¿Qué supone la intervención de la Fundación Amigó para las familias?

Es una oportunidad en medio de mucha ausencia de oportunidades. Sobre este problema, no existe nada específico. Es muy difícil encontrar un recurso que dé respuestas. Para las familias, es un encuentro con algo que estaban esperando pero no sabían que existía. Muchos pasan por psicólogos, psiquiatras, salud mental, por departamentos de orientación de los colegios… Pero no encuentran solución para su situación. Este programa les hace encontrar esperanza de nuevo. Es cierto que es un trabajo empeñativo porque no se soluciona en unas pocas entrevistas, se soluciona en un periodo largo de intervención, de nueve meses a un año. Es muy necesaria esa firmeza, esa constancia, porque siempre hay recaídas y dificultades. 

¿A qué se deben esas actitudes?

El tema de la violencia filio-parental es muy complejo. Contribuyen muchos factores del propio menor, del carácter, también los modelos educativos que nuestra sociedad está generando, de falta de firmeza, de límites, de normas, el miedo al fracaso o la frustración, el miedo a hacer daño a los niños, que no sufran. La falta de presencia de las familias en la vida de los niños, ya que tienen poco tiempo para estar juntos. El uso hedonista de la sociedad, todo parece material, todo se compra con juguetes o con un móvil. Eso va generando las semillas para que se generen situaciones de violencia en la familia.

¿Hay algún perfil de familia que se encuentra con esta situación?

Hay de todo. No se puede decir que hay las personas en riesgo de exclusión se encuentran más con esta problemática. También se da en familias aparentemente con una vida muy normalizada, que viven esto de forma oculta, con un sentimiento de vergüenza de la situación. No existe un perfil sociológico ni socioeconómico que se atribuya a esta situación. Si que es verdad que la sobreprotección o la falta de límites puede interferir. Cada caso es un mundo y cada caso necesita una intervención diferente.. No se trata de culpables sino de que todos somos parte de la solución. Podemos aportar y necesitamos la aportación de padres y menores para afrontar ese proceso de reconstrucción de la relación.

¿En qué edad es más común esta actitud agresiva de los hijos?

Entre los 14 y 15 años. Suele ser cuando las familias ya no pueden más con la situación. Cuando iniciamos el proyecto en 2015 en Madrid, la idea era empezar con niños y niñas de 12 años. Hemos ido bajando hasta diez e incluso hemos incluido a algún niño de 8 y 9 años para poder dar intervención porque a esas edad ya se da violencia física con los padres.

¿Qué es lo que más demandan los padres?

Los padres están muy desesperados porque no encuentran un recurso específico. La demanda llega con mucha desesperación. Hay que romper esa idea de los padres de que sus hijos están enfermos o estropeados. No se trata de eso. Es un tema de comportamiento, de conducta. Necesitamos de los padres para desaprender el camino que se ha realizado. No es un tema de salud mental, es un problema de relación y educación. Los chavales vienen con sentido de culpa. Hay que trabajar con ellos. 

¿A las familias les cuesta dar el paso?

El paso de venir a nuestra intervención les cuesta porque es difícil reconocer la problemática, ponerle nombre. Cuando la situación es muy grave, de denunciar o pedir solución a otros niveles, cuesta muchísimo más. Para que un padre llegue a denunciar a su hijo tiene que estar en una situación muy desesperada. Todos son víctimas en esta situación. Tanto los progenitores, sobre todo madres, pues más del 90% son las que reciben las agresiones físicas y verbales, pero también los hijos que cometen la violencia. Se están haciendo daño emocional y personal, se está generando una forma de personalidad que utiliza la violencia para conseguir sus objetivos. A la larga, eso genera ciudadanos violentos y personas con problemas de autoconciencia de su personalidad. 

¿Es importante la implicación de los centros educativos?

Los colegios están siendo un factor muy importante. En 2018 empezamos a hacer talleres de prevención en los centros escolares. Intentamos dar pautas a los niños para que puedan identificar la situación, cuál es la agresividad y la violencia, con sus familias y en la vida diaria. También les enseñamos formas de control, de gestionar esos impulsos de violencia y agresividad. A raíz de estos talleres, muchos colegios nos han ido demandado más apoyo. También así los colegios pueden identificar estos casos. En algunas ocasiones, han sido los propios alumnos los que no han dicho “yo tengo esa situación, me está pasando, qué hago para poder solucionarlo”. El centro escolar es un lugar importante para dar respuesta a esto.