18 de noviembre de 2018
18.11.2018
La Opinión de A Coruña
La ciudad que viví

Los tenderos de un barrio en ciernes

Cuando mis padres llegaron a la ciudad desde Carral, se hicieron cargo de la única tienda que había en la zona, que aún estaba rodeada de campos, por lo que se convirtieron en personas conocidas

18.11.2018 | 00:48
En la fotografía superior, José Luis es el primero por la izquierda agachado con sus compañeros del equipo del Ciudad Jardín. Abajo a la izquierda, es el segundo por ese mismo lado junto a amigos de la infancia de su barrio. A la derecha, está situado a la izquierda con amigos en el castillo de San Antón.

Nací en Herves, en el municipio de Carral, donde vivían mis padres, Jesús y Estrella, y mis dos hermanos, que tienen los mismos nombres. Mi madre trabajó hasta que se casó en la panadería Herves, que es de la familia y ahora dirige mi prima Mari Carmen, mientras que mi padre trabajó en la agricultura en Montouto, donde nació, y fue también barbero, zoqueiro, carpintero y muchas cosas más, ya que en aquella época había que hacer de todo para poder vivir.

Al poco tiempo de nacer yo, mis padres decidieron trasladarse a la ciudad y coger el traspaso de una pequeña tienda en la calle Bellavista que era la única de la zona, ya que tan solo había cuatro casas. Fue conocida como la tienda de Jesús y Estrella y desapareció en los años ochenta cuando se empezaron a tirar las casas antiguas para dejar paso a las nuevas. En ese momento decidieron abrir la cafetería y churrería La Artesana, que aún existe pero que cambió de nombre cuando mis padres la dejaron al jubilarse.

Mi primer colegio fue el de la profesora Pilar, que estaba en una casa cercana a la mía y en el que estudié hasta los siete años, edad en la que pasé al de San Rosendo, donde estuve hasta los doce. Luego hice el bachillerato elemental en el instituto Masculino y seguí el superior en el colegio Liceo La Paz. Al terminar los estudios hice oposiciones para funcionario del Estado y al aprobarlas me destinaron a Girona, donde viví bastantes años, aunque venía con frecuencia a la ciudad cuando tenía vacaciones y permisos.

Posteriormente me enviaron a Galicia, donde trabajé primero en Santiago y luego aquí hasta que me jubilé. Durante mi estancia en Girona me casé con la catalana Nuria Noguer, con quien tengo una hija también llamada Nuria que ya nos dio una nieta.

Mis primeros juegos fueron en la zona en la que me crié, que aún estaba rodeada de monte y terrenos de cultivo. Allí pude disfrutar con amigos como David, Veloso, Pepe, Jose, Julio, Mari, las hermanos Mari Carmen y María José Resco, Manolita y mi prima Nenita. Hacíamos escapadas hasta San Pedro de Visma, O Portiño, Santa Margarita y A Silva, aunque lo que más nos gustaba era ir a todas las fiestas de los barrios, como las de Os Mariñeiros y Visma, donde algunas veces teníamos piques con las pandillas de esos barrios por sacar a bailar a las chicas de allí.

En las fiestas de San Juan de mi barrio hacíamos hogueras con toda la leña que encontrábamos y los vecinos nos daban monedas para comprar petardos. Algunas veces aprovechábamos la bicicleta de mi primo Carlos para que, sin que se enterara, hacer carreras por la cuesta de Catalina, que en ocasiones terminábamos dándonos un buen estacazo contra las zarzas que había al final de esa pendiente. En la zona del paseo de los Puentes veíamos a los niños bien de la ciudad haciendo sus pinitos en las cuestas que había allí con sus motos, por lo que se puede decir que en ese lugar empezó a practicarse el moto cross y el trial.

El refresco del cine

Cuando íbamos al cine, como mis padres tenían la tienda, si esa semana me había portado bien me daban una botella de Mirinda para que la tomase allí, lo que me hacía ser la envidia de mis amigos, aunque tenía que tener cuidado de que no se rompiera el envase porque se lo cobraban a mis padres.

En mi juventud jugué al fútbol en el equipo del Batallador durante dos años y luego pasé al Ciudad Jardín, que era el club de mi barrio y en el que estuve hasta los dieciocho años, ya que los estudios no me dejaban tiempo para jugar y prefería dedicarlo a disfrutar de las fiestas y los bailes con mis amigos, tanto en La Granja como en El Seijal. También íbamos a los programas que se hacían en Radio Juventud, como Desfile de Estrellas y La Ballena Alegre, en los que participó un vecino de nuestro barrio, Manolito, a quien llamaban el niño de la voz de oro. Recuerdo además que cuando estudiaba en el Liceo organizaba guateques en un bajo de mi padre sin que él lo supiera y vendía las entradas a mis compañeros de clase.

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