02 de febrero de 2020
02.02.2020
LA CIUDAD QUE VIVÍ

El niño de A Gaiteira que se creía Buffalo Bill

Como me gustaba mucho que me llevaran de caza, en mi Primera Comunión mis padres me regalaron una escopeta de balines, con la que cazaba estorninos y palomas salvajes

01.02.2020 | 19:14

Nací en la calle de A Gaiteira, donde viví hasta los veinticinco años, edad a la que me casé con Ana Blanco, vecina de Montrove, a quien conocí en el hospital San Rafael cuando mi padre estaba ingresado allí. Tenemos una hija llamada Iria y ahora vivimos en Montrove. Mi familia estaba formada por mis padres, Jesús y Socorro, y mis hermanos Isabel y Víctor. Mis padres tuvieron una joyería en nuestra calle en la que tras la muerte de mi padre continuó trabajando mi madre hasta su jubilación.

Mi primer colegio fue el de los Jesuitas, en el que estuve cinco años, ya que como era mal estudiante, me enviaron al Luis Vives de Pontedeume, un centro muy duro en el que solo estuve un año, aunque se me hizo muy largo. Al regresar a la ciudad entré en la Academia Galicia, pero como seguía sin estudiar, mis padres me pusieron a trabajar con ellos en la joyería, lo que hice durante cinco años, momento en el que entré en El Corte Inglés, donde trabajé en la sección de deportes con compañeros como Manuel Pacio y Agustín Freije, con quienes pasé quince años más tarde a una gran empresa deportiva nacional, en la que desarrollamos el resto de nuestra vida laboral.

Mi primer pandilla de infancia estuvo formada por José, Anido, Ramón, José, Carlos, Anselmo y los hermanos Javier y Carlos Tena, todos ellos de A Gaiteira. Jugábamos en el puente del barrio, la estación del Norte y la zona de la Campsa.

Cuando empecé a trabajar, me integré en una nueva pandilla formada por los hermanos Julio y Javier San Juan, Antonio Cleríns, Juan Marrosco, Jorge, José, Fredi y Edu, con quienes pasaba los fines de semana en la zona del Hogar de Santa Margarita y el paseo de los Puentes, ya que vivían por esa zona. Íbamos allí a ver las competiciones que se hacían de motos y ciclomotores preparados para circular por todo terreno, ya que aquel lugar estaba sin urbanizar y lo frecuentaban los chicos bien que podían tener una moto, ya que nosotros solo podíamos aspirar a una bicicleta.

Mis padres me llevaron desde muy pequeño al edificio de la Cruz Roja en Cuatro Caminos, en cuyo primer piso estaba el gimnasio de un amigo de mi padre en el que estuve practicando este deporte y judo durante años. Ya en mi juventud seguí practicándolo con mi amigo Bernardo Romay cuando abrió su propio gimnasio en la ciudad, aunque años después tuve que dejarlo por una lesión y me dediqué a otros deportes como el levantamiento de peso, tiro al plato, pesca submarina, tiro con arco y, en la actualidad, ciclismo.

Veranos en Corme

Los veranos los pasaba en Corme, ya mis abuelos nacieron allí y tenían una casita, aunque vivían en la ciudad, donde mi abuelo fue estibador en el puerto. Recuerdo que cuando me llevaban de caza lo pasaba muy bien, por lo que cuando me regalaron por mi Primera Comunión una escopeta de balines, me creía Buffalo Bill al salir a cazar estorninos y palomas salvajes.

También me acuerdo de que en verano bajaba con mis padres al centro para ver llegar a Franco con su comitiva, aunque a mí lo que más me gustaba era ver los grandes coches americanos de su escolta, que sus conductores nos enseñaban a los niños sin problemas. También iba a ver los barcos de guerra que acompañaban al yate de Franco, el Azor, cuando venía a la ciudad, a dos de los cuales, el crucero Canarias y al destructor Cervera, me subí para ver desde ellos las regatas de traineras y de las lanchas motoras que aquí llamaban zapatillas.

Cuando empecé a trabajar, como ya ganaba dinero, podía quedar los fines de semana con mis amigos en el centro para pasear e ir por las calles de vinos, donde íbamos a locales como el Tres Torres, el Gran Casino, el Siete Puertas y el Priorato. También íbamos a muchas fiestas y guateques, así como a discotecas como Cinco Estrellas, Chaston, Chevalier, Bambina, Pachá, Rigbabá, Cassely y Pom-Pom, que siempre estaban llenas de gente.

Testimonio recogido por Luis Longueira

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