“Cuando me doy cuenta, me bajo a la carretera, pero suelo ir por la acera por costumbre”, comenta Jesús Castro, un ciudadano coruñés que regresa a su domicilio tras hacer unas compras en la calle Compostela. Los coruñeses culpan a la inercia y a la falta de hábito del hecho de que todavía sea complicado encontrar una estampa en la que la calzada de las nuevas calles peatonales de la ciudad esté igual de congregada que las aceras.

A pesar de la buena acogida que suele tener entre la ciudadanía este tipo de medidas y la pertinencia de las mismas, parece que todavía existe cierta resistencia a abandonar la acera. Los Cantones, peatonales desde el inicio de verano, son ejemplo de ello: pese a que se ha tratado de disimular el resalto pintando el asfalto del mismo color que el pavimento de la acera, la mayoría de los paseantes siguen prefiriendo la senda de siempre.

“Es que no te das cuenta. Estás acostumbrada a la acera, y como ves que también pasa el bus y las bicis, no te planteas ir por la carretera. Ahora con el suelo pintado, igual a más gente le sale”, reflexiona Lila González, que camina por Los Cantones. En Alcalde Marchesi, en Cuatro Caminos, la nueva realidad peatonal va imponiéndose entre sus habituales a base de costumbre. “Al principio costó, pero ahora que ya lleva un tiempo, y al ver las terrazas en la carretera, la gente se ha ido acostumbrando a ir por el medio”, comenta una vecina, Concepción Estévez.

Transeúntes pasean por los extremos de Rúa Nova. | // VÍCTOR ECHAVE

Se trata de un fenómeno que, lejos de ser exclusivo de la ciudad de A Coruña, ocurre con frecuencia cuando se emplea la fórmula del urbanismo táctico, que consiste en llevar a cabo transformaciones sencillas en la ciudad a través de elementos provisionales. “En resumidas cuentas, no se hace casi nada: pintas o cierras una calle y dejas que la gente la ocupe”, explica la arquitecta Cristina García Fontán, profesora de urbanismo y paisaje en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de A Coruña. A menudo, estas actuaciones suelen ir acompañadas de “actos de apropiación social” por parte de la ciudadanía: la gente toma la calle y la hace suya a través de un acto simbólico que influye en la percepción que se tiene, a nivel psicológico, del uso de las zonas ganadas para el paseo. “Este tipo de actuaciones históricas se hicieron, por ejemplo, en Curitiba, en Brasil: cuando se peatonalizó la primera calle en los años 60, esta fue ocupada por niños”, refiere García Fontán.

La calle Compostela, semipeatonal desde el año pasado. | // VÍCTOR ECHAVE

En A Coruña, al margen de la estrategia de futuro que están tomando cada vez más ciudades que entienden la peatonalización y la humanización de las urbes como el camino a seguir, las necesidades de incrementar el espacio para los caminantes vinieron dadas por la urgencia de distanciamiento social tras la pandemia. El urbanismo táctico actuó aquí como aliado y abrió el camino a un modelo destinado a quedarse, como ocurrió con Los Cantones, donde los transeúntes se apropiaron definitivamente del carril que se abrió para ellos en la primera fase de la desescalada. Ahora, con esta provisionalidad solventada en parte con las últimas transformaciones, que incluyen la delimitación del carril bici y el pintado de la calzada, son pocos todavía los que se atreven a pasarse definitivamente al asfalto. “Es importante, en estos casos, que no haya desniveles: si sigues manteniendo el mismo diseño urbano, a la gente le da cosa ir por la calzada, porque tienes que ir subiendo y bajando un bordillo. Creo que, para que funcione, hay que recurrir al diseño de plataforma única”, propone la arquitecta.

Vecinos de la calle Alcalde Marchesi. | // VÍCTOR ECHAVE

Compartir espacio con vehículos, aunque de forma limitada, es otro de los condicionantes que influye a la hora de usar estas zonas, como también el hecho de que la gente siga prefiriendo caminar por el extremo en el que se encuentran los comercios y los bares. Un proceso que conlleva etapas y que, como cualquiera, requiere de tiempo y de adaptación, sobre todo en una ciudad quizá demasiado amiga del coche particular. “Estos cambios deben ir acompañados, una vez se hace la apropiación y se comprueba que no genera ningún problema a nivel de movilidad, de un diseño urbano acorde. En A Coruña hace falta que la gente lo interiorice. Empezar con ese urbanismo táctico es positivo: la gente empieza a utilizar esas zonas y luego se pasa al rediseño”, argumenta García Fontán. El diseño, adaptado a las actividades que se buscan para el espacio público, es el aliado fundamental en la gesta; en la que influyen desde las fachadas hasta las intersecciones, pasando por el mobiliario urbano y hasta el arbolado. “Hay que cuidar los detalles: desde la orientación con la que colocas un banco, al sol o a la sombra; hasta el generar excusas para socializar, como la colocación de una placa conmemorativa que mantenga la memoria del lugar, que cree identidad”, propone Jorge Rodríguez, , doctor arquitecto y urbanista de la Etsac.

Los baremos del éxito

El éxito o no de estas medidas no debe medirse, no obstante, únicamente en base a la presencia más o menos frecuente de usuarios en estas calles, sino que debe enmarcarse, juzgan expertos, en una estrategia más amplia relacionado con el cambio en el modelo de movilidad de A Coruña. “No todas las calles son el Cantón, donde podemos encontrar 2.000 o 3.000 personas por hora. Habría que ver cómo estaba antes y ahora, si hay más gente que antes.”, reflexiona Jorge Rodríguez.

Otra forma de valorar el impacto de estas medidas reside en el componente económico, y en cómo reaccionaron los negocios de la zona a su nueva realidad. “Con esta crisis es complicado de valorar, pero en Pontevedra, que lleva años en este proceso, los negocios de hostelería se incrementaron por seis”, ejemplifica Rodríguez. El aumento del valor de las zonas peatonalizadas tras su recalificación es otro de los componentes que, si bien al principio no se perciben por la generalidad, tienen un impacto positivo a largo plazo, así como la reducción de la presencia de vehículos en la ciudad, lo que repercute en una sensación de seguridad para las personas y un descenso de la contaminación urbana. “Aumentar el espacio público es importante: se trata de dejar de clasificar a las personas por su forma de movilidad; que dejen de ser peatones para ser ciudadanos”, reflexiona García Fontán.

El corazón dividido en Emilia Pardo Bazán

El caso de Emilia Pardo Bazán es sensiblemente distinto: en esta calle, la apropiación de las aceras por parte de las terrazas de los establecimientos ha facilitado que el centro de la calzada se emplee para pasear. La transformación de esta calle ha traído controversia y división de opiniones desde un principio: mientras que los hosteleros de la zona abogaron con ímpetu por mantener la peatonalización provisional que se ejecutó tras el confinamiento, los residentes de las viviendas se opusieron firmemente al considerar que la medida les priva de sus plazas de aparcamiento. Los vecinos de la calle lamentan que no se haya contado con su opinión para poner en marcha unas actuaciones que, a su ver, solo favorecen a unos pocos, mientras que los propietarios de los negocios sostienen que el cambio ayuda a dinamizar los comercios del lugar.

Terrazas en la calle Emilia Pardo Bazán Víctor Echave