16 de noviembre de 2020
16.11.2020
La Opinión de A Coruña

El joven boxeador de A Silva de Arriba

El combate en la plaza de toros al que me llevó mi padre en mi juventud hizo que me aficionara al boxeo, que practiqué tanto como aficionado como profesional

16.11.2020 | 01:04

Me crié en A Silva de Arriba en los años cuarenta, cuando todavía eran una pequeña aldea. Viví allí con mis padres, José y Palmira, y mi hermano José, conocido en el barrio por el apodo de Marculeta debido a lo pequeño que era cuando empezó a jugar al fútbol y lo mucho que corría. Fui con mi hermano al colegio de A Silva, en el que estuve hasta los ocho años, edad a la que pasé al Eusebio da Guarda, al que iba casi siempre andando a pesar de que quedaba lejísimos de mi casa, aunque algunas veces iba enganchado en el tranvía desde Peruleiro o en camiones que se dirigían al centro.

En ese colegio tuve como compañeros a Luis María, Joseíto, Pepe Bordón y Fernando Ceide, quien en los años sesenta fue campeón de España de Halterofilia. Dejé el colegio a los catorce años para ponerme a trabajar y mi primer empleo fue de aprendiz en un taller de chapa y pintura de la calle Juan Castro Mosquera llamado Talleres Arias en el que estuve cuatro años aprendiendo el oficio de chapista.

Después trabajé hasta los veinticuatro años en varios talleres de la ciudad hasta que junto con mi hermano abrí Talleres Castro en la calle Luis de Camoens, en el que ambos desarrollamos el resto de nuestra vida laboral, aunque también abrimos en Gandarío un camping que seguimos regentando hoy en día.

Mis amigos de la infancia fueron José Luis Gómez, Milucho, José, Ángel, Loli, Luisa y Magdalena, de quienes tengo buenos recuerdos por lo bien que lo pasé con ellos disfrutando de juegos como la peonza, las bolas, el che y las chapas, aunque todo lo que se pareciera a un juguete nos servía, ya que aprovechábamos maderas, gomas, paraguas viejos, latas de conservas o un aro de hierro para jugar.

Los domingos y festivos, si nos daban los patacones necesarios o una peseta, íbamos en pandilla a la función infantil de los cines, como los España, Doré y Finisterre. El último de ellos tenía en la parte trasera un baile con el mismo nombre. Desde muy jóvenes empezamos a ir a todas las fiestas de los alrededores de nuestro barrio, como las de Os Mariñeiros, Katanga, Corea, A Silva de Abaixo, Fontenova, A Moura, Agrela, Santa Margarita y Gurugú.

De quinceañeros solíamos ir en verano a las playas de Riazor, Orzán y San Amaro, aunque también lo hacíamos en invierno a la Coraza y a la muralla de la fábrica de Cervigón en el Orzán a torear las olas de los temporales, por lo que muchas veces llegábamos a casa calados hasta los zapatos. A veces íbamos al club Santa Lucía a ver entrenar a las chicas del club de baloncesto de la Fábrica de Tabacos.

Allí también había veladas de boxeo, deporte al que me aficioné cuando mi padre me llevó a los quince años a la plaza de toros para ver el combate entre Galiana y Manolo García, lo que me entusiasmó tanto que me apunté al Frente de Juventudes para entrenar con José Vidal, que preparaba a los boxeadores coruñeses Moncho Casal y Jorge Barral. Años después me llamaron del Santa Lucía para entrenar con Carlos Anaya en la categoría mosca. Mi primer combate fue contra Fausto y resultó nulo, pero después boxeé durante siete años como aficionado y profesional contra algunos de los mejores de España, como José Otero, Rodríguez Cal y Francisco López. También participé con el equipo de Galicia en el campeonato que se disputó en Oporto, donde me tocó pelear contra el campeón de Portugal, Mario Lino. En categoría profesional estuve tres años, pero como era una vida muy dura, me retiré en 1971.

Me casé con una coruñesa de Os Mariñeiros con la que tengo cuatro hijas: Begoña, Paula, Victoria y Alexandra, quienes nos dieron seis nietos.

Testimonio recogido por Luis Longueira

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