24 de octubre de 2019
24.10.2019
La Opinión de A Coruña
Exprofesor de Imaxe e Son del instituto de Monelos

'O que arde', o escribir con una cámara

23.10.2019 | 22:01
Oliver Laxe, durante el rodaje de 'O que arde'.

Corría el curso académico 1998-1999, cuando en las aulas del instituto Monelos de esta ciudad, estudiaba un coruñés-parisino, adolescente de 17 años, matriculado en el tercer curso del entonces denominado BUP. Pese a su mocedad, la madurez personal e intelectual que mostraba era más que notable, destacándose como excelente alumno y obteniendo, quizá como presagio de un futuro que iba a ser muy próximo y brillante, la máxima calificación en la asignatura de Imaxe. Su nombre era Oliver Laxe.

Veinte años después, convertido en director, guionista y actor, presenta su, hasta ahora, último trabajo: O que arde, que llega avalado por el reconocimiento en Cannes y Argentina, en sus Festivales de cine. Filme que es fruto maduro de precedentes experiencias, arduos trabajos e intensas vivencias. Impactante obra lírica a la vez que cruel, que golpea categóricamente las anquilosadas conciencias de quienes prefieren obviar realidades como verdades incómodas.

El inicio del filme está conformado por una genial secuencia que, contemplada en su totalidad, hiere directamente el sentimiento: En la oscuridad de la noche las copas de unos frondosos y ciclópeos eucaliptos son mecidas por el viento. Tal aparente sosiego es abruptamente roto por la lacerante imagen de esos árboles que, con "nocturnidad y alevosía", están siendo abatidos por poderosas máquinas bulldozers, que con sus potentes luces amarillas ciegan la pantalla. Es la devastación de un bosque.

Pocas veces, por no decir ninguna, se ha estampado sobre las pantallas, con tanta honestidad y cordura, la esencia del rural de este país, el alma de esa Galicia recóndita, áspera en su crudo naturalismo, al tiempo que salvajemente bella, rehuyendo todo tópico o complacencia. Las imágenes parecen exhalar el aroma de la tierra empapada por la perenne lluvia, o queixume de la floresta con el murmullo de riachuelos o el olor de establo donde se cobijan las tres vacas que conforman una férrea entidad familiar con Amador, su madre, Benedicta, y la perra Luna, en una aldea olvidada entre las montañas lucenses. Después las tremendas llamas devoradoras de vida, tristemente reales, trocarán ese sosegado paisaje en un esquelético y apocalíptico paramo silencioso.

La fotografía firmada por Mauro Herce alcanza los máximos calificativos y la arriesgada apuesta de Suzanne de Leonard Cohen en la banda sonora, un rotundo acierto. Su cine no es fácil. Es denso, comprometido, sin concesiones.

La narrativa que propone es premeditadamente lenta, reflexiva, apoyándose en un montaje flemático en el que su duración ofrece al espectador un tiempo de introspección.

Puede que a ciertos niveles recuerde a virtuosos mitos de la imagen como Bergman, Tarkovski, Abbas Kiarostami o el más lejano en el tiempo Alexander Dovjenko a quién le fue atribuido el título de Poeta de la imagen. No sería injusto que Laxe heredase tal apelativo.

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