El cómico Oswaldo Digón es miembro de Almas de Cántaro, un grupo que combina música y humor y que, antes de la pandemia, era un habitual de las noches en Garufa Club. Este miércoles 6 de octubre retorna a la sala tras el parón del COVID, con una actuación a las 21.30 horas.

¿Cómo vive la vuelta?

Para nosotros es un lujo, esa es la palabra, volver a una sala como Garufa, en la que somos residentes y en la que más veces hemos actuado. Lujo poder volver, lujo que siga resistiendo, lujo que siga manteniendo este cariño. Hemos estado en otros escenarios, hemos tenido otras vueltas, y también hemos estado llenos de ilusión. Pero en Garufa, como es de casa, mucho más.

¿Cómo nació la idea?

Hace siete u ocho años que nos juntamos por primera vez, y fue por Flora, mi mujer. Conocía a Juan [Tinaquero, el bajista], y nos dijo de hacer algo juntos. Juan trajo a su hermano Luis [el guitarrista], y en un aeropuerto, volviendo de Barcelona, coincidí con Miguel [Queixas, el baterista], lo comenté con él, y así conseguimos al batería. La otra pata del banco, maravillosa, imprescindible, es mi amigo José Antonio Garrido, Gari [el otro cómico], con el que pertrecho. Somos una de las pocas bandas que pueden decir que son la agrupación original.

Debe haber creado complicidad.

Sí. Y disfruto mucho todos los espectáculos que hago, pero este es muy especial. Por ellos, por la música, porque todos hemos querido ser estrellas de rock y no lo hemos conseguido [ríe].

¿Aprovecharon la pandemia para renovar repertorio?

Almas de Cántaro mezcla la música con el humor; la parte de humor está renovada, pero la musical es la misma. Es tan buena, que para qué cambiar algo que está tan bien. Los músicos son tan maravillosos que el repertorio musical es inmejorable. Metemos alguna vez canciones nuevas, pero mantenemos la escaleta. Gari y yo, los cómicos, hacemos un guión de humor distinto en cada ocasión. Humorísticamente es en lo único que se puede mejorar, y bastante, y ahí estamos nosotros para renovarlo.

Usted también se sube a escena solo, como monologuista. ¿Cómo cambia frente a estar con otros?

Como monologuista el trabajo es estar solitario en la escena, y hay que llevarse bien consigo mismo (ríe). Hago varios espectáculos en los que trabajo con más gente. Contar una historia uno solo, o contarla a varias voces, tiene sus encantos de forma distinta. No hay diferencias en cuanto a la emoción, para mí. Ahora, en cuanto a la escucha, a la atención, al estar pendiente, es distinto. Y cuando hago improvisación, se trata de crear historias en ese momento.

Ahora también está de gira con la versión teatral de Fariña.

El equipo es maravilloso: la escucha, la atención, esa activación de contar una historia en común es muy bonita, y lo disfruto muchísimo también. Es muy bonita de ver, una historia muy nuestra y gallega. Me incorporé en agosto y estoy disfrutándolo un montón. Vamos a recorrer casi toda España de gira, y volveremos a Galicia. Fariña tiene una vertiente de humor, de fiesta, de pasarlo bien. Al principio, con esta problemática, todo es disfrute, y tienes esta parte de comedia. Pero también están las consecuencias, que no son las mismas para todos y suelen estar en la parte dramática. La obra está muy bien escrita y dirigida, y tiene comedia, baile, música, tragedia.

Es polifacético. Además de actor y comediante, y hacer espectáculos con música, ha hecho radio, pinta, fue monitor...

Y trabajo de guionista en un programa de televisión. No puedo estar quieto, siempre tengo que estar haciendo algo. Antes trabajaba en un Ayuntamiento, tenía mi plaza fija. Pero dije: “Quiero dedicarme al mundo del arte”, y me hice autónomo. Esa necesidad de tener que pagar facturas me ha llevado a tener que hacer muchas cosas, siempre englobadas dentro de lo que me gusta: contar historias. Dibujando, con improvisación, en un monólogo, en una obra de teatro… Es lo que me llena y me hace sentir más satisfecho.