Las escuelas de danza coruñesas salían, el pasado mes de octubre, a manifestarse. Lo hacían de una forma curiosa: con parejas convivientes bailando separadas mientras sonaba la música y abrazándose al término de esta. Una forma de visibilizar lo absurdo que suponía, para los propietarios de las academias, no poder impartir clases de baile en circunstancias normales a parejas para las que, el resto del día, el contacto era la norma.

Tras la relajación de la restricción, por parte de la Xunta, las parejas, convivientes o no, podrán volver a bailar pegadas, pero para muchas academias, el dictamen llega tarde. “Llevamos así desde octubre. Galicia era la única comunidad autónoma en la que no se permitía el contacto entre convivientes siquiera en las clases de baile”, juzga el presidente de la asociación RescatArte, Aarón Ogando, que los propietarios de escuelas y academias constituyeron, hace varios meses, para hacer oír sus demandas.

Él mismo puede escenificar las dificultades que han supuesto para el sector estos más de ocho meses de tangos a dos metros de distancia: ha tenido que cerrar temporalmente su escuela de danza, Son Swing, y trabaja como repartidor de mercancías a la espera de que las condiciones le permitan volver a abrir sus puertas. Lo hará, previsiblemente, concluido el verano. No ha sido el único: varias academias y escuelas de la ciudad han cerrado a la espera de tiempos mejores, que todavía se harán de rogar.

La nueva norma, aunque bienvenida, es en cierto modo inoportuna. “Esperamos que la recuperación llegue en septiembre, porque ahora en verano es época de pocos alumnos. Generalmente hay una reducción considerable. Podría haberse hecho antes”, juzga el presidente de la asociación. La demora no ha sido, aseguran, por no pelearlo: la plataforma lleva desde su creación movilizándose para pedir la relajación de estas medidas.

“Se ha conseguido a base de que las asociaciones luchásemos para tenerlo por escrito”, asegura Ogando. El sector empieza a ver la luz al final de la crisis, pero no ha sido sin sacrificio y sin dejar cosas por el camino. “Hemos ido sobreviviendo con préstamos, sobre todo con los bancos, y ayudas a autónomos. La mayoría nos hemos endeudado”, asegura.

Una coyuntura de la que no se han salvado ni los más veteranos, que han tenido que apagar la música para solventar la sequía del gremio con otras ocupaciones. Al menos, así lo han hecho quienes han podido. “La mayoría está trabajando en otras cosas. Muchos llevaban más de 20 años. Yo tengo una edad con la que pude encontrar otra cosa, pero la gente de 50 y largos o 60 lo tiene más difícil”, lamenta.

Isma Martínez es uno de los que ha resistido el envite del virus en el sector, gracias a que su centro, Activa-T además de clases de baile, también ofrece servicio de gimnasio. Las clases en pareja han regresado, cada martes, a su centro. Aunque él no tuvo que cerrar, matiza su supervivencia: como Aarón Ogando, se vio obligado a buscar otro empleo con el que compensar las pérdidas de su negocio, y al que no tiene pensado renunciar aunque la situación mejore. “Los que han buscado otros trabajos no van a dejarlos. Tenemos familias, no podemos depender de un sector que no ofrece cierta estabilidad”, advierte Martínez.

Los profesionales de la danza con dedicación exclusiva suponen, para él, un “patrimonio perdido”, pues ninguno de ellos quiere arriesgarse a que les sorprenda una crisis en la que vuelvan a ser “los olvidados”. El sentir común del gremio, asegura Martínez, es que no se ha tenido en consideración el aporte social de la actividad ni su valor cultural. “El verano es la época más baja en cuanto a alumnos, pero hay otra cosa: si estamos en el punto de mira y se dice que es peligroso bailar en parejas, la gente pierde la confianza. El valor cultural de estas ocupaciones no está reconocido, ni como un medio de vida ni como una forma de generar riqueza”, lamenta.