25 de agosto de 2019
25.08.2019
La ciudad que viví

Los chicos que bailaban en el Saratoga

Mi infancia y juventud transcurrieron en Monelos, un barrio que estaba rodeado de campos y en el que los niños jugábamos en la arboleda donde se hacía el mercado y daban la vuelta los tranvías

24.08.2019 | 21:36

Nací y me crié en el barrio de Monelos con mis padres, Manolo y Pilar, y mi hermana cuando todos sus alrededores estaban rodeados de campo y la compra del mercado se hacía en la explanada arbolada, en la que también daban la vuelta el tranvía y el trolebús que llegaban hasta San Amaro. Mi primer colegio fue el Labra, del que a los seis años pasé a los Salesianos, donde estuve hasta los diez, edad en la que marché con mis padres a Venezuela, donde pasamos cinco años.

A nuestra vuelta empecé a trabajar en la empresa de automóviles Arrojo, en la que estuve varios años, hasta que se construyó el aparcamiento subterráneo de la ensenada del Orzán, en el que desarrollé el resto de mi vida laboral.

Mis primeros amigos fueron todos de Monelos y sus alrededores, entre los que destaco a Quique, José Luis, Tomé, Manolito, Germán, Reboredo, Pirulo, Bugallo, los hermanos Longueira, Rosita y Manolita. Solíamos jugar en la arboleda de Monelos y en la desaparecida Granja Agrícola, una de cuyas entradas estaba en nuestro barrio y daba a una pequeña calle sin asfaltar en la que estaba la sala de fiestas Saratoga, que siempre se llenaba de gente en carnavales y en las fiestas del barrio con los bailes de niños y de mocitos.

En la Granja se reunían muchas madres con sus hijos casi a diario en sus grandes alamedas y campos, en los que podíamos jugar con total tranquilidad. Recuerdo que me bañé muchas veces en los estanques que había allí, en los también cogíamos ranas y cazábamos grillos para llevarlos para casa, aunque como no nos dejaban dormir por la noche, al final siempre los volvíamos a llevar al campo.

Tener una pelota era todo un lujo en aquellos años, por lo que nos valía cualquier cosa redonda para jugar al fútbol o la hacíamos nosotros con un calcetín viejo relleno de papeles o hierbas. Hasta para jugar al hockey nos valían los tallos de los repollos, que cogíamos en cualquier leira de la zona. Otro juguete que hacíamos en aquella época s eran los tiratacos de madera, los tirachinas y los arcos y flechas con varillas de paraguas viejos.

También tengo que destacar las batallas que hacíamos entre los amigos, sobre todo cuando salíamos del cine de ver películas de piratas, romanos o vaqueros, ya que queríamos imitarlas y nos fabricábamos espadas y pistolas con cualquier trozo de madera que encontrábamos en los fabriquines del barrio. Si por mala suerte nos llevábamos un estacazo, nos aguantábamos, aunque teníamos que tener cuidado de no rompernos el calzado o la ropa, ya que si lo hacíamos nos castigaban sin salir de casa y sin la paga del domingo.

Paseos por el centro

Al ponerme a trabajar tuve que olvidarme de los juegos y esperar a los sábados y festivos para reunirme con mi pandilla. Unas veces íbamos por las mañanas a gastar las suelas de los zapatos paseando por el centro para ver a las chicas y que ellas nos vieran, mientras que por la tarde acudíamos a cualquier fiesta o a los bailes que estaban de moda, tanto en la ciudad como a El Seijal, en San Pedro de Nós. En verano íbamos a las playas del Lazareto y Santa Cristina, así como a la barra de As Xubias, a donde llegábamos andando o enganchados en los autocares de Cal Pita o A Nosa Terra.

Como nuestra pandilla eran tan numerosa, a veces El Rubio, el propietario de la lancha que cruzaba hasta Santa Cristina, nos dejaba ir gratis si le ayudábamos a remar en algunas de esas travesías. También me acuerdo de la señora que trabajaba de guardabarreras en As Xubias y que no nos dejaba cruzar las vías hasta que pasara el tren, así como de Cañita Brava, quien vivía allí y en los viajes de la lancha cantaba y tocaba unas tablas de madera, tras lo que pasaba la gorra.

Mientras estuve trabajando en el aparcamiento me casé y también estuve llevando las taquillas del estadio de Riazor y de los campos de fútbol de La Granja y Meicende, gracias a unos amigos que conocí en Venezuela.

Testimonio recogido por Luis Longueira

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