La violonchelista Margarida Mariño (Vigo, 1990) actúa mañana a las 20.00 horas en el Teatro Colón, en un concierto en el que combinará su instrumento con pedales de efectos y voz. El concierto, parte de las actuaciones gratuitas del programa Maio Jazz de la Diputación, podrá seguirse por streaming.

Empezó estudiando violonchelo de manera clásica, pero ahora explora el jazz y otros géneros. ¿Cómo ha llegado hasta este punto?

Hay que irse bastante atrás para explicarlo. Tengo cuatro hermanos músicos, y en mi casa siempre se escuchó música de todos los géneros y de todo el mundo. Esto hizo que tuviese inquietud por intentar practicar y tocar esas otras músicas. Pero el punto de inflexión, cuando pasé a hacerlo de manera profesional, y no por diversión, fue cuando fui a estudiar a Barcelona en 2010. Conviví con jazz, flamenco, músicas del mundo, rock... Y aparte, en una ciudad con una oferta cultural inabarcable.

¿Por qué eligió el violonchelo?

Siempre digo lo mismo: la elección del violonchelo fue cuando era muy pequeña, así que no tengo una historia romántica de contar tipo “me enamoré del sonido”. En mi familia estudiábamos cada uno un instrumento y fue elección de mis padres, a los que les gustaba el sonido. A un niño cualquier instrumento le hace ilusión. Pero cada vez me fue gustando más, y si volviese a escoger de manera plenamente consciente, lo elegiría de nuevo. Tiene muchísimo potencial.

¿En qué sentido?

Tiene el mismo registro que la voz humana, cuatro octavas y media. Para expresarte, conecta mucho más rápido que otros. Además del registro y el timbre, ser de cuerda frotada te permite tocar con el arco o como una guitarra. Y tiene un cuerpo que también te permite hacer percusiones en la caja.

¿Qué le gusta añadir como contrapunto al instrumento?

Lo que intento es potenciar lo que tiene el violonchelo, y crear una música completa. Mis composiciones tienen graves, agudos, melodía, acompañamiento, efectos como pedales de luz, y canto.

En sus letras toca temas como la ecología o las migraciones.

Me inspiran estos temas. La naturaleza creo que a todos nos emociona, y a mí me emociona mirar un atardecer en el puerto, o coger el barco para ir a Cangas por la ría de Vigo. Tengo un tema que se llama Golfiño precisamente, por los delfines que van persiguiendo al barco. También me inspiran las injusticias sociales. Hace unos años hice un espectáculo basado en la novela En el mar también hay cocodrilos, acerca de un niño que tiene que cruzar el Mediterráneo solo para venir a Europa y buscar una vida mejor. Se llama Good Luck [buena suerte en inglés] porque es lo que se decían para despedirse en el libro gente que no hablaba el mismo idioma.

También ha compuesto para espectáculos y para un cortometraje. ¿Le gusta enlazar con otras artes?

Me encanta, y me gustaría que me surgieran más oportunidades de hacer música par el audiovisual. Me resulta más fácil componer si hay un guión, y muy divertido.

También puso música y cantó un poema de Xela Arias, la homenajeada en este Día das Letras Galegas, Tigres coma cabalos.

La primera vez que oí hablar de Xela fue por un colegio cuya directora quería ponerle el nombre del centro en su honor. También había colaborado con, Fernando Abreu, un clarinetista amigo mío. Leí algún poema, y la tenía en la recámara. Y este año, con el homenaje, había empezado a leerme su obra. Me llamó la Real Academia Galega para proponerme hacer un tema, y, tras dudar, escogí esta obra por las ventajas técnicas. Me daba más juego, pero también me emocionaban otros poemas de Arias.

¿Cómo ha pasado la crisis del coronavirus?

Tuve suerte por el estilo que trabajo. Mi grupo soy yo sola, y mi estilo permite que la gente esté sentada, separada y tranquila. No es hardcore ni cumbia. Pese a que se fuera programando a cuentagotas, tuve algo de trabajo, pero no te voy a engañar, la cosa está muy mal. Igual que se toman medidas para ayudar a otros sectores, y se legalizan muy clarito, en lo nuestro se hace de manera ambigua.