16 de noviembre de 2020
16.11.2020
La Opinión de A Coruña

Volar a China, viajar a otra realidad

Tras un sinfín de trámites y controles, el coruñés Brais Mahía regresa a Kunming, donde la mascarilla ya no es obligatoria

16.11.2020 | 01:04
El coruñés Brais Mahía, en la estación de tren.

Brais Mahía es entrenador de fútbol en China. Regresó este fin de semana a la ciudad en la que reside, donde la mascarilla ya no es obligatoria. Los bares y las discotecas están abiertos y no hay distancia de seguridad. Pero su viaje de vuelta, con cuarentena incluida, ha estado lleno de controles y test

El coruñés Brais Mahía ya está en su casa de Kunming, en China. Pero no ha sido nada fácil. De allí salió en enero para pasar sus vacaciones en Filipinas. Pero nunca pudo regresar. La pandemia se convirtió en un obstáculo que, a su vez, le permitió disfrutar el encierro en una isla paradisíaca y regresar durante el verano y parte del otoño a A Coruña. Ahora ya está en su segunda casa. Y sin mascarilla.

"Desde el 26 de marzo, China cerró sus fronteras y solo en agosto dejó entrar a aquellos que tenían el visado en vigor, pero el mío había caducado", explica. Mahía inició entonces los trámites para su regreso, pues cuenta con un contrato de trabajo como entrenador en el Grama Football Academy, club al que se unió en 2019. El joven viajó hasta Madrid para cumplir con todos los requisitos y finalmente obtuvo su visado el 16 de septiembre.

Su vuelta parecía casi hecha. Pero en estos tiempos de Covid-19 e incertidumbre es difícil que los planes se mantengan. "Los vuelos estaban carísimos. Compré uno, pero a la semana me lo cancelaron y mi empresa adquirió otro para el 20 de octubre", indica, con detalle. Con las maletas hechas y un resultado de PCR negativo, se dispuso a ir hacia el aeropuerto, pero el vuelo volvió a ser cancelado. ¿La razón? "Llegó un positivo a China en la compañía aérea en la que yo viajaba y el Gobierno la sancionó con una semana sin operar allí".

Finalmente, fue el pasado día 30 cuando se subió al avión con destino Guangzhou. "Primero hice escala en Ámsterdam y hasta ahí todo normal, pero ya en las zonas de embarque de vuelos que iban a China, empecé a ver a familias enteras con los trajes de protección", recuerda. Y no eran los únicos. Toda la tripulación y personal de la aerolínea llevaban los conocidos como EPI. Antes de iniciar el viaje, Brais Mahía ya se había descargado un código QR que se convirtió en su pasaporte sanitario. Con él demuestra que el test de coronavirus que se hizo antes de volar arrojó un resultado negativo. ¿Y dentro del avión? También ahí las cosas han cambiado. "Ya no te dan auriculares ni comida. Solo una bolsa cerrada en la que hay galletas, zumos y agua", señala.


El avión en el que Brais voló a Guangzhou.

Ya en territorio chino, todavía no se sintió en casa. Y no porque su ciudad se encuentre a 2.000 kilómetros del aeropuerto, sino porque le tocaba afrontar la cuarentena obligatoria. La salida del aeródromo ya fue una odisea. "Desde que aterrizamos hasta que llegué al hotel pasaron seis horas", expone. Un tiempo en el que le hicieron una PCR -"mucho más dolorosa que en España", asegura- y tuvo que pasar diferentes controles. "Enseñé varias veces el código QR y rellené formularios. También me tomaron la temperatura y me examinaron las pupilas", relata.

Todo el aeropuerto está limitado por mamparas para que los viajeros no se desvíen. Mahía cogió su maleta y un autobús lo esperaba fuera para llevarlo a un nuevo encierro. "No te indican a qué hotel vas ni te dejan elegir. Una vez llegas, te desinfectan a ti y a tus maletas en el aparcamiento", informa. Los gastos del hospedaje corren a cargo del viajero. "Al llegar ya tienes que pagar. En mi caso, el hotel con la comida fueron aproximadamente 50 euros al día", señala el coruñés, que pasó su tiempo libre viendo el fútbol en televisión.

Las únicas visitas que recibió en la habitación fueron para repetirse la PCR, con resultado siempre negativo. También tenía un termómetro en la habitación para controlar su temperatura. Tras 15 días, la libertad. Este fin de semana cogió el tren hacia su ciudad, Kunming, capital de la provincia de Yunnan, que se encuentra a 1.500 kilómetros de Wuhan. Se ha encontrado con una realidad completamente diferente a la de sus últimos meses en A Coruña. "Aquí la mascarilla no es obligatoria, salvo en el transporte público, y no hay distancia de seguridad. Todo es como antes del coronavirus. Hasta las discotecas están abiertas", asegura. Lo que sí se mantienen son los control para evitar rebrotes. "Como se paga con el móvil, queda registrado donde has estado, ya sea en el cine o en el transporte público. Además, para entrar en los centros comerciales tienes que hacerlo con un código QR", concluye, feliz de retomar su vida.

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