05 de agosto de 2020
05.08.2020
La Opinión de A Coruña
Ignacio Castro Rey
Filósofo

"La sociodependencia es una pandemia tan peligrosa como la vírica"

"Como teme a la realidad, esta sociedad no puede evitar frivolizarlo todo: ya hay mascarillas a juego con la moda del verano"

05.08.2020 | 00:22
Ignacio Castro Rey, ayer, en la librería Berbiriana.

El filósofo gallego Ignacio Castro Rey presentó ayer en A Coruña, en la librería Berbiriana, su último libro, Lluvia oblicua (Pre-Textos, 2020), una incómoda visión de la existencia que pretende dar respuesta a "preguntas impertinentes que debemos hacernos". Ignacio Castro Rey es autor también de Mil días en la montaña (2019), Ética del desorden (2017) y Sociedad y barbarie (2012).

En Lluvia oblicua se mantiene que vivimos adormecidos. ¿De qué debemos despertar?

De una sociodependencia que nos impide sentir, vivir y pensar por cuenta propia. Es tal el número de supuestas "facilidades" sociales (espectaculares, tecnológicas, médicas, estatales) que nos invaden en tarifa plana, que ya se ha vuelto poco menos que imposible el peso de vivir. Y sin peso, no hay ninguna clase de vuelo. La aventura de vivir nos está prohibida, de ahí el aire mudo de nuestros aspavientos. Las mascarillas solo le han dado una forma explícita a este tedio silencioso.

¿La pandemia está reescribiendo las reglas del juego social?

¿Pandemia? ¿Cuál de ellas? Lo estrictamente médico, que nadie sabe en qué consiste, está indisolublemente enlazado con una pandemia de masificación que nos hace difícil distinguir algo en medio de la hamburguesa de una alarma aplastante. Bil Gates y otros deben estar muy felices. Si las reglas del juego social se van a reescribir será para aumentar la interdependencia, esto es, para hacer imposible cualquier autonomía real. La sociodependencia es una pandemia, al menos, tan peligrosa como la vírica.

¿Qué saldrá socialmente de esta crisis?

Nada más, me temo, que nuevas formas de integración y obediencia. Si la gente no se hace ya preguntas impertinentes, por miedo a quedarse sola, difícilmente se puede aprender algo radicalmente distinto a lo que ya sabíamos, esto es: que vivir es peligroso y por eso preferimos morir a plazos en el vientre del espectáculo global. Como le teme a la realidad, esta sociedad no puede evitar frivolizarlo todo: ya hay mascarillas monísimas, a juego con la moda del verano.

¿Cuáles son esas preguntas impertinentes?

Nos aterra sentir, sufrir, estar a solas con nada, tomar decisiones irrevocables, que algo nos duela y poder morir... Pero sin todo eso, primario y sin posible cobertura de expertos, la vida se convierte en una agonía lenta, por sonriente que sea. Y esto no nació en el pasado invierno. La alarma social de esta pandemia solo ha puesto la disculpa para cristalizar una obediencia de masas que viene de muy atrás y nos mata lentamente. De Amazon a Google, las grandes empresas tecnológicas deben estar frotándose las manos.

¿Hemos entregado nuestra conciencia al algoritmo del smartphone?

Sí, algo así. Hemos entregado nuestra alma a la interactividad del espectáculo colectivo. Vivimos bajo una especie de estalinismo multicolor y democrático que además pretende ser personalizado, adaptándose a cada uno con una geometría variable. En el fondo, estaríamos encantados con la esperanza de que un algoritmo complejo nos librase por fin de la pesada carga de existir, de una vida que, lo queramos o no, ha de ser única e intransferible.

Pensadores influyentes alertan del ocaso del liberalismo humanista.

Es muy posible que cualquier humanismo sea cada vez más difícil. Al fin y al cabo, el humanismo del pasado siglo creía en el individuo, en el absoluto que es cada existencia. Hasta el marxismo de Sartre era humanista en ese sentido. Ahora bien, ¿quién se atreve hoy a defender una radical autonomía de la existencia? Cuatro románticos a los que nadie hace caso porque nos invitan a tomar en serio la muerte, exactamente como la máxima potencia vital.

La aceleración de la automatización, la inteligencia artificial y la bioingeniería proyecta un horizonte inquietante.

Mi libro sugiere que corremos para no tener destino, para que ninguna pregunta incómoda resuene. Hemos depositado en un universo artificial, tecnológico y biogenético unas esperanzas de salvación que antes correspondían a la religión. Lo gracioso del caso es que, como se trata de una fe, nuestro credo social resiste todas las pruebas. Así pues, es de temer un aumento de la superstición tecnológica como resultado de esta pandemia. Porque en el fondo no sabemos, no queremos vivir fuera de esta pandemia de la dependencia global.

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