Volvía al pódium uno de los artífices de esta orquesta como es el Maestro Víctor Pablo Pérez. En el menú Chopin y Shostakovich, grandes obras en las que el Maestro y la Sinfónica de Galicia se desenvuelven como pez en el agua. Muchas ganas de escuchar a esa joven estrella del piano que precisamente Víctor Pablo me decía esa misma mañana no perdiera de vista su prometedora carrera, avalada por su compatriota el gran pianista Krystian Zimerman. Y así fue tras la gran introducción inicial, donde se pudo apreciar el buen trabajo semanal de Víctor Pablo con una puesta en escena de alta calidad en todas las secciones de la orquesta, y un gran equilibrio entre cuerda, maderas y metal, pero que cuando toma las riendas Rafal Blechacz lo que ocurre es simplemente magia. Da la impresión de que tiene diez dedos en una sola mano de la precisión que tiene consiguiendo que nunca suena más destacada una mano que la otra ¡qué equilibrio!, ¡qué manera de acariciar el piano!, sin brusquedad, como si sus manos fueran la continuación del complejo mecanismo de las teclas de un piano, para que el macillo cumpla la función de golpear la cuerda y resonar de esa manera.

Una versión de disco, soberbia, con gran musicalidad, que hizo disfrutar a todos los melómanos allí presentes y con la cual Blechacz se llevó el reconocimiento de público y orquesta. Siguió la novena de Shostakovich, en la cual el oyente puede imaginarse un montón de historias mientras la escucha, que para mí es de lo qué se trata. Obra exigente para la orquesta en una versión no muy rápida, donde el maestro exprimió hasta la última gota el sonido y musicalidad de los intérpretes. En mi opinión consiguió una gran coherencia y un gran resultado. La orquesta fantástica, con unos balances y equilibrios muy logrados por Víctor Pablo, exceptuando algunos momentos de los metales (imagino que por el lugar donde un servidor estaba sentado). Formidable la cuerda, maderas con esa calidad y empaste habitual, y sublimes el timbal y las trompas con un Bushnell espectacular toda la noche. Pero esta obra es conocida por sus grandes y exigentes solos, y así fueron reconocidos con sonoros bravos al finalizar la misma. Un Ferrer que con su clarinete parecía nos cantaba desde los abismos de los acantilados de la Torre de Hércules, o el virtuosismo de un Ibáñez al flautín que logra mantenerte sin respiración mientras toca. Pero el triunfador de la noche fue Steve Harriswangler con su fagot, ¡qué recital de solos nos dejó esta noche¡, como siempre espectacular y puntal clave en la OSG. Es una delicia escuchar a esta orquesta con estos grandes programas a pesar de los problemas de acústica de las salas en que trabaja desde su creación.