Carteles con el mensaje “Se alquila” o “Se vende” no son exclusivos de bajos comerciales que en otro momento fueron tiendas o locales de hostelería. También una vez ofrecieron servicio como sucursales bancarias. Han ido cerrando en la ciudad en los últimos años a consecuencia de las fusiones de entidades financieras y de ajustes de empleo que redujeron las plantillas y recortaron gastos, lo que provocó notables cambios en la prestación de servicios. De acuerdo con los datos del Banco de España, entre 2015 y 2020 desaparecieron en A Coruña 55 oficinas bancarias, al pasar de 172 a 117. Si en 2015 había un banco por cada 1.400 habitantes, al terminar el año pasado había una sucursal por cada 2.100, al haber aumentado la población un 1,5% y disminuido el número de entidades un 32%.

Según los mismos datos sobre variaciones en el número de oficinas por entidad, entre el 31 de marzo de 2015 y el 30 de diciembre de 2020 estuvieron activos 20 bancos con sucursales en la ciudad. Casi la mitad, nueve, dejaron de tener servicio en ese periodo. Del resto, solo cuatro aumentaron el número de oficinas en muy poca cantidad, tres de ellas porque pasaron de no estar instaladas en A Coruña a abrir una sola sucursal (Unicaja Banco, Arquia Bank y Banco Caminos). Las demás entidades han perdido presencia en las calles y plazas porque los recortes operativos modificaron sus necesidades, unas hasta mantener menos de una decena de bajos abiertos (Targobank, Liberbank y Bankia) y otros con más (Banco de Sabadell, Caixabank, Banco Bilbao Vizcaya Argentaria, Santander y Abanca, la que más tiene, 36).

En el periodo señalado las más importantes entidades financieras han cerrado oficinas. Santander tiene una menos (de 28 pasó a 27), Sabadell también (12), pero otras perdieron más del 20% de sucursales, como BBVA (de 20 a 16), Abanca (de 45 a 36), Bankia (de 8 a 6) y Caixabank (de 25 a 14). Y Banco Pastor redujo a cero los 17 locales de atención al público que tenía en 2015 tras su absorción por el Popular, que acabaría adquiriendo el Santander. La unión de entidades, que había arrancado años antes con la fusión de las cajas gallegas que daría como resultado Abanca, ha modificado el tablero bancario en la ciudad y en todo el país y ello ha repercutido en las plantillas de trabajadores con la destrucción de miles de empleos, en la operatividad de los bancos y en el uso que los clientes hacen de sus servicios.

Por un lado, las entidades han reemplazado trabajos humanos por la intervención tecnológica, estrategia operativa extendida a muchos otros ámbitos (el pago en las autopistas, la compra de entradas para espectáculos a través de internet, el autoservicio de las gasolineras). “El Foro Económico Mundial de Davos estima que un 40% de los trabajos que hacen los humanos va a ser realizado por máquinas en un futuro próximo”, apunta el sociólogo coruñés Francisco Haz, profesor en la Universidad de Murcia. “Afectará sobre todo a los empleos mecánicos, repetitivos y que se pueden operacionalizar. Metemos una fórmula en un ordenador y el ordenador trabaja por nosotros. Lo que ha hecho la banca es optimizar sus recursos y ahorrar gastos de plantilla: si puede hacer lo mismo con la mitad de su personal, automatiza las 24 horas de los siete días de la semana, porque internet no cierra”, analiza.

El refuerzo de la digitalización producto de los ajustes de la banca, de gran utilidad cuando la población ha tenido que estar confinada durante la pandemia del coronavirus, ha impuesto desde hace unos años una nueva forma de prestación de servicios que ha reducido la atención física en las sucursales, bien para hacer una consulta o para seguir los trámites de una operación bancaria. Con nuevas modalidades de atención al cliente (por internet, con cita previa, mediante llamadas telefónicas con mensajes e indicaciones grabadas), quien ha salido peor parado ha sido el usuario al que más afecta la llamada brecha digital. En este aspecto incide Haz, quien, con la financiación de la Fundación Cotec, desarrolla un proyecto que analiza la desigualdad en el acceso y conocimiento de las tecnologías en lo concerniente al uso de la administración electrónica por parte de las personas mayores.

“Por ejemplo en Galicia, una de las mayores aportaciones de Abanca son las pensiones de los mayores. Tienen un peso grande. Estas personas están acostumbradas a la sucursal de confianza con el bancario de confianza y con un trato personalizado. ¿Qué pasa cuando eso se pierde? Que se sienten arrinconados al entrar en un proceso de no poder solucionar sus trámites o problemas por carecer de competencias digitales. Se produce un trato injusto y discriminado. Si esto no se regula, los bancos van a seguir haciendo lo que les venga en gana. Y esto pasa en el sector privado y en el sector público”, alerta el sociólogo.

Haz defiende la puesta en práctica de un “trabajo social pedagógico” para facilitar a las personas mayores o con dificultad para el aprendizaje las habilidades que exige hoy en día la banca en la prestación de muchos de sus servicios. Lamenta que su actitud general sea la de “si no lo haces por tu cuenta, búscate la vida” y critica que las entidades “fundan a comisiones” a sus clientes para requisitos imprescindibles como la domiciliación de nóminas o pensiones.

Con esta práctica, los bancos tradicionales asisten también a una reciente tendencia que les acaba perjudicando: la apuesta de cada vez más usuarios por confiar en la banca online, sin oficinas físicas, con tramitaciones realizadas a través de internet y sin el pago de comisiones. De este modo van desapareciendo de las calles las sucursales bancarias de toda la vida.