13 de septiembre de 2020
13.09.2020
La Opinión de A Coruña

"Los falangistas el domingo no fusilaban a nadie. Ese día no se podía asesinar"

13.09.2020 | 00:50
"Los falangistas el domingo no fusilaban a nadie. Ese día no se podía asesinar"

Dicen que toda vida da para un libro y la del Doctor Uriel, padre de Pablo, es sin duda un ejemplo. El hombre, detenido "por rojo" durante la Guerra Civil y obligado a servir luego en el ejército como médico, dejó en sus memorias el relato del conflicto, que la editorial Pre-Textos publicó en No se fusila en domingo y Sento Llobel convirtió en cómic. A finales de mes, su hijo compartirá su vivencias en una charla en la Casares Quiroga.

¿Cómo recuerda a su padre?

La imagen que tengo de él a finales de los 60 es en la mesa-camilla de casa, fumando y escribiendo a máquina. Lo que quería es que sus hijos supiéramos lo que había pasado de verdad en aquellos tiempos. Esos folios los encontramos a finales de los 80, y alucinamos por lo que contaba. Lo transcribimos, mi mujer se puso en contacto con Ian Gibson para un prólogo, e hicimos una edición de 1.000 ejemplares que le regalamos en Navidad.

¿Cómo lo recibió?

Se quedó sorprendido, y se emocionó un montón. Aunque la verdad es que mi padre hablaba muy poco...

¿Por la guerra?

Eso lo comentamos. Cualquier otro se habría vuelto un radical, pero él siempre decía que las guerras eran así, una locura. Mi padre era una persona muy sobria, muy británica, pero yo hubiera acabado trastornado. Piensa que acaba la carrera, está trabajando de médico y lo detienen porque era rojo. Lo meten en una prisión militar de Franco en la que, todas las noches, llegaban los de la Falange y se llevaban a 15 o 20 para fusilarlos.

El libro que publicó la editorial tiene un título sugerente al respecto: No se fusila en domingo.

Porque él contaba que, cuando estaba en la cárcel, los falangistas el domingo no se llevaban a nadie. Consideraban que el día del Señor no se podía asesinar. Un día llega la orden para fusilarlo a él, pero con un error mecanográfico, y lo ponen en libertad. Entonces lo reclutan, lo hacen oficial médico del ejército de Franco, y el batallón acaba en Belchite.

¿Fue tan terrible como se cuenta aquella batalla?

Sí. Yo tengo piedras de Belchite en casa que abultan como un paquete de cigarrillos, y eso es lo que quedó. El pueblo lo rodean los republicanos y lo destruyen. Como se quedó allí para cuidar a los heridos, lo detienen y lo van a fusilar. Pero uno lo reconoce y dice: "No, este no, que es de los nuestros". Acaba la guerra, y lo condecoran con la laureada de San Fernando. Pero en los primeros años de la posguerra, él iba en A Coruña por las noches para atender a los guerrilleros heridos.

Tentaba a la suerte...

Bueno, de hecho, hay una anécdota divertida. En el año 67 fui con él a un mitin del Partido Comunista aquí en A Coruña, y nos encontramos con el que había sido el portero de nuestra casa, que era Guardia Civil. Estaba con su hijo, y le dijo: "¿Recuerdas que te contaba que aquí había un médico que por las noches se iba con los guerrilleros? Es este señor". Mi padre casi se cayó al suelo, porque pensaba que no lo sabía nadie. Pero él se echó a reír y le dijo: "Uy, Don Pablo. ¡Lo sabía toda A Coruña!".

¿Qué opinaría hoy del estado de la memoria histórica?

Estaría escandalizado, porque creo que somos el segundo país después de Camboya que tiene más muertos tirados en las cunetas. España todavía tiene muchas explicaciones que dar a mucha gente. Decía que democracia sí, pero que reconocía a muchos que habían fusilado y que seguían teniendo posiciones de poder en los primeros gobiernos. Lo recuerdo la noche del 23 de febrero, sentado viendo la televisión y sin abrir la boca.

¿Cómo lo vivió?

Estaba absolutamente horrorizado. Ese día por la noche, mi abuela y yo hicimos una pira en la cocina y empezamos a quemar todo tipo de libros prohibidos, porque nos dijo: "Mañana está aquí la falange".

Él, más que nadie, sabría lo que habría significado.

Sí. Cuando estaba de médico en Belchite, por ejemplo, le gustaba mucho remar y tenía una canoa. Pero dejó de ir porque empezó a ver bajar por el Ebro los cuerpos de los ejecutados por los falangistas. También cuando veíamos las películas de Berlanga que contaban que los de uno y otro lado quedaban para jugar al fútbol, me decía que eso lo vivió. Era esperpéntico, pero se intercambiaban papel de liar y tabaco, y luego se exterminaban.

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