Verónica Ramallal, directora y fundadora de la agencia de marketing digital Pekecha, un proyecto que nació, como define, “por un sueño”, es la encargada de impartir, este jueves, el taller Que non che colen o bulo! en el marco de la campaña online sobre información y desinformación en la Unión Europea impulsada por la Diputación coruñesa.

¿Cómo se lidia con la desinformación desde una agencia de marketing?

Con muchísimos canales de control y filtros. Es la clave y la única forma. Hay dos partes: está la parte intuitiva, formarte en saber filtrar la información, que es la parte relacionada con el conocimiento en comunicación, y está la parte tecnológica, que son las herramientas digitales que te permiten filtrar todo eso. A veces no están al alcance del usuario normal en la comunicación, pero simplemente el saber que existen sirve para abrir los ojos. Una base sería contrastar siempre todo. La intuición se basa en ser capaz de reconocer determinados parámetros, como tipos de publicidades que te llegan. Sirve para encontrar dónde están intentando captar tu atención para conseguir un like o meterte en su rueda.

Internet y las redes sociales están cada vez más orientados a vender. Como una tienda online masiva.

Por un lado sí, pero por otro interesa mucho captar también formas de pensar o ideologías. Creo que ahora mismo lo que está pasando es que esa tendencia ha sido acelerada por la pandemia: ahora todo el mundo compra online, se capta para vender. Estoy detectando que hay dueños de empresas que han sabido reconvertirse para sustentarse en este momento de crisis. Los usuarios nos movemos por las tendencias que nos marcan las empresas. Ahí estoy viendo una tendencia al branding, a volver a trabajar con posicionarte en marca, crear comunidad de una forma distinta. Hace un año hablábamos de storytelling, ahora hablamos de storydoing. Las empresas que lo hacen bien intentan captar a los clientes en una proyección medioplacista.

¿Qué es más fácil que le llegue al usuario, la desinformación o la información de calidad?

La desinformación. El programa está muy orientado a gente joven, que para mí es la base, hay que apuntalar y formarla en unos hábitos digitales; pero hay gente mayor que se está incorporando a esto que lo lleva lo mejor que puede. Hay mucha gente muy escéptica en Internet, otros, los millenials, que están viendo cómo todo cambia; y luego está la gente más joven. Las plataformas segmentan cada vez más a esos usuarios, con lo que es complicado ver más opciones, porque vienen con códigos muy cerrados. Es un panorama complicado, igual que es una herramienta que nos ayuda a aproximarnos mucho a la gente, también conlleva unos peligros. No somos conscientes de a quién estamos vendiendo nuestros datos, nuestra identidad digital.

¿Se preocupan las instituciones por este problema?

Yo trabajo mucho con programas de emprendimiento, asesoramiento y marketing digital, pero también formaciones de base: institutos, centros de Formación Profesional... ahí ya he detectado una tendencia en el cuidado de la identidad digital y el cuidado con la identidad soberana. Sigo viendo mucho desconocimiento en la repercusión que pueden tener determinadas cosas, las imágenes que subes y lo que pasa con ellas. Nadie se lee las políticas de privacidad. Hay que decirle a la gente que es una herramienta increíble, pero también un arma de doble filo.

¿Hay poca educación digital?

Poquísima. Se están haciendo esfuerzos, pero creo que poca. Cada vez está todo más informatizado, solo hay que ver cómo vivimos en nuestras casas, todo el mundo tiene Smart TV. El futuro va por la tecnología. Si no sabes lo que pueden llegar a saber de ti, o no aprendes a controlarla, es muy problemática. Es el famoso derecho al olvido, creo que no somos conscientes de la realidad. Le das un móvil a un niño y no sabes a qué accede o qué datos están cediendo. Falta llevarlo a la base.