notas comprometidas. Por otra parte, en este repertorio, la soprano cierra demasiado la cavidad oral para apianar y muchas notas resultan entubadas, con cambio del sonido vocálico y dificultades para la inteligibilidad del texto. El Tríptico de amor y ausencia, de Juan Durán, es una hermosa composición sobre poemas de Gabriela Mistral. Va mucho mejor a la voz porque Durán sabe cómo tratarla. En la segunda parte, todo cambió. Aunque la soprano sufrió fatiga vocal, la voz se expandió, con brillo e intensidad expresiva, en un repertorio mucho más adecuado. El público mostró un gran entusiasmo tras las dos arias de Las bodas de Fígaro, de Mozart, y las dos de Puccini (La bohème y Gianni Schichi, esta última, cantada como bis). El aria de Electra, del Idomeneo mozartiano, no es aconsejable: contribuyó a la fatiga del músculo de la fonación y además, al no estar dentro del contexto, resulta confusa. Tampoco la bonita romanza de La zapaterita, de Alonso, parece ir del todo bien a las condiciones vocales de Carmen Subrido. Es posible que el cansancio le restase facultades para abordarla. Bien, la canción española de El niño judío, de Luna. En todo caso, donde la voz de la soprano gallega se halla de verdad en su sitio es en Mozart y aún más en Puccini: esa tesitura lírico-dramática de O mio babbino caro e incluso la más lírica de Si, mi chiamano Mimi, le van como anillo al dedo a su voz. Burgueras acompañó con general acierto regulando muy bien la intensidad para cuidar el balance con la voz.

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