08 de diciembre de 2019
08.12.2019
La ciudad que viví

Los recuerdos de un colegial en la guerra

Estudiaba en 'los Galanes', en Emilia Pardo Bazán, cuando empezó la guerra. Un día nos mandaron a casa. A los pocos días nos enteramos de que Luis Galán padre había muerto y su hijo se había salvado

07.12.2019 | 19:37

Nací y me crié en la calle de San Roque de Afuera, con mis padres ya fallecidos, Eugenio Cordal e Isolina Suárez, y mis tres hermanos Manola, Maruja y Tito. Mi padre trabajaba en la fábrica de envases La Artística, de los Suárez Pumariega, que tenían también los almacenes Simeón; y mi madre fue cigarrera en Tabacos desde los 13 años hasta que se jubiló.

Con mis 93 años sigo recordando aquellos tiempos en que nací, en 1926, y lo difícil que era la vida, cómo mis padres iban andando a Arteixo y Paiosaco muy temprano para comprar productos para comer y vender algunos de ellos, hacer algo de trapicheo con el que ganar algunas pesetas, como hacían otros coruñeses. Había que tener cuidado para que no te cogieran con dichos productos y tener que pagar el fielato de los mismos, por lo que se buscaban atajos, en esta época y hasta después finalizada la Guerra Civil. Había puestos de fielato en las entradas más conocidas de la ciudad, como la avenida de Fisterra, Monelos o Caballeros que también era conocida como Alcabaleiros.

Ya en los años 30 y hasta que empezó la guerra, jugaba con la pandilla y niños de los alrededores. Lo que más me gustaba era la pelota, que hacíamos con trapos. También la billarda, bolas o bujaina, si tenías la suerte de tener una. Las de madera de buxo con un buen ferrón de acero eran el sumun de la tecnología de la época. Jugábamos en la explanada de la iglesia de los Capuchinos, quemada desde el inicio de la guerra. Mis amigos de la época eran Antonio, Enrique el Conejo, Cachelos el del Birloque, Tonecho, las gemelas Mari y Licha, Manolo Codesido y otros que ya murieron.

Mi primer colegio fue el de Frutos Fernández en la calle Sinforiano López. A los cuatro años pasé al colegio de los Galanes, en la calle Emilia Pardo Bazán. Allí me sacaron la foto escolar de este reportaje. Fue cuando empezó la Guerra Civil. Era el mes de mayo de 1936. Al mediodía el profesor nos dijo que nos fuésemos para casa y a los pocos días nos enteramos de que Luis Galán padre había sido fusilado y su hijo se había salvado.

El colegio estaba al lado de la Casa del Pueblo, que todavía estaba en construcción y que luego fue incautada por el Gobierno para la antigua Delegación de Sindicatos. En plena guerra seguí estudiando en otros colegios de la zona y con 14 años pasé al colegio de Santiago de Cabanillas, en Castiñeiras de Abaixo, que fue mi último colegio. Como se me daba bien remar, y gracias a un vecino patrón de pesca que conocía mi padre llamado Balbino, me ofrecí a buscar con una lancha a los marineros de los pesqueros que fondeaban fuera del puerto. Los traía hasta la rampa antigua de A Palloza. Mi padre y el señor Balbino decidieron gastarme una broma y un día que estaba bajando a los marineros me tiraron al agua. Como estaba mojado, me fui remando hasta uno de los barcos de vapor, me sequé en una caldera y volví a casa. Mi padre se llevó una decepción porque me esperaba mojado.

Al dejar de estudiar y ponerme a trabajar para ayudar a la economía familiar, empecé como aprendiz en la ebanistería de mi primo Leoncio, en la Ciudad Vieja, en la que estuve hasta los 20 años, cuando me llamaron para la mili. Al acabarla, seguí en el oficio hasta que me jubilé. Un día descansando con mi primo en el edificio de Alfonso Molina nos cayó una alfombra casi en los pies y detrás, la chica que la limpiaba, del servicio de los Molina. Se rompió las piernas al precipitarse desde un tercero.

En la edad de los 12 a los 14 años, jugué en el equipo de fútbol del Santa Lucía, donde también hice de árbitro. Recuerdo el día que fuimos jugar a Sada, en el campo de La Chaburra, contra el Rayo Sadense. Hice tan mal de árbitro que tuve que salir por patas y fui corriendo sin parar hasta las afueras de Sada, ya que los aficionados de esta localidad no eran muy amigos de perder.

En esta época ya empezaba a ir con mi pandilla a toda cuanta fiesta había en A Coruña y las afueras, como las de Uxes, a donde íbamos andando por la vía del tren. También íbamos al baile de Santa Lucía. Al cine solíamos ir al España, Monelos y Cuatro Caminos. Podías pagar la entrada con un billete del tranvía.

En el verano, íbamos a las playas de Lazareto, andando o enganchados a cualquier vehículo, como el tranvía Siboney, que también nos llevaba a Santa Cruz. Cuando estábamos en la guerra, en Labaca, cuando había una alarma de guerra, el director salía al patio con una pistola disparando al aire para que nos fuésemos corriendo para nuestras casas. Con los disparos avisaba a los vecinos de que cerrasen las ventanas y no saliesen de casa. Al finalizar la alarma, volvía a disparar al aire para avisar a la gente de que había pasado y los chavales podían volver al colegio.

Después de la guerra, un día que fui acompañando al equipo del Marte, conocí a mi mujer Carmiña, de la localidad de Andeiro. La primera visita que le hice a mi mujer fue en una bicicleta que alquilé por un día en Regueira, en el Orzán. Llegué completamente mallado a este encuentro. Llevo casado con ella 68 años y tenemos dos hijos, Gemucho y Belén, que nos dieron cuatro nietos: Daniel, Iria, Sara y Lorena. Estando ya casados bajábamos mucho al centro, a los jardines, donde todos los años ponían la tómbola de la caridad. Nos tocó una máquina de coser Singer, que costaba una pasta en los años cuarenta. Era el día del Carmen, el santo de mi mujer.

Con 93 años, me sigo encontrando bien de salud, cosa que me permite con los pocos amigos que me quedan de la niñez y con otros nuevos que conocí a través de todos mis años. Voy todos los días al Club Unión Sportiva, del que fui directivo y socio, y donde llevo más de seis décadas. Soy socio del Deportivo, del que ya recibí medallas de plata y oro.

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