15 de septiembre de 2019
15.09.2019
La ciudad que viví

Los años de la transformación de Os Mallos

Los niños de mi época aún pudimos conocer el barrio antes de que comenzara a construirse en todas partes y desaparecieran los campos en los que jugábamos, que dejaron paso a calles y edificios

14.09.2019 | 19:06

Pertenezco a la última generación de los niños del barrio de Os Mallos que lo conocieron cuando aún estaba rodeado de campos y conservaba el lavadero donde la gente llevaba la ropa, a pesar de que en casi todas las casas había ya traída. Yo, junto con mi pandilla, todavía pude disfrutar de la fuente que también había allí, así como los desaparecidos campos de la Peña, de la antigua fábrica de Ángel Senra y estación de San Cristóbal, de los que tengo un gran recuerdo porque vi como en unos pocos años dejaron paso a las nuevas edificaciones que se hicieron allí y que cambiaron por completo el barrio.

Mi primer colegio fue el Sualva, en la calle Noia, al que también iban mis hermanos mayores, Frutos y Marinita, y en el que estuve hasta los diez años. De allí pasé al Concepción Arenal y más tarde a la Escuela de Maestría Industrial, donde solo hice primero de Electricidad, ya que gracias a mi padre, que trabajaba allí, entré en Correos, donde estuve dieciocho años. Luego trabajé como distribuidor de alimentación y ropa por toda España hasta mi jubilación.

Mi pandilla de la infancia estaba formada por Alsina, Edu, Rois, David, Cid, Carlos, Allende y Nicolás, con quienes solía jugar en la calle Antonio Viñes, que era paralela a la finca de Zaragüeta, donde años después se construyó la nueva iglesia de San Pedro de Mezonzo, además de nuevos edificios que hicieron desaparecer los campos en los que jugábamos.

Lo que más nos gustaba a todos los chavales era jugar a la pelota, pero como nuestra calle tenía una gran pendiente que llegaba hasta la fábrica de cerillas, también hacíamos competiciones con carritos de madera con ruedas de acero de viejas cajas de rodamientos que conseguíamos en talleres y ferranchinas. Bajábamos a toda velocidad y a veces cuatro chavales en un mismo carrito, por lo que cuando volcábamos nos dábamos unos buenos rasponazos en las rodillas, y si no lográbamos frenar la final de la cuesta, nos estropeábamos los zapatos y la ropa, de forma que al llegar a casa nos caía un buen castigo.

Cuando me castigaban en casa, en vez de prohibirme salir, lo que hacían era mandarme a la calle, ya que si me quedaba, estaba dando la lata a mis cinco hermanos, por lo que regresaba con mi pandilla, que siempre estaba jugando frente al bar Cela, que fue la primera cafetería que se abrió en nuestra calle. Los domingos, cuando nos daban la paga, íbamos a los cines de barrio Doré y España, y cuando cumplimos los quince años, empezamos a bajar a los del centro, como el Kiosko Alfonso, el Avenida o el Rosalía de Castro.

En ese último casi siempre íbamos a las localidades de general, que eran las más baratas, ya que solo eran unos bancos sin respaldo en los que si no había sitio había que sentarse en el suelo o las escaleras. Como allí dejaban fumar, las pandillas de chavales comprábamos pitillos sueltos en los puestos de los soportales, además de chicles, pipas, caramelos y pan de higo que vendían Manolita y su madre, que se hicieron muy populares y a las que la gente le pedía tabaco americano por encargo.

Fútbol de peñas

Como me gustaba jugar al fútbol, estuve una temporada en el Victoria, tras lo que milité en diferentes peñas con mi hermano Juan, mi cuñado José y algunos de mis amigos. Estuve diez años en la peña Cela y luego en las Concha de Oro y Deportivo. Jugamos una final de copa en el campo de Elviña, que se abarrotó de gente para ver el partido, en el que quedamos subcampeones y tuvimos como entrenador a José Antonio, quien luego fue el responsable de todas las categorías inferiores del Deportivo Ciudad.

Me casé y tengo un hijo llamado David. Actualmente, ya jubilado, me reúno con mis amigos de siempre para recordar los viejos tiempos y de lo mucho que ha cambiado todo, mientras que el resto del tiempo lo paso con mi familia.

Testimonio recogido por Luis Longueira

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