La mente del escritor Víctor del Árbol (Barcelona, 1968) “no puede estar quieta”. Lo confiesa mientras esboza ya la idea de un nuevo libro. De momento, en manos de los lectores se encuentra El hijo del padre, que presentará mañana (20.00 horas) en la Fundación Luis Seoane dentro del ciclo Somos o que lemos.

¿Con qué objetivo recupera para este libro temas como el pasado, el odio o la culpa?

Lo que yo quería era, a través de los recuerdos del personaje, Diego Martín, recuperar su historia familiar para ahondar un poco en la autoficción. Esa mitología de la memoria, donde uno se construye un relato de sí mismo. Y al mismo tiempo hacer un paralelismo entre la intrahistoria de esta familia y la historia del último siglo de este país, que le pasa un poco lo mismo que a los protagonistas, que tienen cierta tendencia a reescribir el pasado en función de lo que les conviene.

¿Hay similitudes entre usted y el protagonista?

Sí. Le he prestado muchos recuerdos. Le he prestado mucho contexto, porque él es un chico de un barrio de la periferia de Barcelona, donde nací yo. Tiene una trayectoria parecía a la mía. Los dos fuimos seminaristas. Y esa pasión por los libros y la lectura. Esta novela es un homenaje a todos esos libros que de joven te ayudan de alguna manera a ampliar tu mundo. Salir de ese barrio de la pobreza, de la miseria, de la violencia, el entorno en el que te crías. El ratito que estás leyendo respiras y te atreves a soñar, y empiezas a ver el mundo y el horizonte de una manera mucho más amplia. También compartimos el hecho de no ser de ninguna parte.

¿Todas las familias guardan secretos?

Sí. Como escritor, siempre he pensado que las grandes historias están en las historias pequeñas. Todo el mundo tiene una historia que merece ser contada, lo que pasa es que hay que saber darle el prisma adecuado. La literatura tiene sentido si es un espejo que llega a todo el mundo. Todos tenemos una relación con nuestra memoria y nuestro pasado. De un modo u otro, hay que afrontarlo. En la literatura, partiendo de lo anecdótico, cada uno puede encontrar un espejo de sí mismo.

Esta vez empieza con un asesinato, en la primera frase, y aún así consigue mantener la atención del lector durante toda la obra.

La idea es que las cosas sin un contexto no significan nada. Cuando una persona como Diego Martín dice que ha secuestrado, torturado y matado a alguien, para nosotros, automáticamente, se convierte en asesino. Pero a medida que vamos conociendo el contexto, nuestro juicio se va matizando. Es lo que suele pasar con la realidad. En seguida tomamos partido por las cosas, juzgamos y opinamos, pero muchas veces nos falta contexto. Cuando lo tenemos, nos damos cuenta que nuestra opinión es sesgada y que somos seres muy manipulables.

En su libro hay dos narradores, el protagonista y otro omnisciente. Ya que este último no existe en la realidad, ¿las historias están maquilladas por quien las cuenta?

Claro. Diego Martín nos cuenta su historia, y no es que él nos mienta, nos cuenta las cosas como él las siente y las recuerda. Luego tenemos la visión objetiva de ese narrador que nos ofrece una panorámica mucho más amplia de quién era el padre y quién era el abuelo. Acabamos sabiendo más de Diego Martín que el propio Diego Martín. Ojalá pudiéramos tener todos un observador que en todo momento nos hiciera salir de nuestras propias fabulaciones. Por desgracia, somos seres que revisitamos el pasado, estamos siempre rumiando y vivimos en las expectativas de futuro. Pocas veces estamos en el presente objetivamente.

¿Puede ser que uno no sea consciente de las mentiras que está contando?

Sí. Para mí, Diego Martín, igual que su padre y su abuelo, no son mentirosos. Un embustero es un cínico, aquel que miente de manera consciente. La cuestión es que la verdad es algo muy subjetiva, siempre está ligada a nuestras emociones y recuerdos, a la interpretación que hacemos de los hechos. No lo considero mentira, solo fabulación sobre uno mismo. A veces, por estrategia, es necesario para nosotros obviar ciertas cosas o reescribirlas. No somos capaces de afrontar determinadas situaciones y preferimos ignorarlas, pero se quedan ahí.

¿Las redes sociales dificultan diferenciar la verdad de la mentira?

Yo creo que hemos perdido un poco el ejercicio de la honestidad, con nosotros mismos y con nuestro entorno. Eso es porque el contexto en el que vivimos nos empuja a crearnos un personaje y vivir de puertas afuera. Acaba siendo más importante lo que los demás piensan de nosotros que lo que pensamos de nosotros mismos. Me llama mucho la atención cómo hemos normalizado la mentira de manera consciente, como aceptamos en el discurso político, por ejemplo, que se diga una cosa y se haga la contraria. Nos ha pasado tantas veces, que parece que nos hemos inmunizado y lo damos por inevitable. Eso es un signo de debilidad y de enfermedad social.

Además de la mentira, habla del odio, que dice que es una herencia.

Igual que todo lo demás. El problema del odio, como dice uno de los personajes en la novela, es que lo tienes que alimentar continuamente, es insaciable. Si dejas de alimentarlo, se va a otra parte. Cuando tú construyes tu historia personal en conflictos, en rencores, en resentimientos, en traumas... ese odio es lo que te hace seguir adelante, incluso aunque ya no sepas ni siquiera de donde viene.