14 de junio de 2019
14.06.2019

El placer de la ilegalidad

El aliciente del riesgo en lugares prohibidos mueve los grafitis de COAS, en prisión por pintar trenes, y justifica su negativa a parar su actividad, considera un grafitero

13.06.2019 | 20:43
Un edificio en la zona de Pescadería plagado de 'tags' realizados por grafiteros.

Detrás de cada grafitero hay una persona diferente. Unos optan por una técnica y otros por otra. Hay quien tiene estudios artísticos y quien no los tiene. A unos les gusta pintar en la calle de forma legal y a otros de manera ilegal. Unos trabajan con murales, otros hacen solo firmas o tags, otros pompas. Todos sienten placer por lo que hacen, pero algunos encuentran un estímulo especial en la "aventura" de realizar grafitis donde está prohibido, en bienes públicos o privados y elementos del mobiliario urbano. En esta categoría encaja COAS, el grafitero coruñés que con este y otros nombres (GOAS, KOAS, KYOS, YOS) ha ingresado en prisión como resultado de la operación en la que la Policía Nacional detuvo a ocho autores y desmanteló tres grupos organizados.

"La ilegalidad es muy interesante para un grafitero. Su componente de peligro y riesgo es un aliciente que tiene que asumir. Es como quien va a robar, que sabe que le pueden coger mientras lo hace. Estos grafiteros se organizan, localizan los lugares donde van a actuar, actúan rápido, de forma eficaz y buena", explica un grafitero consultado por este periódico que prefiere ampararse en el anonimato.

"Entiendo que no se entienda esta actitud porque todos tenemos propiedades privadas", añade este autor, que hace años experimentó los mismos riesgos y alicientes y en la actualidad realiza murales y otros trabajos artísticos en paredes y fachadas de forma legal y autorizada. Desconoce el caso de COAS, comprende la negativa de este autor varias veces sancionado a colaborar en las propuestas que le ha ofrecido el Ayuntamiento, como recuperar espacios urbanos con sus creaciones o limpiar sus pintadas, y no entra a juzgar su actitud respecto a los bienes ajenos.

"Quien siente placer en la ilegalidad y le sube tanto la adrenalina cuando pinta, no lo va a sentir si tiene que pintar donde se le diga sin el gran aliciente de la adrenalina. Eso no lo quiere. Lo que hace es lo que le gusta hacer. ¿El respeto por los bienes? Eso es algo muy personal que tiene que responder cada grafitero", comenta.

La experiencia del grafitero consultado permite comprender el rechazo de COAS, a quien se le atribuyen más de 500 pintadas y firmas en distintas zonas de la ciudad, a cambiar de comportamiento: "Se mueve por el placer de dejarse ver, lo que en el entorno del grafiti se llama getting up: hacerse notorio, buscar la mejor ubicación de sus pintadas. Lo que hace es un hobby que tiene un gasto, pero lo hace por amor al grafiti. El precio es el riesgo".

El ámbito "minoritario" del grafiti se expresa en la ciudad de forma mayoritaria, con miles de pintadas en calles de la zona de Pescadería y en muros, puertas, verjas, vallas, bancos y fachadas en otros barrios. Pero A Coruña no es exclusiva. "Lo que ahora se ve en la ciudad lo he visto en todas las ciudades que conozco. Pasó hace años y volverá a pasar dentro de varios cuando a lo mejor el grafiti se frene y vuelva a arrancar. Habrá otro ciclo, dejarán de pintar unos autores y lo harán otros nuevos", cree este grafitero, escéptico sobre las iniciativas municipales de organizar actividades colectivas de expresión artística a través del delicado y conflictivo rito del grafiti.

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