09 de diciembre de 2018
09.12.2018
La ciudad que viví

La primera familia de la calle Bellavista

Nuestra casa, que aún existe, era la más antigua de la calle y estaba cerca del Observatorio, en cuya gran explanada y su larga escalera jugábamos los niños de mi familia, en la que éramos once hermanos

09.12.2018 | 01:17

Nací y me crié en la primera casa que se construyó en la calle Bellavista, ya que toda la zona era un monte en el que estaba el Observatorio, que estaba muy cerca de nosotros, por lo que utilizábamos la gran explanada de campo que tenía para jugar. En mi calle, donde aún se conserva nuestra casa pero ya deshabitada, también existieron el ultramarinos del señor Jesús y el fabriquín de madera de Manolita.

Mi familia estaba formada por mis padres, Enrique y Estrella, y mis once hermanos: Manolo, Alfonso, Juan, Luis, Antón, Daniel, Fernando, Quique, Pila, Estrella y Loli. En nuestro edificio también vivía y trabajaba un sastre llamado David y los señores Olimpia y José, que tenían frente a la casa unas grandes fincas donde los chavales cogíamos muchas veces frutas, berzas o maíz para comerlo en pandilla. En la parte trasera de mi casa se criaban además gallinas y conejos de los que siempre que había una fiesta desaparecía alguno.

En aquellos años, la gente hacía lo que podía para salir adelante, como mi tío Manuel, que solía montar con cuatro tablas un palco para que la gente pudiera bailar y cobraba a los que acudían, mientras que en el chalé de los padres de Rosita, cuya hija jugaba con nosotros, sus hermanos José y Juan nos proyectaban películas de cine que íbamos a ver casi todos los niños del barrio, ya que lo único que nos cobraban era las pipas que consumíamos.

Aunque mi familia fue numerosa, al igual que muchos de mis hermanos pude aprovechar al máximo el tiempo que pasaba en la calle y en los campos de los alrededores, como en los montes de la familia Mariño, el convento de las Adoratrices y el Observatorio, en el que jugábamos a subir bajar la larga escalinata. Me acuerdo que un día hubo una gran tormenta y un rayo cayó sobre uno de los chalés de la Ciudad Jardín que ardió por completo, lo que para nosotros fue un acontecimiento.

A las Adoratrices solíamos ir a pedir que nos dieran lo que sobraba del pan de las obleas que hacían para comulgar en todas las iglesias de la ciudad y a nosotros nos daban además leche por ser tantos niños en casa. Recuerdo lo bien que lo pasáramos cuando íbamos a las sesiones infantiles de los cines España, Doré y Finisterre, que eran los más baratos de nuestra zona, aunque lo malo es que a las niñas siempre nos acompañaba algún hermano o familiar, al igual que cuando íbamos a las fiestas del barrio o a algún baile infantil.

Viví en Bellavista hasta los once años, edad en la que mi familia se trasladó a la calle San Isidoro, donde residimos ocho años, tras lo que nos fuimos a la calle Belén, en la Sagrada Familia, donde a mis padres les dieron un piso por ser familia numerosa. Mi padre fue trabajador de la fábrica de armas cuando aún estaba en el colegio Curros Enríquez y continuó en ella al trasladarse a Pedralonga.

Mi primer colegio fue el de O Ventorrillo, en el que estudié junto a cuatro de mis hermanos. Allí nos daban de comer e incluso de merendar algunas veces. Luego pasé al centro de las monjas en la Sagrada Familia, que pertenecía a la Compañía de María, al que fui dos años más tarde hasta que a los dieciséis años me puse a trabajar, ya que el sueldo de mi padre era insuficiente para mantener a una familia tan grande.

Entré en una pequeña fábrica de punto llamada Chao y luego en la Perifer y Rosana, donde trabajé hasta que me casé con Antonio Vázquez Grela, a quien conocí un día que fui a bailar con mis amigas de toda la vida: Mari Carmen, Esperanza, Mari la pecos, además de mi hermano Antón, que hacía de carabina, Pichi, Mustafá, y Miguel el de Correos. Tenemos tres hijos - Mari Carmen, Antonio y Teresa- y dos nietos, Hugo y Oliva.

Tengo un gran recuerdo de los guateques a los que iba de jovencita en la Universidad Laboral en O Burgo que organizaba Antonio, el de las casas de Sindicatos, a los que tuve que dejar de ir cuando se enteró mi madre de que lo hacía. Lugo solo íbamos a los del Sally y La Granja, pero siempre con carabina para estar vigiladas.

Entre las trastadas de mi infancia está la de bajar la cuesta de Santa Margarita con unos patines que me habían dejado, ya que al caer me rompí un brazo y tuvieron que llevarme al Hospital Militar. En verano siempre íbamos a la playa de Riazor, donde una amiga nos dejaba una de las casetas de madera que había para cambiarse el bañador. Cuando se hacía la fiesta de Santa Margarita iba a ayudar a mi madre, que montaba un pequeño tenderete en el que vendía trozos de empanadas y callos.

En la actualidad , ya jubilada, me reúno con mis amigos de la calle Bellavista y, como vivo en Cambre, formo parte del coro parroquial de Sigrás, donde fui secretaria del equipo de fútbol.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
esquelasfunerarias.es