A simple vista no llama la atención. Seguramente, muchos coruñeses habrán pasado ante su fachada sin levantar la vista hacia el edificio número 4 de la calle Sinagoga, uno más, a priori, entre tantos similares de la Ciudad Vieja. Este inmueble, modesto en su concepción y discreto en su morfología, alberga, en su interior, muchos más secretos y curiosidades de las que parece en un primer momento. El catedrático coruñés experto en Barroco Alfredo Vigo Trasancos los desgrana en un informe artístico encargado por el Concello, con el fin de dotar de protección a una pieza de patrimonio de la ciudad que, quizás por discreta y desconocida, carece de ella.

Escudo sobre una ventana de la fachada del inmueble. | // C. PARDELLAS Marta Otero Mayán

Sobre el número 4 de la calle Sinagoga giran relatos improbables de sacrilegios el día previo al Corpus Christi, historias noveladas de un posible pasadizo bajo sus cimientos y teorías enraizadas en la realidad, como la que afirma que en la casa pudo asentarse, como indica el nombre de la calle, la antigua sinagoga de la ciudad. “El edificio, aunque forma parte del Plan Especial de Protección y Reforma Interior (Pepri) no estaba catalogado de forma específica. Ante la posibilidad de que pudiese desaparecer por la existencia de un proyecto para edificar ahí, saltaron las alarmas”, explica Alfredo Vigo Trasancos.

Un edificio, recalca, de enorme modestia, pero con una peculiaridad que salta a la vista: el escudo heráldico que corona su fachada y que delata un pasado ligado a la hidalguía local de la ciudad. “Un escudo ya dota a una casa de cierta categoría, porque está catalogado como bien de patrimonio. La casa es importante, porque no tiene sentido dejar al escudo vacío de contenido”, explica el catedrático, encargado, junto a un arquitecto y un arqueólogo, de la investigación sobre los elementos que rodean al inmueble, tanto sus componentes físicos como sus relatos históricos.

El escudo que decora la fachada no es la única particularidad del inmueble. Según las pesquisas de Vigo Trasancos, el edificio puede ser, sino el que más, uno de los más antiguos de la zona, y, sin duda, el más añejo de la plaza. Los expertos fechan su edificación en torno a los siglos XVI o XVII, tomando como guía, entre otros elementos, un dibujo conservado de 1868, obra del historiador Antonio de la Iglesia. La mera existencia del boceto, más allá de ilustrar sobre el aspecto del inmueble en aquel momento, da pistas sobre su posible significado. “El hecho de que se encargase de dibujar esta casa ya significa que le otorgaba un valor. Antonio de la Iglesia era un hombre preocupado porque todo lo que tenía valor de la ciudad se conservase. En ese tiempo se destruyeron muchas cosas”, apunta el catedrático.

La leyenda dice que un pasadizo subterráneo une la casa con la Colegiata

La vivienda consta de dos edificios adosados. Tanto el número 4 como las casas colindantes dibujan una linea que se adapta a la morfología del pavimento. “Todas las casas de enfrente y de la placita bajan hacia la calle Santo Domingo, siguen una línea. Eso tiene cierto valor, todas tiene una caída descendente, una armonía volumétrica”, describe el catedrático.

Con todo, lo que hace interesante la casa no se puede ver a simple vista. Sobre el inmueble pesan leyendas e historias que, ciertas o no, confirman el valor y la singularidad del edificio. “En origen, pudo haber estado allí la sinagoga de la ciudad. Existen narraciones noveladas con cierta vinculación histórica que sitúan allí el antiguo templo vinculado a la comunidad judía de la ciudad”, explica Alfredo Vigo. Según un relato novelesco titulado Los guardores del Sacramento, bajo la casa existiría una cisterna de la cual partía un pasadizo subterráneo que comunicaba la casa con la iglesia de Santa María, la Colegiata.

El cuento narra cómo un grupo de judíos se sirvieron de ese pasadizo para adentrarse la noche previa a la festividad del Corpus Christi en el templo cristiano para cometer un sacrilegio con uno de los crucifijos. “El relato dice que fueron vistos por los herreros de la ciudad, que los sacaron de allí. Fueron condenados y ajusticiados en la plaza de la horca”, narra el catedrático.

Una leyenda que puede no ser más que eso, pero cuyos cimientos están enraizados en datos históricos y hechos comprobables: la comunidad judía de A Coruña, fuera grande o pequeña, se asentó, en efecto, en la zona en la que se sitúa el mencionado inmueble. Además, según un sondeo preliminar, la cisterna subterránea existe bajo el subsuelo de la casa. “La cisterna, de forma abovedada, se ha podido encontrar. Ahora mismo se encuentra rellena, sin agua, pero se trata de una estructura de piedra de sillería de un tamaño considerable”, explica Vigo Trasancos.

“Es posible que la cisterna subterránea sea anterior a la propia casa”

Una excavación, de realizarse, podría aclarar más datos sobre la estructura, aunque el catedrático descarta otorgar veracidad al relato del pasadizo hacia la Colegiata. De lo que no cabe la menor duda es que el hecho de que exista un relato , fabulado o no, sobre la casa, contribuye a centrar el interés en el edificio. “Es posible incluso que la cisterna sea más antigua que la propia casa, incluso del siglo XIV o antes”, calcula Alfredo Vigo.