Él es el chico de los poemas de la Calle Real. Ella compagina su labor como psicóloga con su trabajo en una residencia de mayores, vertientes que combina con su vena artística. Él se ha ganado a pulso el ser uno de los rostros conocidos de la travesía después de diez años vendiendo sus poemas a los transeúntes que tengan a bien comprarlos; ella inmortaliza con su cámara los otros muchos rostros de artistas callejeros que, como Abel, consiguen diariamente que las calles coruñesas sean lugares menos tristes y menos serios.

Marta García Cabrillas y Abel García Pantín se conocieron hace ya unos cuantos años en las plazas del 15M. Los dos están detrás de las fotografías y entrevistas que componen Vagos y Maleantes, un volumen recopilatorio que combina biografías e imágenes para componer un puzzle del arte callejero más popular de la ciudad. Un total de 28 músicos, cantantes, creativos multidisciplinares, fotógrafos y hasta dibujantes componen el mosaico de rostros e historias que es Vagos y Maleantes; editado por Tono y Laura del taller de impresión manchea, de Monte Alto, y que puede adquirirse en las librerías O Fiandón y A tobeira de Oza. También puede consultarse de forma gratuita en formato digital (vagosymaleantescor.wixsite.com/aruaenosa). Detrás, más de dos años de trabajo, una pandemia mundial de por medio y, sobre todo, mucho respeto por las vivencias plasmadas entre sus páginas.

28 caras conocidas

“Tenía la idea en la cabeza desde hacía por lo menos cinco años. Empezamos en 2018 a hacer las entrevistas, y en febrero de 2020 ya las teníamos todas, menos una”, cuenta Abel. “Faltaba José. El libro no podía salir sin él”, aclara Marta. A quien se refieren es a José Manuel Portela Ghersi, uno de los artistas más conocidos, si no el que más, de entre los que llenan las cuartillas del libro, que aguardó pacientemente su publicación a que el pianista, que lleva 30 años poniendo banda sonora con su instrumento a las calles coruñesas, pudiese figurar. A él dedican, de hecho, el producto resultante. “José es el pionero de todo esto. De los que hay, fue el primero que empezó a bajar a la calle a buscarse la vida con su arte”, asegura la fotógrafa. “Está ahí y no te das cuenta, pero tiene una trayectoria increíble. Ha tocado con Rosendo, ha estado en Miami, compuso la banda sonora de El Pico 2”, relata Abel.

A la de Portela, uno de los artistas más queridos de la ciudad, se suman otros muchas biografías. Allí está Anderson, el violinista de traje impecable que comenzó a tocar en las calles de Brasil en 2007 y desde entonces no ha dejado de hacerlo. Está César López, el fotógrafo que muestra sus creaciones a los pies del teatro Rosalía, María del Carmen Herrera y su chorro de voz, Rodrigo Komo Te Digo Rodrigo y sus artes circenses y hasta el californiano Zachary Grey, con su banjo y su voz rota. Coruñeses, pocos; pero representativos: Marta y su ukelele, Davizín con su guitarra o el mítico Pulpiño Viascón con sus miles de aristas. No están todos los que son, pero son todos los que están.

“Son los que hay normalmente, pero se quedó gente fuera, claro. Nos falta la saxofonista, los chicos que tocan jazz, el titiritero, gente que está de paso... hay muchos. Lo raro es pasar por la calle Real y no ver a nadie tocando”, señala Marta. A los que faltan dedicarán, cuando haya tiempo, un espacio a modo de bonus track en la web del proyecto, que irán ampliando hasta conformar una suerte de bitácora del arte alternativo más endémico de la ciudad.

El propio Abel García Pantín engrosa las páginas de Vagos y Maleantes. Este año alcanza la década en el oficio, del que a día de hoy vive, y que le ha traído, asegura, más alegrías que malos tragos. “En diez años que llevo vendiendo mis poemas he visto crecer a la gente. Hay algunos que cuando empecé eran adolescentes y ahora los veo con sus hijos”, recuerda el poeta. Una década en la que ha sumado un puñado de buenas experiencias y algún que otro desaire o mala cara, pero en la balanza final, acaba compensando. “Mucha gente me pregunta si no tengo trabajo o si me lo voy a buscar. Igual si se lo explico, dejan sus trabajos y se vienen a la calle. A mí esto me aporta libertad, satisfacción, y la posibilidad de hacer lo que yo quiero”, reivindica. Sus principios y perspectivas las tiene claras. “No vivo como quiero, pero estoy en camino. No tengo horario, ni jefe, mi hago nada negativo para la sociedad”.

Romper el estigma

Aunque se dice que en A Coruña nadie es forastero, la percepción de los artistas callejeros es que, en ocasiones, no se entiende del todo lo que ellos son y hacen. A menudo, se tiende a confundir con mendicidad a quien baja a la calle con su instrumento, sus pinceles y sus poemas a ganarse la vida, y en ocasiones, el rechazo prima sobre el interés.

Así lo perciben estos artistas en numerosas ocasiones, que son más conscientes de los desaires de lo que la gente pueda suponer. “Todos los días hay una mala contestación. Es lo que tiene estar expuesto, después de muchos años te vuelves más sensible a algunas cosas, pero lo que más hay son gestos de cariño”, asegura el poeta. La imagen que en ocasiones se da del colectivo en medios y publicaciones, en los que tiende a primar el personaje, la anécdota o la curiosidad por encima del artista o la persona es otra cosa que molesta. Las apariencias, aseguran, engañan. Y ahí nacen los prejuicios. “Ves a Anderson, que es un tipo muy educado, siempre de traje, y te cambia la percepción. Luego llega Nuria (Yusta, cantante de ópera) con el carrito, su pareja y el altavoz, como en una película de Berlanga, y saca ese chorro de voz de ópera. Si no te mueve nada, es que estás muerto”, juzga Abel.

Conviven en la calle perfiles diversos, historias distintas, y vivencias variopintas, pero con un elemento común, la libertad de escoger el propio camino. “Cada historia es diferente, pero ese puede ser el punto común, el poner en valor lo que hacen y su arte, que es su medio de vida. Son gente que cree en sí misma y demuestra que otro tipo de vida es posible”, reflexiona Marta. El proyecto Vagos y Maleantes no termina en la última página del libro, que los autores firmarán en la caseta de O Fiandón el la próxima feria del libro.

“Nuestro gran sueño es hacer una presentación en el teatro Rosalía y que la mitad de los beneficios de las ventas sean para repartir entre todos los que salimos en el libro”, asegura Abel.

Betty ‘el hada de los deseos’, durante una actuación. |  // L.O.

Betty ‘el hada de los deseos’, durante una actuación. | // L.O. Marta otero Mayán n

“Ser estatua me ha fortalecido la personalidad, antes era muy tímida”

El hada de los deseos nace en Madrid hace algunos años, cuando unos amigos regalaron a Betty Holguín, el rostro tras el maquillaje, un traje que se convertiría en su alter ego. Ella, oriunda de Perú, había llegado al país como parte de una misión del grupo de autoconocimiento al que pertenece. La primera vez que se puso el traje, se desmayó por el calor. “Fue un poco traumático, porque además tenía muchos nervios por enfrentarme a ponerme estática ante el público. Siempre he sido tímida, esto me ha ayudado a fortalecer mi personalidad”, asegura. La meditación y la concentración le han ayudado, desde entonces, a desarrollar la capacidad de mantenerse estática hasta cuatro horas. De las calles coruñesas atesora más buenos momentos que malos. “Una vez, una señora vino a darme las gracias porque el deseo que me había pedido se le había cumplido”, recuerda.

El violinista Dani Villareal, en Riego de Agua. |  // VICTOR ECHAVE

El violinista Dani Villareal, en Riego de Agua. | // VICTOR ECHAVE Marta otero Mayán n

“La música no es para el que más tiene, sino para el que menos”

La frase que encabeza este texto es su mantra. Dani Villarreal, de Sabadell, violinista y okupa con K, porque bajo sus motivaciones subyace un posicionamiento político, ha visto, a sus 30 años, más mundo que cualquiera. El violín, destreza que aprendió de su padre, es su mejor herencia y su medio de vida. “Estudié el superior en Barcelona. Empezamos a okupar pisos de bancos porque era imposible pagarse un piso. Desde entonces hasta ahora”, cuenta. Fue profesor de música, pero pronto descubrió que lo suyo era ser libre a todos los niveles. “La gente necesita tener un plato donde comer, un sitio donde vivir y un poco de compañía, no una cuenta de banco”. En los más de 10 años transcurridos desde que comenzó a buscarse la vida por su cuenta, ha tocado y vivido en centros autogestionados, ha tenido bandas, ha participado en proyectos sociales y, sobre todo, ha hecho amigos. “Tocar en la calle es un estudio sociológico de la gente”.

La mujer orquesta, durante una actuación. |   // LAS FOTOS DE LES

La mujer orquesta, durante una actuación. | // LAS FOTOS DE LES Marta otero Mayán n

“Salí a tocar a la calle por primera vez con quince años y ya me encariñé”

Flor Tecla Negra salió con su piano a las calles de Buenos Aires cuando era adolescente y desde entonces no ha hecho otra cosa. “Me encariñé, de la calle y de ser autosuficiente”, resume. Primero fue el piano, luego el bombo, la caja, los platillos y el acordeón. Todo en uno. “Quería incorporar algo que me hiciese bailar un poco”, cuenta. La coordinación necesaria para crear a la mujer orquesta se la ha dado, también, su primer instrumento. “El piano me ha dado separar el cerebro en dos hemisferios y poder llevara cabo una percusión y una melodía. Bailar también ayuda”, explica Flor. Ahora ha tenido que colgar los bártulos y dedicarse al campo hasta que las cosas mejoren para la música y pueda volver a vivir al 100% de su pasión. Durante sus recorridos, una de cal y otra de arena. “Sigue habiendo pensamiento retrógrado sobre los músicos callejeros, a veces piensan que estás vagabundeando”, juzga.

Daniel Oramas Carlos Pardellas

“Lo mío con la gaita fue amor a primer oído, para mí tocar va antes que cualquier cosa”

Pocos gallegos se sienten tan gallegos como el canario Daniel Oramas. Él, antes que cualquier otra cosa, es gaiteiro. “Lo mío con la gaita fue amor a primer oído, para mí poder tocar va antes que cualquier cosa”, asegura. Lo suyo con el instrumento empezó a los 12 años: después de ver las películas En tierra de nadie y Braveheart, el pequeño Daniel tuvo claro lo que quería ser, y comenzó a asistir a clases en la casa de Galicia en Las Palmas. “Recuerdo que iba con mi madre por la calle, y le decía llorando: mamá, yo quiero irme a vivir a Galicia, quiero aprender a tocar la gaita”, relata. Como no podía ser de otro modo, lo acabó consiguiendo. Los vaivenes, hasta ese momento, no habían sido pocos. “Anduve unos años un poco perdido. En esa época empecé a juntarme con gente que tenía una forma diferente de ver la vida, y aprendí muchas cosas. Fue cuando me atreví a tocar en la rúa”, resume. Y hasta hoy.

Nuria Yusta, en Cuatro Caminos. |   // CARLOS PARDELLAS

Nuria Yusta, en Cuatro Caminos. | // CARLOS PARDELLAS Marta otero Mayán n

“Mi sueño es cantar a ‘The Carpenters’ en un auditorio lleno de gente”

Nuria Yusta, natural de Barcelona, llegó a la ciudad por amor y aquí se quedó por este mismo motivo. Junto a su pareja, Ramón, actor de profesión, recorre las calles de la ciudad, micro en mano y amplificador a cuestas. Raro es quien no se gire al escucharle. Pocos los que ni se inmutan. “A Coruña es una ciudad maravillosa. En Barcelona no se valora el arte como aquí. Aquí la gente me felicita por la calle, me dicen que les alegro el día”, asegura. Cuando una tiene un don para la ópera y la lírica como Nuria, es casi obligatorio compartirlo. Esa es su mayor aspiración. “Me encantaría actuar en la Televisión de Galicia, o en un auditorio lleno de gente”, afirma. Las canciones que compartiría las tiene clarísimas: las 32 piezas que se sabe de memoria del grupo de su vida, The Carpenters. “Me gustaría que la gente los conociese más, hacer llegar su música a la gente. Me encantaría hacer un CD de versiones de ellos”, cuenta.

El pianista, en la Ronda de Outeiro. | // CARLOS PARDELLAS

“Nunca imaginé que la gente me tuviese tanto cariño, se paran siempre”

No cabía un libro sobre artistas callejeros sin su presencia. José Manuel Portela Ghersi, el hombre del piano de la Calle Real, lleva ya un par de años sin hacer sonar sus teclas. Las secuelas de un accidente y el temor al virus le obligaron a colgar su instrumento temporalmente. No está claro quién echa más de menos a quién: si él a la calle, o la calle a él. “Estoy deseando bajar a tocar. En cuanto me pongan la segunda dosis, será lo primero que haga”, promete. El hombre del piano, la canción más recurrente de su repertorio y el sobrenombre por el que la gente le conoce, le ha brindado tanta popularidad como cariño entre los transeúntes habituales. “Nunca imaginé que la gente me tuviese tanto cariño. Siempre se paran a escucharme, me preguntan qué tal estoy. Cuando me quitaron el piano, reunieron dinero para devolvérmelo. Eso fue lo más grande que me pasó tocando en la calle”, asegura.