08 de diciembre de 2019
08.12.2019

La infancia migrante que esconden las siglas

Nicolás, Fernando, Said y Mbark forman parte del colectivo de los llamados menas, jóvenes migrantes que han llegado solos a la ciudad de A Coruña en busca de trabajo y oportunidades

07.12.2019 | 22:07
Nicolás y Fernando, jóvenes marroquíes afincados en A Coruña.

Todos tuvieron que hacer las maletas siendo menores para dejar su país. El primero, en los años sesenta. Emilio se fue a Suiza solo a los 17 años. Los segundos, en la segunda década del siglo XXI. Como Nicolás, que llegó a España en los bajos de un camión con 14. Él y sus compañeros Fernando, Said y Mbark [nombres ficticios] tienen claro lo que quieren, trabajar. Y estudian para lograrlo. "Si allí viviésemos bien, ¿para qué íbamos a venir aquí?". Lo entiende perfectamente Emilio, que retornó a A Coruña con su mujer en 2012. "Los españoles siempre hemos sido un pueblo de emigrados, tenemos que conocer nuestra historia. Si esta gente tuviese en su país de origen las necesidades cubiertas, no arriesgarían su vida para venir"

Fernando y Nicolás son nombres ficticios por una cuestión de protección. Una salvaguarda que ellos necesitan más que nadie. Resguardar con celo sus identidades es lo mínimo que se puede hacer ante una sociedad que busca señalarlos y culparlos de todos sus males, aunque la mayoría no conocía, hasta hace un mes, el significado de la palabra "mena".

Ellos mismos han escogido sus pseudónimos para este reportaje. Ambos provienen de Marruecos, pero ya se sienten coruñeses. A Coruña es su lugar de acogida, y, desde hace un tiempo, también su hogar. Aquí han puesto la primera piedra para lograr el objetivo primordial por el que un día emprendieron un camino al que ningún niño debería enfrentarse, y aún menos hacerlo solo. "Solo venimos a buscar una vida nueva", resume Nicolás. Pese a ser de los extranjeros más jóvenes del centro coruñés en el que reside, sus palabras transmiten la seguridad de un niño que ya no es niño. Nicolás tiene 16 años. Llegó a España con 14, escondido en los bajos de un camión en un viaje que duró día y medio. "Antes de eso, la policía me había pillado tres veces. Fue muy difícil", explica él. Lo que no dice, lo dice todo.

En el centro encontró su hogar y la guía perfecta para lograr su objetivo, que tiene en mente todos los días y del que no se permite distraerse. "No venimos a causar problemas, lo único que queremos es trabajar", repite. Para esa meta lo apuesta todo. Se levanta cada día a las 6 de la mañana para acudir a clase de hostelería. "Ojalá saque el curso para poder trabajar. Me encantaría trabajar de cocinero, tengo algo de experiencia de cuando estaba en Marruecos", explica.

En su objetivo coincide Fernando, que, aunque algo mayor, es más tímido que su compañero. Su viaje fue en patera hace algo más de un año. Era el único menor entre otras 38 personas que se echaron al mar para buscar una oportunidad impensable en su tierra. Tenía 16 años. Ahora, con casi 18, se prepara para el momento en el que la mayoría de edad le obligue a dejar el sistema de protección de menores, sin el que, a día de hoy, sus oportunidades de supervivencia se verían enormemente disminuidas. Estudia el ciclo de lavandería, en el que está sacando unas notas magníficas.

De nuevo, su objetivo opaca todo lo demás. "Quiero terminar y trabajar, de lo que sea para mandarle dinero a mi familia, que me espera en Marruecos", relata. Fernando y Nicolás han encontrado en el centro coruñés una familia que llena, parcialmente, el hueco que ha dejado la suya en su país de origen, con la que hablan a menudo. "Mis amigos de aquí, los extranjeros y los españoles, son como mi familia ahora", asegura Nicolás. Admiten haber sido, alguna vez, objeto de actitudes discriminatorias, aunque, por lo general, prefieren dar la callada por respuesta. Lo último que buscan, repiten, es meterse en problemas.

No es la primera vez que les acusan de venir a robar lo que, a su entender, es de los españoles, pero ellos tienen claros sus fines, que saben argumentar con lógica: "Si allí viviésemos bien, ¿para qué íbamos a venir aquí?", se pregunta Fernando.

A diario van a clase, al gimnasio, a nadar, al cine y salen con sus amigos. En el centro se preparan también para la vida fuera. Allí les enseñan lo que luego tendrán que acostumbrarse a hacer solos: cómo obtener una tarjeta sanitaria, cómo hacer la compra, incluso cómo llevar una dieta saludable. Hablaban español fluido en menos de un año tras su llegada: nunca dieron clase, lo aprendieron usando el periódico y un diccionario. Sabían que aprender el idioma era fundamental para todo lo demás, y en ello concentraron sus esfuerzos. Esfuerzo es la palabra que resume todo y su mejor cualidad, ante el cual, la burocracia es su peor enemigo.

Obtener documentación lo es todo, porque de ello depende lo que vendrá después: independizarse, acceder a un empleo... El permiso de residencia es condición indispensable. Pese a que en el centro tratan de gestionar el papeleo antes de la temida mayoría de edad, y así asegurarse de que salen en situación regular, las trabas son infinitas. En ocasiones, hace falta la firma del progenitor biológico, muchas veces imposible de conseguir. "Este tema les agobia mucho. Se están esforzando por hacer las cosas bien, y sin papeles no hay nada", explica una de sus educadoras.

Said y Mbark, pseudónimos también, son dos ejemplos positivos del final del camino. Ya mayor de edad, Mbark, que llegó en circunstancias similares a Fernando, está apunto de ser contratado en una empresa en Ourense, en la que ya trabajan dos de sus compañeros del centro, también en su día menores extranjeros. Tiene muy claro de dónde viene, y sabe a dónde quiere ir. Ante las situaciones racistas de las que ha sido objeto, prefiere hacer oídos sordos. "Me entra por aquí y me sale por allí", dice, señalándose las orejas.

Said es otro ejemplo esperanzador. Está apunto de terminar su segundo FP, de comercio, tras haber completado uno de construcción. Aquí encontró el futuro que en Marruecos parecía inalcanzable. Cuando se embarcó en el viaje, no se lo dijo a nadie. No quería hacer sufrir a su madre. "La llamé cuando llegué para que no se preocupara. Tuve suerte. O pasas o mueres", zanja. En su caso, tomar la decisión está mereciendo, con creces, la pena.

Said, Mbark y sus antiguos compañeros, ya con trabajo, son los espejos en los que se miran Nicolás y Fernando, y también sus hermanos mayores. "Estamos aquí para ayudar a los educadores. Cuando llega un chico nuevo, se enfada y no se controla, hablamos con él y le explicamos como funcionan las cosas. No venimos aquí a faltar al respeto ni a hacer tonterías", explica Said. Son conscientes del desconocimiento y el estigma que pesa, en ocasiones, sobre ellos, y aunque no se pelean, tampoco se dejan amedrentar, como aclara Said: "Tengo mis planes muy claros desde que vine. Venimos a trabajar aquí de lo que nadie quiere, no a quitarle el sitio a nadie de aquí. Los de aquí siempre lo van a tener muchísimo más fácil, nosotros somos conscientes de eso".

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