16 de mayo de 2019
16.05.2019

Víctor Pablo Pérez, en concierto con la Sinfónica de Galicia

"Ahora está de moda tener una gestualidad bonita y no profundizar"

"Una orquesta no es una ONG, es una entidad cara que tiene que ser buena"

16.05.2019 | 12:00
Víctor Pablo Pérez, esta semana en el Palacio de la Ópera.

"Dima Slobodeniouk está configurando su modo de ver la música y hay un progreso claro"

Después de haber dado vida a la Sinfónica de Galicia (OSG), y también a otras como la de Tenerife, Víctor Pablo Pérez puede considerarse un experto a la hora de crear orquestas. "Hay que saber trabajarlas. Saber escoger a los distintos líderes de las secciones, y crear equipos que sepan comunicarse entre ellos", explica convencido el músico, que ostenta el título de director honorífico de la OSG. Este viernes 17 de mayo, en un concierto al que se sumará el Coro, el artista se reencontrará de nuevo en el Palacio de la Ópera (20.30 horas) con la formación, a la que ayudó a dar sus primeros pasos. La hará sonar al ritmo de la Sinfonía nº 4 Schumann y el Réquiem de Cherubini, que quiere dedicar a la memoria de los intérpretes del grupo Petur Eiriksson y David Ethève.

Durante su tiempo como pianista los réquiems eran su tónica habitual. Ya no tendrán secretos para usted

Sí, son obras que he dirigido mucho, tanto el Réquiem de Mozart como este de Cherubini, que es muy infrecuente pero muy bello. Pero también el de Brahms, el de Verdi€ Después de mis estudios, mi primer trabajo profesional fue como pianista del Coro Nacional de España. En él se preparaban todas las grandes obras sinfónico-corales, así que es un repertorio que amo mucho. Este réquiem, concretamente, se lo quiero dedicar a dos músicos que han fallecido, Petur Eiriksson y David Ethève. Fueron fundadores de esta orquesta, y dejaron aquí su vida para construir un referente nacional.

Usted también contribuyó. ¿Sigue encontrando su huella en la orquesta que ve ahora?

Sin duda. Permanecen muchas cosas de cómo se fue configurando. No solamente la orquesta, sino también un modo determinado de cómo hacer música.

Pero ha pasado por nuevos focos, como el de Slobodeniouk

Obviamente Dima [Slobodeniouk] está configurando también su forma de verla, y hay un progreso claro. Pero es bastante fácil recuperar la idea musical que yo tenía, porque una orquesta tiene mucha memoria histórica cuando se ha trabajado mucho y a fondo.

Cuando la estaba formando, le llovieron críticas por contratar a músicos extranjeros

Sí, había gente que criticaba que no hubiera gallegos ni españoles. Pero estamos hablando de hace 30 años, y el panorama español no tenía nada que ver. En aquel momento no había orquestas en España porque no había intérpretes bien preparados, y a su vez no había artistas bien preparados porque no había orquestas. Era un círculo vicioso que hubo que romper importando instrumentistas que, a la vez que tocaban en orquestas, enseñasen. Una orquesta no es una ONG, es una entidad cara que tiene que ser buena. Por eso ahora estoy muy satisfecho, porque tenemos músicos en España para nuestras orquestas y para exportar.

¿Ya tenemos el nivel orquestal del resto de Europa?

Sí, si contamos el nivel medio. Obviamente situarnos al nivel de excelencia de la Filarmónica de Berlín es muy difícil, porque nos lleva un adelanto de 200 años de experiencia y educación. Pero estamos perfectamente en el nivel medio internacional.

¿También en cuanto a directores?

Ahora mismo sí. La afluencia de estas nuevas orquestas por todo el país conlleva que salgan jóvenes que tienen la posibilidad de formarse con una orquesta. Cualquier instrumentista se forma con su instrumento, y sin embargo antes los directores teníamos que formarnos sin tocar la orquesta. Hoy, los jóvenes tienen formaciones para poder practicar.

Me comentaba Antonello Allemandi que hoy muchos son más gesto que realidad. ¿Usted nota ese efectismo?

Sí. Hay una tendencia en algunos directores jóvenes a que haya más ballet que fondo. Muchos de ellos no han picado piedra, no han tenido que sacar lo mejor de cada músico. Lo que ocurre es que es más fácil dirigir una orquesta muy buena, que casi toca sola, que tener que enseñarle todo a una joven. Cuando tú has pasado por ese punto, aprendes tan profundamente el oficio que después tienes esa madurez, pero ahora está muy de moda entre algunos jóvenes directores tener una gestualidad muy bonita y no profundizar.

Dice que se empieza siendo conductor y se acaba siendo maestro. ¿Cuándo dio usted el salto de un lado al otro?

Cuando eres joven, eres más bien conductor. Después empiezas a ser un director, cuando empiezas a conocer y entender las obras. Cuando ya cumples una cierta edad, y las has dirigido muchas veces, puedes entrar en el siguiente capítulo, donde ya no importa tanto el gesto, sino lo que quieras comunicar. A partir de ahí, con el paso de los años, hay algunas composiciones en las que puedes considerarte algo maestro.

¿Cuáles son las suyas?

Ay, diferentes. Si uno se pone a pensar seriamente qué ha pasado con directores como Celibidaque, te das cuenta de que dirigían de un modo especial dos docenas de obras. El resto las hacían muy bien, pero no tenían nada más que decir que los demás. Se trata de que puedas provocar ciertos silencios. Porque al final, en la música, yo creo que lo más importante es el silencio.

¿Por qué?

Porque es la conclusión, lo que ocurre después de la música. El sonido en sí mismo no es nada, hay que dotarlo de vida, pero una vez que se produce, lo que queda es la impresión. La emoción que deja, eso es el silencio.

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