29 de marzo de 2019
29.03.2019
Arquitecto

El dibujo y el universo: Alfonso Abelenda

28.03.2019 | 22:55
Velázquez, por Abelenda.

El dibujo era sin duda el sustrato profundo de su pensamiento: la mano febril del dibujante compulsivo, que afina además del trazo una escritura intensa. Sus viñetas iniciales lo eran todo al mismo tiempo: crítica, agitación política, amonestación social, excitación estética y el humo necesario para desaparecer sin ser visto por la censura. Su generación se paseó discretamente por las tabernas madrileñas inventándose marquesas decadentes, militares ajados, curas de sotana y escapulario que retrataban y erosionaban el régimen aquel que desapareció con la transición, quedando sus ruinas y alimentándose de ellas los relatos de los setenta, ochenta? Siempre fue un dibujante riguroso, aunque luego se dedicara a ser un pintor prolífico y colorista de temas locales. Ningún complejo atenazaba su voluntad expresiva que se manifestaba en grandes lienzos con muchos rincones de A Coruña como argumento. Si surgía un problema siempre podía desplegar su elocuencia en cualquier trozo de papel o en el mantel de una mesa de un bar. Cliente asiduo del Café Gijón y corredor de 110 metros vallas, dos actividades indispensables para llegar a convertirse en personaje cargado de ironía y autor satírico.

Nunca abandonó del todo la escuela de arquitectura de Madrid, allí aprendió sus primeras disidencias en el desorden de los pasillos y los bares de la calle de La Princesa, sus compañeros de las clases de dibujo, los viajes, los partidos de rugby, los arquitectos gallegos y vascos de su generación: Albalat, Suances, Baltar, Peña Ganchegui, etc... siempre lo recuerdan como una pieza exótica estimulante y fundamental de la cultura gallega más cosmopolita.

Sus temas eran las figuras agrias, caricaturas genéricas y distantes de una sociedad que no acababa de salir del franquismo. Aquel régimen suministró una fauna insuperable e irrepetible para describir el mundo, que era el del capitalismo tardío y que ha caracterizado nuestros escenarios sociales hasta hace poco. Con su cuidado dibujo de fondo protegía los conceptos fundamentales que depositaba en sus pinturas y eludió su banalización con un lenguaje acerado y un grafismo caustico y virulento.

Amigo, colega y discípulo, todo ello al mismo tiempo, de los que produjeron las revistas Don José, La Codorniz, Hermano Lobo, Cambio 16 etc... de un Madrid muy vivo desde los años sesenta. Sus marquesas con collares que compartió y continuó de Ceberio, Serafín, Máximo, Mingote y otros eran unas figuras encubiertas y distorsionadas de las clases dominantes de la época. Se entreveraban los aristócratas decadentes con los capitalistas del estraperlo, un clero colaborador y unos militares deformados por los bigotes, las botas y las condecoraciones, siempre acompañados por sus textos ácidos y punzantes; es una sociedad que ya no existe.

La transición dio carpetazo a estos estereotipos aunque sus ideologías persisten en las entretelas de nuestras sociedades; el "indepe" y el "nacionalista" de cualquier signo serían en su dogmática simpleza un material inagotable para este trabajo de devastación de la vulgaridad cotidiana que acometieron Abelenda y sus compañeros.

Es el artista de su generación que mejor ha abonado el terreno en el que se han desenvuelto los que han venido después, su heterodoxia estaba sólidamente establecida y lo legitimó para hacer ese papel en la cultura coruñesa de los ochenta: el grupo Atlántica, La Galga, Uso Externo, etc. Abelenda estaba allí de una manera o de otra. Sobre esta densa base de crítica política y social, este pintor construye con gran facilidad y aparente frivolidad, una pintura de figuraciones eficaces y bellas abstracciones cuando se lo propone, un expresionismo que transita de lo legible a lo enigmático sin que le importe mucho no exhibir algún tipo de coherencia estilística que dé solidez a su trayectoria y, esta circunstancia, siempre ha desconcertado la crítica local.

Nos ha dejado el pulso herido y la mano ágil que inicio sus pasos en el taller de escayola y piedra de los Escudero en el Orzan. A las Escudero, madre y tías de Alfonso, se les ha asignado la máxima responsabilidad en la transmisión de los impulsos creativos que venían del escultor Escudero, y ahí incluimos a Juan Luis Dalda Escudero, arquitecto y urbanista. Dentro de muy pocos días una exposición en Afundación nos va a mostrar de nuevo una buena parte de su trabajo.

El legado de un dibujante se enreda con facilidad en la memoria de la gente, lo recordaremos muy vivamente al recorrer la Coruña que tanto pintó y, sobre todo, al volver a ver el trazo impredecible y sarcástico de sus dibujos del Abelendario de la época de la resistencia.

"Que le quiten lo bailao?" nos dejó como epitafio Alfonso Abelenda Escudero hijo, en uno de los últimos actos fúnebres en A Coruña.

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