Desde ocuparse de caballos sueltos a incautar cuchillos tras peleas, de orientar a niños que han sufrido bullying a identificar a grafiteros y borrachos, la Policía Local hace de todo. Su Memoria de 2020 refleja decenas de pequeñas intervenciones muy diversas, que, según explica el jefe de la unidad de Convivencia y Seguridad, el inspector principal Ángel Merelas, componen su trabajo cotidiano.

Menores en peligro. Durante 2020 la Policía Local realizó 57 intervenciones relacionadas con menores y abrió 72 diligencias en casos de más entidad. Son casos con niños y jóvenes vulnerables, víctimas de maltrato, o que, por el contrario, cometen ellos mismos delitos. Los casos en los que hay agresiones o drogas se ponen en conocimiento de la Fiscalía del Menor. Si no, se emiten informes a otros organismos, como los servicios sociales.

Pero hay otro tipo de intervenciones, “más livianas” en las que suele actuar una sección especializada de los policías, la de agentes tutores. Estos son “gente que lleva años” cubriendo temas relacionados con la infancia y la juventud, “muy introducidos en los colegios y el entorno de los padres” y son una figura que, cree Merelas, hacía falta en la ciudad, pues las actuaciones de la Policía Nacional se centran en charlas en los colegios. “Nosotros también las hacemos, pero también trabajamos día a día con 30 centros y contactan con nosotros” defiende el inspector. Los agentes tutores tienen un contacto “muy estrecho” con los niños y una red de padres, y estos también los requieren. Median en casos que no terminan en el juzgado, pero que también son importantes, como el del chico que se niega a ir al colegio o da problemas en casa.

Cuchillos y navajas. A lo largo de 2020 los agentes de la Policía protagonizaron 38 intervenciones para incautar armas blancas, que se encuentran, explica Merelas, en dos tipos de casos: “O bien en registros tras discusiones y peleas o en cacheos rutinarios” de personas que han generado algún otro problema, como conflictos vecinales o menudeo.

“A veces se encuentran drogas, otras armas” señala el inspector, principal, que indica que “llevar cuchillos o navajas suele ser muy habitual en ciertos ambientes”: los de la gente que vive “coqueteando con las drogas” o “determinados círculos del mundo de la noche; no es que las encontremos en todos los sitios, afortunadamente”. Los que las portan suelen decir que lo hacen “para defenderse ante posibles ataques, pero el caso es que llevan”. Merelas señala que este hábito convierte en peligrosas sus peleas y discusiones: “Cuando una persona está ofuscada, enfadada... Si tienes un arma acabas sacándola”.

Al llegar a un lugar en el que, según una denuncia, hay gente con armas, explica el inspector, la dotación que acude “extrema precauciones”. Muchas veces los que llevaban navaja las tiran o esconden para que no se les encuentre con ellas, “intentan disimular lo máximo”, pero si hay sospechas de que van armados se les cachea para ver si llevan otras hojas escondidas antes de identificarlos. Si hay lesión, siempre se produce detención; si solo han mostrado un arma, normalmente solo se les identifica y propone para sanción.

Tres perfiles de grafiteros. La Memoria de la Policía Local contabiliza 128 denuncias e informes por pintadas y grafitis a lo largo de 2020. Podría esperarse que hubieran desaparecido con el confinamiento y las posteriores restricciones de movilidad, pero lo cierto es que, si bien en febrero se dio un pico de casos, en mayo hubo 22 y en junio 17. Incluso en abril, con limitaciones duras, se contabilizaron siete intervenciones.

Hay tres perfiles básicos de grafitero en la ciudad, explica Merelas. Algunos se dedican a hacer pintadas reivindicativas o políticas. Otros, “principiantes” que están entre la adolescencia y los “veintipocos años” se suelen enfocar en pintadas pequeñas y muchos usan rotuladores permanentes. Pero los que realizan piezas grandes son más mayores, en general de 20 a 40 años, personas que llevan “muchos años grafitando” y más ambiciosos.

“No son gente, en general, de origen desestructurado” explica Merelas. Muchos trabajan, estudian o tienen vidas “completamente normales”, pero han convertido el grafiti en una actividad de la que extraen, sobre todo, la “adrenalina” de actuar sin ser atrapado y el reconocimiento de sus círculos. “Muchas veces lo cuelgan en las redes sociales y buscan sitios enrevesados o vistosos, vende más en su entorno” explica Merelas. Algunos actúan también en otras ciudades y la experiencia hace que sea más difícil atraparlos, pues trabajan con rapidez y soltura.

Los agentes suelen actuar contra el grafitero cuando lo ven en una patrulla o cuando avisan los vecinos. “Si se le pilla in fraganti la policía tiene claro quién es el autor; otras veces se le encuentra en el entorno con las pinturas, o manchado” señala el inspector principal. La creación en este mandato de la oficina virtual para denunciar pintadas ilegales, opina Merelas, va a marca “un antes y un después”. “Está funcionado francamente bien, estamos ganando en limpieza”, indica.

Orinar en público. Las micciones en la vía dejaron 46 casos en 2020, concentrados en enero y febrero. Sus protagonistas “normalmente son chavales y gente que vive en el mundo de la noche” explica Merelas “que tras beber buscan un lugar entre vehículos o contra una fachada en el que aliviarse. “Actuamos cuando llama algún vecino, o pasamos directamente y los observamos”. La inmensa mayoría de estos infractores son hombres, aunque el inspector destaca que “las mujeres son cada vez más habituales” entre los infractores de este tipo.

Los agentes identifican a los autores y los proponen para sanción, si bien se encuentran con reacciones “de todo tipo”. “Algunos se lo toman a chufla, les divierte mucho la situación; no sé si lo hará al día siguiente, cuando haya pasado el efecto de la euforia, pero muchas veces se lo toman a risas” cuenta el inspector. Otros simplemente asumen, y, aunque no suele haber problemas, “siempre hay algunos que tienen más que decir”. Alguno acaba insultando u oponiéndose a los agentes y terminan denunciado por atentado o resistencia a la autoridad... O detenido. “Pero no es lo habitual” aclara Merelas.

Protesta contra el acoso escolar en Zalaeta. | // LCO

La víctima de ‘bullying’ no suele ser la que denuncia

Entre las actuaciones con menores que realiza la Policía Local se encuentra la intervención en casos de bullying y ciberacoso, esto es, casos en los que los compañeros de escuela de un menor u otras personas de su entorno lo someten a burlas o lo estigmatizan sistemáticamente. En los casos clásicos esto se produce en persona, pero actualmente hay casos en los que están “la redes sociales de por medio: le mandan a la víctima mensajes atosigándolo o ridiculizándolo”. Los que sufren acoso en primera persona, indica el inspector, no suelen denunciar la situación. “A veces lo hacen, a veces llega a través de algún amigo, pero suelen ser los padres, que detectan un comportamiento extraño en el menor, descubren mensajes o escuchan algo en el colegio”, aclara Merelas. Los efectivos de la sección de agentes tutores de la Policía Local contactan entonces con las partes, y si se produce en el entorno escolar “acuden al colegio” e intentan averiguar lo que ocurre directamente y “sin estigmatizar a ningún menor”. Cuando recogen las pruebas suficientes, el asunto se eleva. Contra la percepción de algunas personas de que se trata de chiquilladas sin consecuencias, Merelas señala que el acoso severo se investiga: si los responsables no llegan a los 18 años de edad se remite a la Fiscalía de Menores, y, si son adultos, se pasa al juzgado. En 2020 la Policía Local solo registró una intervención por este asunto, pero en 2017 fueron siete, en 2018 cinco y en 2019, quince; el inspector principal Merelas explica que el año pasado las cifras estuvieron influidas por el coronavirus, ya que los agentes que normalmente se dedican a cuestiones especializadas estuvieron ocupados apoyando el dispositivo creado por la pandemia.