27 de octubre de 2019
27.10.2019
La Opinión de A Coruña
LA CIUDAD QUE VIVÍ

Los chavales fascinados por los trolebuses

Cuando llegaron a la ciudad los vehículos de transporte público de dos pisos para nosotros fue un acontecimiento, ya que siempre queríamos ir en la parte de arriba para ver el recorrido desde lo alto

26.10.2019 | 19:21

Nací en la calle Castiñeiras de Abaixo, donde viví con mis padres, René y Aída, y con mi hermano José Ramón. Mi padre fue muy conocido en el sector del transporte de la ciudad por dedicarse al arreglo y mantenimiento de los camiones de la Campsa en la empresa Conde Medín, mientras que mi madre trabajó en la empresa de muebles Gundín, que también tenía la franquicia de seguros de decesos de Santa Lucía.

Mi primer colegio fue el del Ángel, frente al mercado de la plaza de Lugo, del que pasé a los Maristas para hacer el bachiller. Allí tuve grandes compañeros como Juan, Javier, José Luis, Alejandro, Cándido, Carlos y Alfonso, con quienes me reúno una vez al mes desde hace veinte años, tras lo que empecé la carrera de Magisterio.

Me acuerdo de las muchas veces que fui enganchado o sin pagar en el tranvía de Riazor para llegar hasta la escuela, que dejé en el último año para casarme y ponerme a trabajar, ya que tuve una hija llamada Marta que me dio dos nietas, Lucía y Alba. Recientemente me volví a casar con Rita, natural de Noia, que regentaba en la calle del Comercio un bar y que tiene una hija llamada Jennie a la que también considero mía.

Mi primera pandilla estaba compuesta por amigos de mi calle y de la huerta que salía del antiguo lavadero de A Falperra y el monte donde estuvo la fábrica de cerillas de Zaragüeta. Entre mis amigos destaco a Tino, Lolo, Manolo y Lito el de El Timón, con quienes jugaba en la calle. Lo más extraordinario para nosotros era ir al cine los domingos para ver las películas de vaqueros, romanos y piratas que se proyectaban en salas como las Doré, España y Equitativa.

En el segundo de ellos era donde mejor lo pasábamos, sobre todo cuando se rompía la película o se marchaba la corriente, ya que el pobre acomodador no daba abasto para mantenernos callados por el follón que montábamos.

La llegada de los trolebuses de dos pisos fue un acontecimiento para nosotros, ya que siempre queríamos ir en la parte de arriba para hacer el recorrido en las alturas. A los doce años cambié de pandilla, ya que empecé salir con Quique, Atilano, Tonecho y Patiño, pero especialmente con Antonio Baña, con quien empecé a jugar al fútbol en el Ural, en el que estuve cuatro años para luego pasar al Español y después al Miño y al Gaiteira, en el que después de tres temporadas dejé el fútbol modesto para pasar al fútbol sala, al que jugué en los equipos Joyería Abelenda, Deportes Valcárcel y Ediciones Lenda.

Dejé el deporte a los cuarenta años a causa de mi trabajo en la administración de fincas Corredoira Conde, aunque al poco tiempo abrí mi propio negocio de esta actividad, en el que trabajé el resto de mi vida laboral.

Fiestas y verbenas

A partir de los quince años fui con mi amigo Antonio a las fiestas y verbenas de la ciudad, como las del Gurugú, Os Mallos, San Cristóbal y Santa Margarita, así como a las salas de baile, a las que también acudían muchos de nuestros compañeros de equipos de fútbol.

Cuando bajábamos al centro, primero dábamos una vuelta para ver a las chicas y luego íbamos a bares como La Nueva Patata o el Priorato, aunque también pasábamos por la Bolera Americana y por la sala recreativa El Cerebro, situada frente al cine Coruña, donde había futbolines y billares.

Cuando era niño iba con mi familia a Santa Cristina en la lancha que salía de la Dársena y que siempre iba abarrotada de gente. Ya de jóvenes iba con mi pandilla, tanto en lancha como en autocar, a la playa de Santa Cruz para jugar pachangas de fútbol y a la vuelta parábamos en la terraza de la cervecería de Estrella Galicia en Cuatro Caminos.

Testimonio recogido por Luis Longueira

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
esquelasfunerarias.es